Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

¿Por qué avanza la derecha en Estados Unidos? (3)

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Richard Nixon ganó la elección 1968 para los republicanos con una abrumadora victoria en el colegio electoral que elige formalmente al presidente de Estados Unidos. En voto popular el resultado fue más equilibrado: Nixon ganó por medio millón de votos, pero su triunfo sólo fue posible porque un tercer candidato, George Wallace, obtuvo casi diez millones, muchos de los cuales, en otras condiciones, hubieran favorecido a los demócratas.

Recordemos por un instante el pedigrí confederal y esclavista de los demócratas sureños durante la Guerra Civil y su defensa a ultranza de la segregación racial tras la derrota. Su lealtad al partido se mantuvo antes e inmediatamente después de la Gran Depresión, cuando la atención colectiva dejó de estar especialmente interesada en la cuestión racial para centrarse en el New Deal, pero la alianza comenzó a resquebrajarse a medida que los demócratas norteños hicieron suya la lucha contra la discriminación.

En 1948 un tercer partido que recogía a los segregacionistas del Sur (Dixiecrats) presentó su propia candidatura presidencial en defensa de la supremacía blanca. Tras la aprobación de las leyes de derechos civiles de 1964 y 1965, buena parte de los demócratas sureños empezó a apoyar a los republicanos entre los cuales también crecía la inquietud por algunas eventuales consecuencias de esas leyes (affirmative action o discriminación positiva, ante todo) y, en especial, por la intromisión del gobierno federal en las competencias de los estados. En 1964 Barry Goldwater, el candidato republicano a la presidencia adujo esa razón para votar en contra. En 1968, cada vez más distanciado del integracionismo de sus colegas demócratas del Norte, George Wallace se presentó a las elecciones con su propio partido y consiguió el buen resultado reseñado.

Sobre el fondo de la lucha por los derechos civiles, la gran preocupación de la sociedad americana era la guerra en Vietnam. Los acuerdos de Ginebra 1954 ampararon la división en dos de la antigua colonia francesa con el compromiso de celebración de elecciones y posterior reunificación del país en un plazo de dos años. No hubo ni las unas ni la otra y Estados Unidos sancionó una perdurable división al tiempo que apoyaba financiera y militarmente al gobierno del Sur. El presidente Kennedy lo vio como otra forma de demostrar la seriedad de su compromiso anticomunista. En 1964 ya había allí 23.000 efectivos militares americanos y en años sucesivos el contingente iba a crecer rápidamente hasta el medio millón de 1967. Al tiempo las tensiones políticas y militares se extendieron por toda la antigua Indochina francesa.

El aumento de tropas USA creó innumerables problemas domésticos pues la movilización obligatoria causó numerosas protestas en las universidades. El reclutamiento también favoreció abusos en la composición racial de las tropas donde la proporción de negros superaba a la que ese grupo tenía en el conjunto de la población. Llovía sobre mojado. En 1965 se produjeron serios disturbios en muchos guetos negros, especialmente notables en Watts, un barrio de Los Ángeles donde hubo 34 muertos, más de mil heridos y destrozos por valor de US$40 millones de la época. Al tiempo, a medida que la guerra avanzaba sin resultados tangibles, los medios de comunicación más seguidos empezaron a revolverse contra los dirigentes demócratas.

Un país rico que, sin embargo, carecía de recursos bastantes para asegurar al mismo tiempo las subvenciones sociales de la Gran Sociedad y los gastos de la guerra en Vietnam; una sociedad tironeada por las tensiones derivadas del reclutamiento forzoso y de la integración racial; crecientes estallidos de violencia; deslegitimación de las instituciones básicas. Ése era el panorama con el que se encontró Nixon al llegar a la presidencia. Durante su anterior historia política, el nuevo presidente había dado amplias muestras del anticomunismo que exigía buena parte de la sociedad americana, pero también de su querencia acomodaticia hacia las políticas sociales y económicas de los demócratas. Jaleados desde National Review (NR) los republicanos combativos habían convertido al Nixon vicepresidente de Eisenhower en uno de sus blancos de ataque favoritos por su complicidad en el mantenimiento de las políticas liberales (léase socialdemócratas en la jerga europea) del New Deal.  

Pero los tiempos estaban cambiando. Mientras el partido demócrata adoptaba una política de comprensión y coexistencia con la Unión Soviética y se abría a un radicalismo sólo compartido por pequeños grupos, los republicanos empezaron a renovar su electorado incorporando a muchos seguidores de Wallace -la llamada estrategia sureña de remoloneo frente a la integración-; a buena parte de los votantes demócratas católicos y de clase media; y a trabajadores industriales blancos, al tiempo que difuminaban su enfeudamiento con la élite empresarial y financiera -los republicanos solariegos de los country clubs– que databa desde el final de la guerra civil.   

La estrategia de Nixon para impulsar el anticomunismo y, a la vez, adoptar nuevos programas sociales hacía converger ambas cosas bajo una respuesta de ley y orden que amparase a la mayoría silenciosa de la anomia en la que se habían embarcado amplios sectores del partido demócrata y otros grupos radicales (black panthers, yippies) que excusaban o defendían la violencia como partera de los cambios. No era a ellos a quienes había que convencer, insistía Nixon, sino al ama de casa de la esquina y a sus hijos, que se resistían a que llamasen a su quinta para enviarlos a Vietnam. A las primeras iba dirigido su Plan de Asistencia a las Familias (FAP) para reducir los numerosos planes de asistencia social heredados del New Deal y sustituirlos por una cantidad mensual definida cuyos beneficiarios, siempre que estuviesen trabajando, podían emplearla a voluntad. Patrick Moynihan, un conocido miembro del partido demócrata apoyó ésta y otras medidas de refuerzo de la institución familiar. A los segundos, una comisión en la que el presidente incluyó a Milton Friedman les libró del servicio militar. En 1973 el reclutamiento forzoso desapareció.  

A su vez, el panorama intelectual de la derecha conoció una evolución vertiginosa. El radicalismo que había prendido en los medios universitarios e intelectuales empujó a muchos de los anteriores seguidores o componentes de NR hacia nuevos rumbos. Un grupo de católicos agrupados en torno a Triumph, otra revista de pensamiento mostraba su comprensión hacia la nueva izquierda y al poco adoptaba sus críticas al capitalismo y a la política exterior americana y excusaba la explosión de violencia en los guetos como una protesta legítima contra la opresión de la cultura racista y materialista ambiente.

Otros se inclinaban por definirse como neoconservadores. Era el caso de Daniel Bell e Irving Kristol, antiguos radicales de izquierda, con su Public Interest, una revista trimestral donde se analizaban las consecuencias imprevistas de las políticas económicas y sociales que habían caracterizado a la Gran Sociedad de Johnson. Por su parte, Reason iba a acoger a los partidarios de un capitalismo sin trabas, formados al rescoldo de Ayn Rand y que en 1972 crearon el Partido Libertario. Y, bajo la dirección de Norman Podhoretz, Commentary pasó paulatinamente desde el liberalismo a criticar a la nueva izquierda y, de allí, a convertirse en un bastión de la derecha.

Llamativa también entre esa dinámica de un conservadurismo culturalmente plural fue la aparición en 1978 de Lincoln Review, una publicación que agrupaba a un pequeñísimo núcleo de conservadores negros desperdigados por el país. De entre ellos, Thomas Sowell se iba a convertir en uno de los más resueltos críticos de las políticas de affirmative action que, en su opinión, lejos de alcanzar su objetivo de revertir las consecuencias económicas y sociales de la discriminación, se volvían contra sus supuestos beneficiarios. La mejor forma de asentar la igualdad de los ciudadanos negros era proveerlos con oportunidades educativas, calles seguras y libertad económica.

Poco a poco los anteriormente impacientes y correosos componentes del grupo NR habían dejado de estar solos y peor aún, según su propia broma, habían pasado a convertirse en parte integral de la ortodoxia republicana.

La broma, empero, no era baladí. En sus diferentes avatares los neoconservadores partían de posiciones muy lejanas a las de NR: donde ésta miraba con recelo a Israel, los neos veían al único estado democrático en un Oriente Medio rebosante de dictadores entregados a la URSS. NR nunca había ocultado su suspicaciafrente al sindicalismo de AFL y CIO, las dos grandes centrales obreras USA; los neos se habían iniciado en la lucha política en las trincheras del New Deal y las celebraban por su anticomunismo radical. Si los neos se oponían al comunismo no era por sus maniobras de subversión, sino por la superioridad moral de la democracia. NR no era entusiasta de la inmigración; para los neos, muchos de ellos descendientes de inmigrantes europeos, era la garantía del libre movimiento de pueblos y personas. Buckley y sus seguidores eran acérrimos defensores del equilibrio presupuestario, los neos del crecimiento y del pleno empleo. La actitud de NR sobre la integración racial se había hecho más flexible, pero la revista seguía insistiendo en el respeto a la limitación constitucional del gobierno federal para intervenir en las competencias de los estados federados, mientras que los neos la creían imprescindible para asegurar la igualdad de todos los ciudadanos.

Aunque unos y otros, ya republicanos activos -ahora paleoconservadores– ya neocons, se enfrentasen con muchos adversarios comunes, a menudo sus razones eran -y siguen siendo- difícilmente compatibles.

Nixon, por su parte, tampoco bromeaba al adoptar un giro radical en política internacional. En su cabeza y en la de Henry Kissinger, que acabaría siendo su secretario de estado, desatar el nudo de Vietnam exigía un nuevo rumbo. La Unión Soviética era el mayor apoyo económico y militar de Hanoi, la capital de la zona comunista, al tiempo que sus relaciones con la China de Mao Zedong pasaban por una fase de reproches y ataques mutuos. Según la expectativa americana añadir una nueva cuña a esa relación debilitaría al régimen de Vietnam Norte. En febrero 1972 la visita de Nixon a China tras veinticinco años de hostilidad entre ambos países abrió el camino para la normalización de relaciones y, al tiempo, para el ostracismo de Taiwán. Nixon también mostró su flexibilidad diplomática en el acuerdo de 1972 con la URSS para el control de armas nucleares (SALT 1). Ese brusco cambio desde la contención del comunismo hasta la colaboración con sus principales representantes fue duramente criticado por gran parte del elenco intelectual republicano -tanto paleo como neo– que llamó a frenar el apoyo a la reelección del presidente. Su llamada, empero, no generó adhesiones entre el escalafón político del partido. 

De esa misma osadía se valió también Nixon para imponer un vuelco tajante a la política económica de su gobierno. Ante todo, acabó con el sistema de patrón oro adoptado en 1944 en Bretton Woods según el cual sus países miembros aceptaban liquidar sus deudas en dólares y, si no, reclamar sus saldos positivos en oro a un cambio fijo de US$35 por onza. En 13 de agosto 1971, el dólar dejó de ser convertible, pues Estados Unidos carecía de las reservas necesarias para cumplir con esa obligación, al tiempo que su economía experimentaba una tasa de paro de 6,1% y una inflación de 5,84% que favorecían una devaluación de su moneda. La medida de Nixon iba acompañada de la congelación de salarios y precios durante 90 días. Al igual que el reconocimiento de China, esa decisión causó fuertes críticas entre los conservadores académicos pero poco sobresalto entre los representantes políticos.

Para bien o para mal el partido republicano se había enfeudado a Nixon.

Para bien porque la derrota del candidato demócrata en la elección presidencial de 1972 fue aún más resonante que la de Goldwater en 1964. Sólo un estado puso a McGovern por delante y Nixon obtuvo 520 de los 538 votos del colegio electoral. El panorama parecía haber quedado despejado para nuevas sorpresas presidenciales.

Para mal porque una de ellas fue Watergate. ¿Qué llevó a Nixon a meterse en ese disparatado lance de espionaje al partido demócrata cuando su victoria en 1972 estaba cantada? Una vez más la respuesta sólo puede ser que la trama de la Historia la marcan decisiones humanas a menudo tan incomprensibles como ésta. Sea como fuere, tras el fracaso de la operación, el presidente hizo cuanto estuvo en su mano para tapar el asunto, no lo consiguió, fue sometido a un proceso de destitución (impeachment), trató de resistirse hasta el final y ante la evidente conclusión de que el Senado contaba con mayoría suficiente para votar su destitución, decidió dimitir de su cargo en 8 de agosto 1974.

Hasta el momento, Nixon ha sido el único presidente americano que haya pasado por ese trance. Su sucesor fue Gerald Ford, a la sazón vicepresidente del país. Ford no había sido elegido para el cargo por votación popular, sólo designado por Nixon luego de que Spiro Agnew, su compañero en la elección presidencial dimitiese por un asunto de corrupción en octubre 1973. Los apoyos de Ford no podían ser más endebles y el nuevo presidente tampoco consiguió mejorarlos con el tiempo. La suya iba a ser otra presidencia republicana de carril; más Eisenhower que Nixon y muy débil.

Una de las primeras acciones de Ford en su nuevo cargo fue conceder un perdón presidencial a su antecesor, una decisión muy discutida que no auguraba nada bueno. Sus colegas conservadores activos del partido tampoco aplaudieron la exaltación de Nelson Rockefeller, el paradigma del republicanismo country club,como nuevo vicepresidente. A los pocos meses de mandato Ford hubo de aceptar la entrada de las tropas de Hanoi en Saigón y una vergonzosa retirada de Vietnam con todos los rasgos de una huida.

Tampoco pudo contener la erosión de la confianza de los consumidores ante una inflación rampante. No supo navegar la polarización política desatada por nuevos problemas como el aborto, los derechos de los gais y la Enmienda pro-Igualdad de Derechos (ERA) que hubiera prohibido la discriminación por razón del sexo. Esas mismas fuerzas y los golpes al prestigio de Estados Unidos noquearon no sólo su presidencia sino también la de su sucesor Jimmy Carter.

Una vez más, los representantes de una derecha activa volverían a discutir si se podía esperar algo de ese partido republicano o había que comprar una brújula nueva. La novedad era que el número y la procedencia de los preguntones habían aumentado. Una de las primeras salvas provendría de quienes se definían como nueva derecha, que proponía desplazar la base del partido hacia el Sur (inclusión de los votantes de Wallace), el Oeste y los condados industriales del Norte, una fusión en las antípodas del establecimiento constituido, demócrata o republicano. La vieja guardia intelectual del republicanismo activo al estilo de NR se había tornado demasiado académica, urbana, acomodada y respetable y estaba entregada a la ingeniería social. A la nueva derecha todo eso le salía por una higa. Lo suyo era ganar a los votantes descontentos en el centro geográfico y moral del país: la mayoría blanca y protestante del Sur y del Medio Oeste y los trabajadores sin título universitario en todo el resto. 

Otras discusiones giraban sobre la principal cuestión económica del momento: cómo salir de la estanflación, esa letal combinación de bajo crecimiento económico, aumento de precios y alto nivel de paro que se había apoderado de Estados Unidos durante los 1970s. No sólo la economía se contraía; al tiempo la inflación obligaba a un número creciente de americanos a pagar más impuestos por el aumento de su base imponible. A mayores salarios nominales y con menor poder adquisitivo, mayores impuestos. Una de las respuestas apuntaba precisamente a este aspecto de la política fiscal. En resumidísimas cuentas, la llamada curva Laffer defendía que, con independencia de imprevisibles aumentos de productividad, una eventual reducción impositiva generaría todo lo contrario: una espiral de mayor inversión/mayor empleo/mayores ingresos fiscales gracias al aumento de trabajadores empleados, no de la base imponible individual de quienes habían conseguido mantener su trabajo y escapar del paro.

La validez de la hipótesis ha sido objeto de interminables discusiones. Sea como fuere, esa estrategia de crecimiento apoyada en la oferta (supply-side economics), es decir, en un aumento de la producción de bienes y servicios gracias a la reducción de impuestos, bajas tasas de interés y limitación de regulaciones burocráticas -traducida a términos de poder como ciudadanos vs. burócratas-, se convirtió en la opción más razonable para un gran número de votantes americanos. Muchos de ellos vieron su prueba del nueve en la limitación de impuestos a la propiedad inmobiliaria (Proposición 13) aprobada en 1978 por los votantes californianos. Tras muchas dudas y vacilaciones Ronald Reagan acabó por incluirla en su plataforma política para la elección de 1980.

Sin llegar a los resultados de Nixon en 1972, Reagan se hizo con un alto número de votantes frente a Carter, con 44 estados y con 489 votos de los 538 del colegio electoral en 1980. Desde aquel día Reagan se ha convertido en protagonista de una oleada de literatura hagiográfica entre los republicanos, casi tan abrumadora como las catilinarias de sus críticos.

Reagan había sido un demócrata ardoroso años atrás. Fue presidente del gremio de actores de cine y televisión que contaba con unos cien mil miembros y ganó seis veces la elección entre 1947 y 1959.  De ahí pasó a televisión con un programa subvencionado por General Electric en defensa de la empresa privada. En 1952 y 1956 presidió un Comité de Demócratas por Eisenhower y en 1960 otro por Nixon. En 1962 cambió su afiliación demócrata por la republicana. Gran admirador y apologista de Barry Goldwater, Reagan fue elegido gobernador de California en 1966.

Reagan no era un innovador en asuntos de teoría; antes bien, el suyo era un conservadurismo profundamente pragmático. Su paso por el partido demócrata nunca se borró del todo, lo que le situaba cerca de los neoconservadores; su profundo anticomunismo le ganaba también el fervor de los paleos. Sus éxitos políticos se debieron, ante todo, a una actitud abierta y optimista en la que todas las tendencias políticas de su partido encontraban su reflejo, a su flexibilidad táctica y a una excelente capacidad de comunicación. Pero fueron más éxitos personales que del partido en su conjunto. En 1984 Reagan revalidó y mejoró sus resultados de 1980. Ganó en 49 estados y alcanzó 525 votos de los 538 del colegio electoral. Pero la Cámara de Representantes se mantuvo en manos demócratas durante los ocho años de su mandato y el Senado durante los últimos cuatro. Esa falta de control sobre el legislativo obligó a encontrar puntos de acuerdo que no siempre fueron del agrado de los diferentes sectores conservadores.

El presidente había hecho suya la economía de oferta hasta el punto de que llegó a conocérsela como reaganomics. Los problemas llegaron a la hora de ponerla en práctica porque la política siempre habla en prosa, aunque, como monsieur Jourdain, no lo sepa.

En 1984 Charles Murray publicó un libro (Losing Ground: American Social Policy 1950-1980. Basic Books: Nueva York 2008)) donde aportaba cuadro estadístico sobre cuadro estadístico para demostrar que los programas de affirmative action y todo el tinglado burocrático de ayudas federales a la pobreza, a la seguridad social, al desempleo y demás sólo habían conseguido aumentar la inseguridad y la dependencia de sus beneficiarios. La solución ya la sabemos: una especie de ingreso vital mínimo que les permitiese elegir en qué, cómo y cuándo podían emplearlo. Las propuestas de Murray y sus seguidores entroncaban hasta cierto punto con el republicanismo activo de NR (limitación del poder del estado federal; ethos individualista; denuncia de la burocracia; libre empresa) y encerraban un deseo inconfesado de volver al laissez-faire de los 1920s. Este sector paleoconservador, no se recataba de denunciar la impotencia del supply-side frente a las declaraciones en contrario de sus entusiastas.

Pero -reargüían los neos– desde los 1920s había llovido mucho New Deal y mucha Gran Sociedad y era difícil, además de perjudicial electoralmente, mirar atrás. Contraataque ad hominem: la mayor parte de los ejecutivos políticos en los que Reagan confiaba no se sentían incómodos ni con las responsabilidades de gobierno ni con el poder de su burocracia. Sabían que el tinglado era muy difícil de controlar y que su opción efectiva se reducía a tratar de impedir -si es que podían conseguirlo- que la burocracia siguiese creciendo. Como alguien lo recordó: “si hay que pencar con un gobierno desmedido, que sea al menos un gobierno desmedido conservador”. No era precisamente un grito de guerra contra el Estado de Bienestar.

La implementación de reaganomics tampoco aclaró las dudas. Ante todo, Estados Unidos acabó con la estanflación. La Reserva Federal subió los tipos de interés hasta 20,5% e indujo una recesión por más de un año (el paro subió a 9,7% y el PIB cayó 1,9%). El índice de miseria (paro más inflación), sin embargo, cayó de 19,33 a 9,72 entre 1980 y 1988 y el número de hogares de clase media (renta familiar de US$75.000/año en dólares 2000) subió de 20,2% a 25,7%.

El balance de la política fiscal de Reagan es más complicado por su falta de estabilidad. Con un Congreso en manos demócratas, en sus últimos años muchas de las bajadas de impuestos conseguidas al principio se redujeron. Y, sobre todo, las promesas de reducción del déficit no pasaron de las musas al teatro. De ser el mayor acreedor del mundo, Estados Unidos se convirtió en el mayor deudor. Y la deuda nacional subió de US$997 millardos a US$2,85 billones.

Reagan juzgó ese aumento del déficit como el mayor fracaso de su administración. Sus críticos republicanos recordaron una vez más que se debía a su incapacidad para elegir entre cañones (defensa) y mantequilla (la herencia del New Deal y de la Gran Sociedad). Los gastos de defensa subieron (dólares constantes 2000) de US$267,1 millardos en 1980 a US$393,1 en 1988. Los demócratas se dieron repetidos días de campo pasando concienzudamente a cuchillo hasta los más mínimos detalles de la economía de oferta. La discusión, empero, sigue abierta.

Fue en política internacional donde Reagan inspiró un giro decisivo para satisfacción de los conservadores de todo pelaje que venían denunciando la tibieza oficial ante el comunismo como ideología y ante la Unión Soviética como expresión política. En 1975, las dos grandes centrales sindicales USA habían invitado a Solzhenitsyn, expulsado de la URSS el año anterior, a visitar Estados Unidos y con ese motivo una serie de notables de los dos partidos insistió para que el presidente le recibiese. Por consejo de Kissinger, Ford se negó: la visita podría menoscabar el clima de distensión con la URSS que auguraban los acuerdos de Helsinki 1975. Más tarde, a Ford se le escapó un desliz freudiano durante un debate electoral televisado: “no hay dominación soviética en Europa oriental y nunca la habrá bajo una administración Ford”. Carter, por su parte, sacó aún más de sus casillas a los anticomunistas de ambos partidos con sus reproches a quienes tenían «un miedo exagerado al comunismo».

En 1979 Nicaragua cayó en manos de los sandinistas; el sha de Irán fue destronado por los ayatolas; y la Unión Soviética invadió Afganistán. No todas esas sacudidas estaban protagonizadas por comunistas, pero en todas había un doble denominador común: la denuncia del imperialismo americano y una torpe reacción de Carter. Ambos impulsaron a parte del establecimiento demócrata en política internacional a un cambio de bando. Posiblemente el abandono más llamativo de entre ese grupo intelectual/académico fue el de Jean Kirkpatrick que criticaba a Carter por su lenidad para con los revolucionarios antiamericanos al tiempo que consentía en dejar caer regímenes autoritarios amigos que podían evolucionar hacia la democracia mientras que los otros nunca lo harían. El liberalismo idealista, concluía, no tenía que ser incompatible con la defensa de la democracia y de los intereses nacionales de Estados Unidos.

Sea como resultado de una estrategia bien elaborada, sea por la suerte que lo acompañó a lo largo de su carrera, iba a ser Reagan quien mostrara a su país cómo salir del atolladero. “Ni un Taiwán más, ni un Vietnam más. No habrá más traiciones a los amigos de Estados Unidos” fue el mensaje estratégico central de su primera campaña electoral. En 1983 puso en marcha la guerra de las galaxias o SDI (Iniciativa Estratégica de Defensa), una nueva doctrina que ponía en cuestión la estrategia MAD (destrucción mutua asegurada) que había garantizado una tregua nuclear desde la crisis de los misiles 1962. SDI inspiró una feroz oposición y gigantescas manifestaciones en su contra a ambos lados del Atlántico. Reagan, por su parte, estaba convencido de la práctica imposibilidad de negociar con un régimen como el soviético post-Brezhnev, esclerotizado en el recto sentido de la palabra. «Con quién voy a negociar allí, si cada nuevo interlocutor se me muere al poco» dicen que decía.  

Cuando Gorbachov demostró ser una excepción, Reagan entró en un largo proceso de negociaciones en las que poco a poco Estados Unidos iba arrinconando a una contraparte cada vez menos segura de sí misma. Era imposible saberlo a la sazón, pero cuando en 12 de junio 1987 el presidente pronunció la frase clave (Míster Gorbachov, derribe usted ese muro) de su discurso ante la berlinesa puerta de Brandemburgo, la suerte estaba echada. La Unión Soviética, atorada en Afganistán, incapaz de competir en gastos de defensa con el presupuesto de Washington, perdida la confianza de la mayoría de sus ciudadanos y de los de la Europa oriental en su sistema, tenía los días contados.

Reagan, empero, no iba a ser el protagonista de la nueva etapa a la que tanto había contribuido.

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