Podemos: el síndrome de Sansón

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Si queremos hablar de populismo, conviene aproximarse a una definición o, si se quiere, realizar un acotamiento de ese concepto político. Populista es –a mi juicio– quien habla como si él encarnara al pueblo. Por tanto, la primera característica del populista es la de ser un suplantador, pues el pueblo, es decir, la ciudadanía, es plural y variada, y cuando el pueblo actúa de forma homogénea y unánime, la mayor parte de las veces se convierte en populacho, en masa, en chusma.

La segunda característica del populista es la de ofrecer soluciones sencillas a problemas complejos. Hay una expresión española que lo refleja bien: «Esto lo arreglo yo en un plis plas». Es esta la característica que mejor define al demagogo. Así pues, el populista es un suplantador y un demagogo. Pero, ¿no se expresan así todos los políticos? En buena parte, sí, pero en esto del populismo –como en todo– hay grados.

Otra de las características del populista es su recurso permanente a actitudes religiosas. En efecto, al hablar se muestran, sucesivamente, como la Virgen María, pura y casta, y como el Dios tronante de la Biblia que ataca «sin medida ni clemencia» a Satanás, el enemigo, el culpable de todos nuestros males. En su discurso aparece también un infierno (al que ellos van a enviar a los malvados) y un paraíso (al que sólo llegaremos de su mano).

Las características enunciadas casan bien con Podemos. En efecto, sus portavoces hablan en nombre del pueblo, tienen su Satanás (los banqueros, Angela Merkel y «la casta») y un paraíso al que conducir a «los pobres de la tierra», convertida hoy en «famélica legión» por culpa del bipartidismo miserable, mendaz y vendido al capital.

Si a cualquier español, medianamente informado, le hubieran dicho hace dos o tres años que en otoño de 2014 aparecería en las encuestas un nuevo partido con la mayor intención de voto directo y con una ideología radical e izquierdista (cuyos fundadores y directivos provienen además, casi exclusivamente, de una sola facultad), hubiera dicho que eso era imposible, y, recurriendo al bolero, hubiera añadido «un sueño imposible que busca la noche». Pues de sueño nada: ya está aquí, como pesadilla o como milagro. Un milagro que deja chico al de los panes y los peces.

«El comité central de Podemos –escribía Enric Juliana en La Vanguardia al día siguiente de su congreso fundacional– fue elegido ayer en un acto de los que hacen época en el teatro Nuevo Apolo de Madrid, con Pablo Iglesias en la secretaría general, arropado por Alexis Tsipras, líder de la Syriza griega. El sustrato social e ideológico del 15-M, en sus inicios rabiosamente antijerárquico y antivertical, ha destilado finalmente un partido convencional con una dirección fuerte. El comité central de Podemos –añadía Juliana– está formado mayoritariamente por licenciados y doctores».

El sábado 15 de noviembre de 2014 por la tarde, tras el acto de clausura de ese congreso, el Consejo Ciudadano (la ejecutiva de Podemos) celebró su primera reunión. Un alto porcentaje de ese Consejo Ciudadano está integrado por profesores universitarios, lo cual, según una de ellos, Carolina Bescansa, docente de Metodología de Investigación en la omnipresente Facultad de Sociología y Ciencias Políticas de la Universidad Complutense, «es un reflejo de que la política empieza a hacerla la gente más preparada, con más contacto con la vida cotidiana». Y lo dijo sin ninguna humildad, y también sin ningún rubor. La dolorosa verdad es que entre ellos no hay un solo obrero, ni un sindicalista. Tampoco trabajadores autónomos o por cuenta ajena, ni siquiera un ingeniero que trabaje en la empresa privada.

El Consejo Ciudadano de Podemos no incluye un solo obrero, ni un sindicalista, ni un trabajador autónomo o por cuenta ajena

La sociedad civil, de a pie, no cuenta, que se sepa, con un solo representante en la cúpula de esta nueva formación política. En suma, la dirección de Podemos se parece a la sociedad española bastante menos de lo que se parece un huevo a una castaña. ¿Es esa la «irrupción plebeya», la gente común, para recuperar la política frente a la «minoría privilegiada» de la que hablaba Íñigo Errejón hace unos días? ¿Cabe una impostura mayor?

Este «milagro», el éxito de un grupo nada representativo socialmente y con unas experiencias laborales y políticas perfectamente descriptibles, no hubiera podido producirse sin que antes los dos grandes partidos no hubieran degradado ad nauseam la calidad profesional, cultural y humana de las personas colocadas por ellos en puestos de altísima responsabilidad política. Hasta tal punto que cualquier comparación, persona a persona, entre los responsables políticos que ejercieron su labor durante la Transición y los que operan veinte años después resulta altamente significativaA esta degradación curricular aportó grandes dosis de «malas prácticas» el expresidente Rodríguez Zapatero, para quien «cualquier socialista vale para cualquier cargo» [sic]..

¿Qué quieren los de Podemos? Lo han dicho ellos: «asaltar los cielos» y, aunque no tienen aún programa electoral, ya han dejado suficientes señales para poder asegurar que, desde su populismo izquierdista, y a la vista del trasvase de votos que detectan las encuestas, su objetivo es ganar las elecciones generales, y eso pasa por la destrucción del PSOE. Sólo así podrían alcanzar la hegemonía electoral en el campo de la izquierda, pues los votos que Podemos puede arrancar al PP son –siempre según las encuestas– muy escasos.

A partir de su éxito en las elecciones europeas, pretenden iniciar un proceso constituyente en el cual se declare a España como una «nación de naciones» y se dé la vuelta como a un calcetín a la actual Constitución, que, conviene recordarlo, ha sido la primera Constitución plenamente democrática construida por consenso en nuestro país.

No es casual que una notable influencia intelectual les venga, precisamente, del «peronismo ilustrado» (valga la contradicción en los términos) que representan personas como Ernesto Laclau, recientemente fallecido, o Ricardo Forster, nombrado por Cristina Kirchner «Secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional en Argentina» (¡toma ya!), quien afirmaba en unas declaraciones  a El País lo siguiente:

En la Argentina del final de los noventa, la idea de la globalización, el achicamiento del Estado, las privatizaciones y el reinado absoluto del mercado parecían intocables. Pero fue posible cambiarlo, reconstruir un rol importante del Estado en la esfera de la economía. Fue posible disputar una hegemonía.

Y uno se pregunta: ¿cómo es posible que una persona en sus cabales pueda poner como ejemplo a seguir esas políticas peronistas que han llevado a la Argentina a la quiebra?

Según los fundadores de Podemos, el suyo es «un proyecto pleno de ilusiones». «Ilusionante», ¿para quién? A esta pregunta ha contestado cabalmente una carta firmada por Ana Segovia, dirigida al director de El País desde Ciudad Real, el 15 de noviembre de 2014. Conviene leer con atención sus párrafos más significativos:

¿De verdad no saben por qué los ciudadanos apoyan a Podemos? […] Conviene aclarar que una gran parte de los ciudadanos de este país ya no tienen nada que perder. Si ellos (los políticos) se quedan sin trabajo, bueno, nosotros ya no lo tenemos. Si la economía del país se va a pique, bueno, la nuestra ya no puede caer más bajo. Que nuestra sociedad se vería abocada a un futuro incierto, bueno, el nuestro ya es muy negro.

Entonces, ¿por qué los ciudadanos apoyan a Podemos? Pues porque cada vez somos más los que no tenemos nada que perder, y no queremos seguir formando parte de un mundo paralelo en el que nos ha tocado la peor parte. Puede que la única salida sea que todos lo perdamos todo y así juntos, en una misma realidad, podamos crear una sociedad más justa.

Como se ve, estamos ante el «síndrome Sansón». Como se recordará, la figura de Sansón (nombre hebreo que significa «[el que] sirve [a Elohim]»), es descrita en el Libro de los Jueces, entre los capítulos 13 y 16. Según ese libro, Sansón poseía una extraordinaria fuerza que le permitía llevar a cabo actos heroicos, como luchar contra un león sin más armas que sus propias manos, acabar con todo un ejército con tan solo una mandíbula de burro y hasta derribar un templo filisteo (con los filisteos dentro) valiéndose de su sola fuerza.

Un virus, el de Sansón, que es básicamente suicida, teniendo además gran capacidad de contagio en una España sumida en una crisis económica, social y política. No es la primera vez que aparece ese virus y en España ha adoptado varios disfraces en distintas épocas, desde la Primera República, que acabó como el rosario de la aurora tras otorgar «el derecho a decidir» a cualquier territorio, hasta la Segunda República, cuando el virus de Sansón llevó a la sociedad española a un final trágico.

¿Y con esos mimbres (los contagiados del virus de Sansón, liderados por un grupito de universitarios radicales) puede construirse una alternativa política? En estos tiempos de crisis, de desigualdad, desesperanza y corrupción, sí. Y no sólo en España. Hay nuevos populismos en Europa para todos los gustos, desde el derechista Frente Nacional francés al Movimiento 5 Estrellas italiano. De hecho, a quien más se parece Podemos es a este último. Un nuevo populismo «digital» en el que todos votan telemáticamente sobre todos los asuntos, pero nunca se reúnen; ellos consideran que están poniendo en práctica el principio de accesibilidad universal, pero su jefe (Beppe Grillo) se autonombró, es materialmente inaccesible, se muestra totalitario en las posturas que adopta y en las palabras que pronuncia, y goza de un cargo a perpetuidad y, sin embargo, sus seguidores están convencidos de que son todos iguales, aunque carecen de estatutos y de cualquier otra garantía.

¿Cómo consiguió Podemos hacerse oír? Un grupúsculo radicalizado como era el formado por los fundadores (hoy dueños) de Podemos tiene enormes dificultades para hacer llegar sus ideas al gran público, pero Podemos contó desde muy pronto con el impagable apoyo de «las viudas» de José Luis Rodríguez Zapatero. Para explicar esto último es preciso conocer algunos antecedentes. Vamos a ello.

El «milagro» ha contado con la inestimable ayuda de una nube de periodistas que representan la parte más activa del cabreo nacional

En la vieja y bárbara tradición hindú, a las viudas se les obligaba a seguir a sus difuntos maridos hacia el más allá; por el contrario, en España, a las viudas, aparte de meterlas bajo mil sayas negras, se les asignaba el no siempre grato papel de «conservar la memoria» del difunto, y aunque el finado hubiera sido un golfo o un truhán, la viuda debía transmitir a sus hijos, allegados y vecinos el recuerdo de un «santo varón».

Este excurso viene a cuento de lo que está pasando con las televisiones que Zapatero «regaló» a sus amigos. Recordémoslo. Con el impagable apoyo de Jaime Roures, y teniendo como muñidor presidencial a Miguel Barroso, Zapatero pretendió hacer lo mismo que había hecho Aznar (montar un grupo mediático a su servicio) y se inventó La Sexta, a la cual Roures añadió un diario en papel, Público. Como compensación o como premio de consolación, Zapatero otorgó una concesión en abierto a favor de Prisa, que venía reclamando desde hacía tiempo. Esta nueva cadena de Prisa recibió el nombre de Cuatro.

Antes de que Zapatero hiciera mutis por el foro en noviembre de 2011, su operación mediática ya había sufrido el más estrepitoso fracaso y La Sexta había acabado en manos del Grupo Planeta, propietario de Antena 3, La Razón y Onda Cero, mientras que Cuatro fue vendida por Prisa a Mediaset, el grupo de Berlusconi que dirige Paolo Vasile. ¿Y qué ha pasado desde entonces? Pues que los nuevos dueños de esos dos emporios mediáticos, muy «listos» ellos, han dejado, respectivamente, a La Sexta y a Cuatro como segundas marcas o marcas blancas en las manos de quienes ya estaban, es decir, en las manos de «las viudas» del difunto Zapatero. ¿Con qué fin? Probablemente con el objetivo de fidelizar a una audiencia compuesta por una sedicente izquierda en verdad algo zombi. Y, en estas condiciones, lo mejor que se les ha ocurrido a «las viudas» es «echarse un nuevo amor». De izquierdas, eso sí, y de esta guisa los de Podemos ocuparon pronto espacios y altavoces, de suerte que, en pocos meses, pasaron de no ser nada a obtener un millón doscientos mil votos en las elecciones europeas. Un servicio, este de las viudas, que habrá que agradecerles eternamente en nombre de la Democracia y del Socialismo.

El «milagro» también ha contado con la inestimable ayuda de una nube de periodistas que representan la parte más activa del cabreo y del «sansonismo» nacional, ese que se ha instalado con particular inquina entre las capas medias. Pues bien, dentro de esas capas medias, ellos, los periodistas, son uno de sus sectores más achatarrados. Periodistas echados a la calle mediante expedientes de regulación de empleo, como los sucesivos de Prisa, vagan hoy sin destino fijo por periódicos digitales y otros domicilios ubicados dentro de las mal llamadas redes sociales. En tan precarias condiciones personales, estos periodistas han dejado de atenerse a norma deontológica alguna y muerden a quien pillan por medio (excepto al mayor causante de su ruina, el multimillonario Juan Luis Cebrián).

En efecto, estamos ante el grito de Sansón: «Mueran los filisteos conmigo dentro». Un odio demagógico que, como es obvio, resulta muy peligroso para la convivencia. Mas, sea como sea, el «líder máximo», Pablo Iglesias Turrión, sabe que su proyecto de «asaltar los cielos» o, si se quiere, de hegemonizar la izquierda, pasa por moderar su lenguaje y sus propuestas. O, dicho de otra forma: ha considerado conveniente disfrazarse del Felipe González de 1982. Miguel Ángel Aguilar lo veía así (El País, 18 de noviembre de 2014):

Quieren limar aristas e instalarse en los modos de la ambigüedad calculada. Pasar de las rotundidades a los matices y refugiarse en la pedagogía de las parábolas. Difuminar las promesas taxativas, esas que luego los votantes pueden aducir como incumplidas […]. Del impago de la deuda ha pasado a la reestructuración, en línea con los premios Nobel y el economista jefe del FMI. […] Se escabulle del referéndum Monarquía-República. Frente a la declaración unilateral de independencia, señala que la Generalitat es incompetente. Suma voluntarismo de que mejor y más felices juntos. Promete permanecer ajeno a la casta, sin entender que todos somos biodegradables, que a todos cambia el poder.

Disfrazados o no de aquel socialdemócrata de ecos suecos y alemanes que era González antes de 1982, la pregunta clave que hoy cabe plantearse es fácil de enunciar: ¿Será el PSOE capaz de resistir la embestida de estos nuevos «bárbaros»? Izquierda Unida, que ya venía mostrando maneras antisistema desde hacía tiempo, ha entregado sus armas sin lucha, como aquel conde don Julián que abrió la puerta de la península ibérica al moro. Muchos de los excomunistas, dentro y fuera de Izquierda Unida, dentro y fuera del PSOE, quizá piensen ahora en su fuero interno que, de la mano de Podemos, pueden tomar «cumplida venganza» por aquella «injusta» derrota «histórica» que el comunismo sufrió a manos del PSOE durante la «maldita» Transición. A ellos que, casi en solitario, tanto habían hecho por la democracia durante el franquismo, la derrota les dejó a la intemperie primero, y buscando refugio, después, en las filas de sus «matadores». Es decir, dentro del PSOE.

La fuerza del PSOE para resistir el ataque se ha visto muy disminuida (ideológica, institucional e internamente) tras la aventura zapateril, pero aún le queda implantación territorial y fuerza militante para aguantar con éxito el chaparrón, siempre y cuando sus actuales dirigentes sean capaces de diseñar un liderazgo creíble y viable. Para lo cual se necesita un discurso claro en el campo territorial (la piedra en el zapato del PSC sigue obligando al PSOE a andar cojo) y en el de las propuestas sociales, empezando por la fiscalidad.

En cualquier caso, lo peor que puede ocurrirle al PSOE es intentar «robar» ideas y actitudes de Podemos por vía de imitación. A mi juicio, si el PSOE quiere seguir siendo, hasta noviembre de 2015, la única alternativa de gobierno realmente existente, debería dejar en segundo plano los jeribeques de una improbable reforma constitucional o ese federalismo (¿asimétrico?) en el que se metió por culpa de un PSC que camina a buen ritmo hacia su extinción. Menos marear y marearse con cambios constitucionales y más énfasis en lo que importa. ¿Y qué es lo que importa? Desde luego, por un lado, la reindustrialización y la investigación. Políticas que aborden de verdad las bases que permitan salir del mayor agujero que tiene el país: el paro. Dentro de ese proyecto alternativo, ha de enfatizarse lo que merece la fiscalidad. Una fiscalidad hoy muy deteriorada, cuya eficiencia y justicia son, como algunas fincas, manifiestamente mejorables.

Desde luego, meterse en la reforma de la Constitución agradará mucho a los medios de comunicación (que viven del conflicto), pero meterse allí es hacerlo en un barrizal del cual será imposible salir mediante un consenso mayor del que en su día obtuvo la Constitución hoy vigente.

Joaquin Leguina fue presidente de la Comunidad de Madrid (1983-1995). Sus últimos libros son El duelo y la revancha. Los itinerarios del antifranquismo sobrevenido (Madrid, La Esfera de los Libros, 2010), Impostores y otros artistas (Palencia, Cálamo, 2013), Historia de un despropósito. Zapatero, el gran organizador de derrotas (Barcelona, Temas de Hoy, 2014) y Los diez mitos del nacionalismo catalán (Barcelona, Temas de Hoy, 2014).

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