Padre e hija
JAVIER MAQUA
Alfaguara, Madrid, 1997
360 págs.

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La novela de autobús no es ninguna novedad literaria; Josep Pla, Camilo José Cela o recientemente Bernardo Atxaga escribieron memorables páginas al respecto. Sin embargo un autobús repleto de escolares, y algún que otro adulto zascandil en viaje cultural (es un decir) a Italia sí puede ser material literario novedoso e incluso sugerente. Siempre que entendamos el viaje como iniciático, no como una astracanada juvenil, en cuyo caso bastarían las alforjas Enid Blyton; lo que no es el caso de la última novela de Javier Maqua, vigorosa, audaz, llena de aciertos aunque también con su cupo de caídas de tanto como quiere abarcar. Padre e hija es el relatorio de un viaje que el Instituto Altolaguirre hace por esos lugares de Italia tan trillados por escolares, asociaciones de vecinos, parroquias y pensionistas. Hablo de Florencia, Pisa, Venecia o Roma. Viajar, obviamente, se ha democratizado y llegar a Italia en autobús, con paradas en la Costa Brava y la Riviera, mucho más todavía. También para los inquietos zangolotinos del Instituto Altolaguirre, madrileños pero de ambigua ubicación en la capital, salvo por el dato de que alguno de ellos frecuenta Majadahonda. Tampoco sabremos mucho de la clase social a que pertenecen estos cachorros; uniformados en todo caso en jerga, vestimenta y actitudes, y a mí me parece que Maqua clava las expresiones lingüísticas de la muchacha (tal vez un imposible apete por apetecer desentone un poco) pero el resto de lo que aquí se dice parece bien captado. Los adultos del periplo, conductores aparte, son una profesora y dos miembros de la APA, una madre y el padre que titula a medias el libro. La «profe», Resu, la Barbie, tiene poca entidad. Soco, la madre, bastante más pero cae en la más burda de las caricaturas. Verbigracia su apoteosis ante la curva asesina de Gracia de Mónaco. El de la sal gorda intermitente es un problema del que Maqua no consigue zafarse, y así su novela se desliza entre lo trascendente, lo cotidiano y el chafarrinón que como tal afea la por momentos excelente caligrafía del autor de Padre e hija. El progenitor, un cuarentón progre y locutor en paro (lo que explica su presencia en el viaje) es el elemento central de la novela y en su retrato Maqua se ha esmerado. Aquí no hay esperpento sino trasunto de un personaje bien estudiado por su creador. Rafael Uhagón abunda en tics de progre, de cuarentón, de padre en celo y será fácilmente reconocible por quien se halle en la edad de las renunciaciones (la que va de los cuarenta a los cincuenta, año más o menos). Menos creíbles resultan los «ciegos» que Rafael colecciona en el viaje escolar, o su ambigua relación con la alumna Vasilija, pero estamos –ya se dijo– ante un viaje iniciático donde todo vale. La hija de Rafael, Mañana, a su vez cumple un papel de niña moderadamente irritada por causa de la presencia paterna; en todo caso la relación padre-hija no incomoda al lector y le permite reflexionar sobre la difícil comunicación entre edades tan diferentes. El color aventurero y enigmático lo aporta un futbolista serbio, jugador en El Ancianísimo y padre de Vasilija, también incorporado a la excursión. Los avatares de Milan Djuric, trasunto de la suma de varios jugadores de la liga española, podría conformar una novela aparte. Y a veces da la impresión, por lo mal empastado que resulta este material en el conjunto, que Maqua estuviera empleando temas previstos para otro fin. Hecha esta salvedad y alguna otra referida a contradicciones temporales (la novela se narra día a día, hora a hora), también el esperpéntico final en Calella, como escapado de una novela de Sharpe o de Ramón de España, con unos policías de opereta que hablan en seudoandaluz, Padre e hija es un libro lleno de encanto, con puntos líricos de inflexión que no le hacen ningún daño. Al final a uno le queda la impresión de que el viaje tiene muy poco, o nada, de cultural. ¿Pero es que acaso alguien piensa seriamente que semejantes excursiones son, en verdad, de estudios?

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