Dos por el precio de uno


DE LA AUTOBIOGRAFÍA
José María Pozuelo Yvancos
Crítica, Barcelona
258 pp. 19,95 euros

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En De la autobiografía conviven dos libros: el de teoría de la literatura, especializado y arduo, y el de crítica literaria, al que puede acceder, sin obstáculos reseñables, y hasta con placer, el lego en la materia. A cada uno de ambos corresponde una de las partes del volumen. La primera, «Teoría de la autobiografía», constituye un repaso de las principales aportaciones sobre el género autobiográfico hechas por las diversas corrientes de pensamiento, que cabe agrupar en dos: aquellas que sostienen que toda narración de un yo es una forma de «ficcionalización», esto es, una invención novelesca –una corriente que se inicia con Nietzsche y desemboca en el «deconstructivismo» de Derrida, Barthes y Paul de Man–, y las que defienden que el relato autobiográfico contiene un núcleo de verdad, histórico o documental, sentido en el que se pronuncian Philippe Lejeune o Elizabeth Bruss. Pozuelo apela en diversas ocasiones a esta condición dual o fronteriza del género: la autobiografía reside «en el límite entre la construcción de una identidad, que tiene mucho de invención, y la relación de unos hechos que se presentan y testimonian como reales». Su posición, ecléctica, atiende a la condición pragmática del relato autobiográfico, esto es, al establecimiento de un pacto de lectura, en virtud del cual se ofrece como un relato veraz, susceptible de ser contrastado con los hechos, que el lector acepta como tal. Con todo el interés que estas disquisiciones puedan tener para los teóricos de la literatura y, en general, para los integrantes de la clase académica, el texto se resiente de su especificidad técnica y, lo que es peor, de una prosa enfangada en lo jergal. Sabemos que los saberes particulares requieren un idioma asimismo particular, pero lo particular no tiene por qué ser inaccesible. A quien esto suscribe le gustaría que los filólogos –sobre todo los filólogos eminentes, como sin duda es Pozuelo– practicasen un idioma ecuménico y diáfano, y sólo recurrieran a las germanías cuando fuese inevitable; y aun entonces, que utilizaran las armas de la retórica clásica, comúnmente admitida, y no la fiera parla de los preceptistas. Ciertamente, uno no comprende la necesidad –ni, en muchos casos, el significado– de archisílabos como «presentificación», «personajeidad», «discursivización», «performatividad», «figuralidad tropológica», «acto ilocucionario» o «consecuencias perlocutivas», y reconoce su estupefacción ante párrafos –que menudean en la primera parte del libro– como éste: «Asalta precisamente al problema autobiográfico la evidencia de que todo género es una concepción del mundo y sus categorías no pueden ser abstraídas sino desde el origen de su epistemología categorial» (p. 22). Coadyuvan a la pastosidad del texto ciertos desaliños estilísticos, como la abundancia de los adverbios en -mente. En la propia página 22 encontramos tres en otras tantas líneas, y en la 45 leemos este párrafo tupido: «Que el discurso autobiográfico sea ficcional (semánticamente y aun ontológicamente considerado) y sin embargo esté situado convencionalmente, en su funcionamiento pragmático, en la estructura que socialmente ordena los discursos de verdad…».

El libro, empero, gana vuelo en su segunda parte, «Estilos de la autobiografía», en el que abandona las inhóspitas trochas de la teoría literaria y se adentra en los regocijados parajes de la crítica literaria. Pozuelo demuestra entonces que sabe desenvolverse a la altura de los autores reseñados, y practica el análisis de las obras elegidas con finura y tino. Son cinco: los libros I y II de La arboleda perdida, de Rafael Alberti; Pretérito imperfecto y La casa del olivo, de Carlos Castilla del Pino; Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir, de José Manuel Caballero Bonald; Los hechos, de Philip Roth; y Roland Barthes por Roland Barthes. Cada una de estas autobiografías documenta, según Pozuelo, una opción estilística, esto es, una forma de concebirse y de plasmarse; y todas son válidas, por cuanto, para el catedrático de Murcia, no hay un modo canónico de escribir una autobiografía. De Alberti subraya el récit d'enfance y el carácter espacial de la memoria infantil. Castilla del Pino le merece los mayores elogios: su autobiografía constituye el relato de la construcción del yo, de acuerdo con un propósito ético: afirmar un proyecto de vida, basado en los valores ilustrados de la República, frente a la chatedad intelectual y moral del franquismo circunstante. De Caballero Bonald, también vastamente encomiado, destaca Pozuelo la ironía y la amplitud de la prosa, que alberga con igual brillantez lo lírico y lo satírico, lo costumbrista y lo picaresco, lo memorialístico y lo mágico. Su autobiografía es un ejemplo de literaturización: todo lo vivido se somete a la alquimia novelesca. La de Roth, por su parte, es una muestra de metaautobiografía: un proyecto que narra la transformación en personaje del yo del autor. Por último, Barthes se erige en paradigma de la conciencia lingüística contemporánea: como bien señala Pozuelo, su autobiografía «parece […] encaminada a hacernos ver que su persona es una textualidad, que más que un sujeto nos encontramos con una suma de textos, de fragmentos, de escritura». En todos los casos, Pozuelo condesciende al análisis textual, la almendra de la tarea crítica: su prosa gana entonces en viveza, fluidez e inteligibilidad, y el lector se siente reconfortado.

 

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