La ciudad despensada: guía de los barrios grises de Europa

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En el año 1951, del 4 al 6 de agosto, en la ciudad alemana de Darmstadt, en una Europa que vive a la intemperie o hacinada en cuchitriles por la destrucción masiva de espacios habitables, el Colegio de Arquitectos alemán promovió un célebre congreso en el que coincidieron, entre otros, José Ortega y Gasset y Martin Heidegger.

Era un congreso de genios celebrado literalmente entre ruinas –es decir, una perfecta metáfora de la Europa del siglo XX– con ocasión del medio centenario de la Exposición celebrada en Darmstadt en 1901, Un documento del arte alemán, hito histórico del Jugendstil, que es como se llama al modernismo en Alemania. Fue el segundo de los 13 Darmstädter Gespräche celebrados desde 1950 hasta 2001, y no precisamente el de mayor éxito y resonancia. Algunos de los invitados de peso, como Walter Gropius o Romano Guardini, no acudieron y el evento no tuvo la repercusión esperada.

Allí aconteció, sin embargo, una anécdota que tanto los aficionados a la obra de Ortega como los aficionados a la de Heidegger conocen bien. Heidegger acababa de leer una de sus más celebradas conferencias, Construir, habitar, pensar, cuando –según refiere el propio filósofo–, uno de los arquitectos presentes –un gran arquitecto, por lo que sabemos– se enfrentó a él con viveza y le acusó de «despensar» las cuestiones esenciales en lugar de aclararlas. Se creó entonces cierta tensión en el salón municipal donde se celebraba el acto, hasta que Ortega salió al quite y disipó el embarazoso malestar con una ocurrencia ingeniosa. «El buen Dios –dijo Ortega– necesita de los «despensadores» para que los demás animales no se duerman».

Ha pasado más de medio siglo y la historia retira hoy a un segundo plano a Heidegger y a Ortega –también retira, de momento, su interesante confrontación sobre lo que significa habitar– y la perspectiva que dan dos generaciones nos deja, sobre todo, la feliz intuición del indignado asistente. Y es que, en efecto, el siglo XX ha sido el gran siglo del despensamiento. Hasta finales del XIX la manera de insertarse en la historia de los científicos, artistas o pensadores europeos fue la de la acumulación o el progreso. Ya fuera preservando lo recibido, ya mejorándolo radicalmente, los diferentes académicos y revolucionarios que pueblan la historia europea encarnan este esquema histórico de participación en una gran tarea positiva de construcción universal.

Pero, en torno a la Primera Guerra Mundial –una contienda cuyo impacto directo en el mundo de las ideas, como causa o como expresión, es muy superior al de la Segunda–, el europeo se descubre como artífice y fabricante de sus ideas y creencias esenciales, de sus propios esquemas para percibir el mundo, y –en lugar de celebrarlo, como sugería Rilke desde la mágica terraza de su hotel en Ronda, e iniciarse en un juego de dioses, o cuando menos de ángeles–, se entrega a un ejercicio de despensamiento y deconstrucción tan furibundo y sistemático como el de los aliados con las ciudades alemanas o el de los nazis con las declaradas razas inferiores.

Este fenómeno se aprecia por igual en las partituras musicales y en la física de partículas, en la fundamentación de las matemáticas y en la de la religión, en pintura y en filosofía, y constituye uno de los momentos estelares de la humanidad, aunque sólo sea por la cantidad de inteligencia que libera de golpe. Es, además, un patrimonio irrenunciable de la conciencia europea. Pero esta explosión de inteligencia tiene algo de terminal, suena a traca final o, si se prefiere, a última temporada de la serie. Porque la inteligencia deconstructiva tiene un recorrido histórico muy corto y al cocinero cuyo arte se basa en la deconstrucción de la tortilla, como al filósofo cuyo arte se basa en la deconstrucción de la gramática, si no inventan luego cosas mejores que hacer con las patatas o los verbos –y mejorar la tortilla de patatas o la Crítica de la razón pura es muy, pero que muy difícil–, se le cierran las puertas de la historia. De manera emblemática, el Doktor Faustus de Thomas Mann explora este pacto del talento europeo con lo crepuscular, cuya exacerbación estética constituyó, para Mann, un rasgo esencial del nacionalsocialismo.

En un terreno estrictamente conceptual, el genio de Europa parece haber olvidado que el esfuerzo y la sabiduría requeridos para construir cualquier cosa –por defectuosa o mediocre que sea– es siempre muy superior al requerido para desmontarla. Y este despiste cultural tiene hoy una vertiente política y social bien concreta que está afectando gravemente al futuro de la Unión Europea. En pocos temas se aprecia tan claramente este drama interno como en la imagen que Europa tiene de sí misma.

En efecto, cuando se intercambian impresiones sobre Europa con visitantes de casi toda raza y condición se impone la sorprendente conclusión de que muchas ciudades europeas son hoy lo más parecido al paraíso que un terrestre común pueda habitar en la Tierra. Su belleza y proporción humana, su seguridad y urbanidad, su integración de clases sociales e ideologías, su equilibrio entre privacidad y solidaridad, su apertura e indefensión confiada hacia la cultura nueva, en suma, la singularidad de cada una de ellas dentro de estos parámetros comunes, hacen de la ciudad europea del siglo XX el momento culminante del habitar humano en la historia. Ni más ni menos.

El hecho de que todo esto lleve unos años en peligro y manifiesto deterioro no es ahora la verdadera cuestión. La cuestión ha sido muchos años que, desde la inteligencia y la cultura que albergaban estas mismas ciudades a comienzos de siglo –esas que tan certera y cariñosamente retrataba Stefan Zweig–, desde su pulso anímico y vital, salieron en su día las hecatombes de comienzo del siglo pasado y toda su cobertura argumental. Y la cuestión es que, todavía hoy, a comienzos del siglo siguiente, parece que fuera imposible sacar de sus elites culturales algo más que deconstrucción. De tal modo que en todas las ciudades europeas se proyecta –invisible para el visitante, pero no para el nativo– otra ciudad fantasmal y en ruinas donde los gritos o silencios de millares de víctimas reales, posibles o imaginadas –algunas de ellas falsas– ahogan las risas de cualquier renacimiento real.

La lectura de Austerlitz –la novela de W. G. Sebald– proporciona al lector un impactante acceso a esta otra ciudad fantasmagórica –el barrio gris– que no figura en las guías de turismo, pero que es tan interesante de ver para el viajero intelectual de oficio o afición que recorre Europa. Claudio Magris también es un buen guía para estas excursiones, con la ventaja de que en él, pese a todo, la esperanza y la bondad parecen prevalecer y los fantasmas que se ven sonríen un poco más. Es preciso subrayar, en cualquier caso, la europeidad específica de este episodio y el significado que tiene el hecho de que los Estados Unidos no lo compartan plenamente. El malestar en la cultura que surca el siglo XX es, no nos engañemos, el malestar en la cultura europea.

Una cultura cuyos vectores de pensamiento y creación más vigorosos parece que sólo pudieran pensar ya entre las ruinas de algo o para tramar las ruinas de algo. De ahí que la Unión Europea suponga, de facto, una deseuropeización de la Europa contemporánea y exija de sus ciudadanos un acto de alienación, de extrañamiento o mestizaje que jamás había requerido a la población proyecto político alguno. Cuando Europa va bien, este olvido fecundo de sí misma va arraigando como una revolución tranquila; cuando Europa no va tan bien, el entusiasmo político y social de sus ciudades suele adoptar las formas –morbosas– del resentimiento y del ajuste de cuentas. Tal o cual novela es un ajuste de cuentas con tal o cual idea, tal o cual pintura es un ajuste de cuentas con tal o cual tradición, tal o cual partido o lista electoral es un ajuste de cuentas con tal o cual realidad antigua o presente. Pero el ajuste de cuentas, como el resentimiento, es un juego que busca la suma cero. Encierra una lógica homeostática que no permite rebasar una fatalidad inicial ni, por tanto, hacer verdadera historia. Además, ajustar las cuentas es la función esencial del fantasma, como el del comendador en Don Juan, con lo que, a la fantasmagoría de los que ya no están y habitan el barrio gris, se une la de los que todavía están vivos y orientan sus vidas para ajustar las cuentas de aquellos, a veces sin preguntarles siquiera qué piensan del asunto. Por eso, en este julio de olas de calor y de ciudades hipnotizadas con la idea de ajustar las cuentas a otras o a sí mismas, las ciudades de Europa se han llenado de fantasmas mucho más de lo habitual.

De los ecos del congreso de Darmstadt en este otro verano en el que millones de europeos no saben tampoco dónde meterse, nos queda, pues, el mensaje de que, individualmente hablando, tal vez sea posible habitar en la deconstrucción, pero ningún proyecto social e histórico compartido que sea realmente valioso puede edificarse a medio y largo plazo teniendo como nervio fundamental el despensar cosas ya pensadas o demoler cosas ya construidas.

En alguno de sus escritos autobiográfícos, Elias Canetti escribe: «He pasado la mejor parte de mi vida desenmascarando al hombre […] y, sin embargo, el orgullo que siento por él sigue siendo tan grande que sólo odio verdaderamente a la muerte». Como tarea de vacaciones podríamos proponer ahora la siguiente fórmula: los europeos hemos pasado la mejor parte de nuestros últimos cien años desenmascarando a Europa y a sus ciudades. Y, sin embargo, el orgullo que sentimos por ellas es tan grande que sólo deberíamos odiar «X». Calcúlese el valor de la incógnita.

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