De mujer a mujer

Mujer de aire

ENRIQUETA ANTOLÍN

Alfaguara, Madrid, 1997

237 págs.


El lector actual ya no se sorprende ante los posibles estados –sólidos, líquidos o gaseosos– de nuestra narrativa y acepta con mayor o menor benevolencia las veleidades de los novelistas y los intereses de los editores. Literatura y mercado se dan la mano tan estrechamente que le resulta difícil distinguir el grano de la paja y la novedad de lo nuevo, sobre todo cuando el mercado diseña un modelo de literatura cuyo perfil coincide con las escasas exigencias de unos y las respuestas afectivas de otros. Así, en los últimos años, los escritores de éxito han ido formando sus parcelas de adictos y admiradores entre jóvenes y mujeres (tal vez los que más leen en España), por la sola razón de que, como suelen decir, en sus obras ven reflejados sus problemas o sus inquietudes íntimas.

A estas alturas no es una novedad la literatura juvenil y femenina, y bienvenida sea cuando es buena, pero tampoco la escrita para jóvenes y mujeres con una exclusiva finalidad comercial. Para disfrute de su narcisismo autocompasivo, a los jóvenes se les ha brindado la carnaza de su propia frivolidad lingüística y de su provocativa mediocridad vital; a las mujeres, por su parte, la de su intimidad dolorida y turbulenta en el enfrentamiento con un mundo gobernado por los hombres.

En este sentido, Enriqueta Antolín, que culmina con Mujer de aire una trilogía de carácter iniciático y de educación sentimental, ha cedido a la tentación de la complacencia afectiva consigo misma y con las mujeres que la lean. El decurso intimista y autobiográfico de su narración descansa en el contrapunto de dos tiempos interiores, el del pasado, en que la memoria rescata la mitificación de su padre y de un profesor del instituto en la época difícil de la posguerra, y el del presente, en que, convaleciente en el hospital, revuelve sus sentimientos alrededor de una historia amorosa que no acaba de cuajar. En ambos casos responde el personaje a la visión de una realidad despojada para acentuar al máximo su condición de víctima, ya que los sentimientos y afectos representan un patrimonio personal e intrasferible del que carecen los demás.

Mucho nos tememos que este sistema de valores interiores y afectivos han vuelto, a la luz de bastantes novelas recientes, a constituir el universo femenino, en sustitución de otros que tenían plena vigencia no hace mucho. Que este cambio ideológico, visible en la novela de Enriqueta Antolín, a pesar de las referencias a la posguerra, estructuralmente forzadas, sea producto del mercado o signo de una nueva sentimentalidad, tendrá que analizarlo la sociología de la literatura. Lo cierto es que el YO del personaje narrador se alza por encima de la objetividad novelesca hasta casi borrar sus rasgos, que debieran ser precisos y representativos, y la subjetividad transforma a su antojo las apariencias de la realidad de acuerdo con las querencias y los gustos de las lectoras con el fin de tocar su fibra más sensible.

Enriqueta Antolín, para conseguir su grupo de lectoras incondicionales, ha abierto la caja de la emotividad, la ha desparramado por las páginas de su novela con toda una maquinaria repetitiva y obsesiva, y ha escogido una técnica narrativa cercana a la lírica. Esto no es nuevo ni sorprendente, como tampoco lo es la indeterminación genérica ni el hibridismo de los géneros literarios en la modernidad. La voz de la narradora discurre por una forma híbrida entre el monólogo interior y la confesión a un narratario, sin que sea convincente en ningún caso. Por un lado, su monólogo se parece al interior por sus fórmulas repetitivas y aparentemente desordenadas, pero no lo es porque la transcripción de su pensamiento está dirigida a un destinatario o confidente; por otro, este confidente queda anulado por una confesión cuyo destinatario no deja de ser el propio personaje narrador que se recrea en su vaivén mental.

El resultado es una obra indecisa en la forma y previsible en los contenidos, en los que no faltan muestras del pensamiento débil y tautológico, que no satisfará a nadie, ni a quien toma la literatura como pasatiempo para olvidarla después, ni a quien la concibe como medio para conocerse mejor a sí mismo y al mundo.

Ficha técnica

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