Jiménez Lozano, o la vasta lucidez del ermitaño

LOS CUADERNOS DE REMBRANDT

José Jiménez Lozano

Pre-Textos, Valencia

240 pp.

18 €

Decía Twain que cuando nos sorprendamos pensando del lado de la mayoría, es hora de hacer una pausa y reflexionar. Y decía Pascal que todas las desgracias le sobrevienen al hombre por ser incapaz de quedarse a solas consigo mismo en una habitación. La prosa de Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es un venero claro que parece brotar del remanso de sensatez que encierran esas dos máximas, cuya asunción depara lo mismo una actitud contemplativa ante la vida que una concepción de la escritura como ejercicio de observación y juicio, más que de imaginación y fábula. Es la filiación literaria que corresponde a corrientes clásicas de la literatura occidental, como el moralismo francés o la ascética española, pero que abarca también a cualquier autor moderno capaz de identificarse con la cita de Scott Fitzgerald que encabeza este libro: «Cuando Words-worth llegó a la conclusión de que “cierta gloria se había extinguido en la tierra”, él no se sintió impelido a perecer con ella».

Jiménez Lozano no quiere de ningún modo que se le considere un escritor hijo de su época, como no sea por reacción contra ella. Toda su obra –que engloba más de medio centenar de títulos, entre ensayos, novelas, libros de relatos, diarios y poemarios, por no hablar de su abultada producción periodística, la mayor parte publicada en El Norte de Castilla, cuya redacción compartió con Umbral o Delibes– va a la contra de la temida y poco edificante posmodernidad. Y los apuntes y anotaciones sueltos que contienen estos Cuadernos de Rembrandt vienen a advertir, con enésima insistencia y la misma pausa crítica de siempre, que el brillo del viejo humanismo se apaga, que no quedan erasmos en Europa y que el liderazgo de los intelectuales ha sido abruptamente sustituido por el mecanicismo de gurús económicos sin lecturas o exponentes mediocres de rasa politiquería, que la rebelión de las masas se ha consumado al punto de tornar sospechosas o inencontrables a las élites, que ya no hay sujetos que devengan en memorables personajes en las novelas, sino estructuras atomizadas de enrevesado nihilismo en el mejor de los casos, que es el que reservamos a «alta cultura», porque el resto está copado por pastiches comerciales, al lado de los cuales el folletín decimonónico se antoja vanguardia críptica. Jiménez Lozano puede caer a veces en la jeremiada, y cometer la injusticia de no apreciar el grano esperanzador entre la cizaña de la decadencia ética y estética generales, pero su denuncia es sosegada y honesta, totalmente alejada del cálculo provocador que inspira a un Michel Houellebecq cuando realiza su enmienda a la totalidad de la literatura del siglo XX. Esta actitud de omnímoda distancia ante los febles productos de la posmodernidad es la que confiere unidad a un dietario de notas dispersas que, de otro modo, resultaría demasiado digresivo. Eso en el fondo, ya que en la forma la unidad la procura el castellano límpido marca de la casa, atento a la recuperación del arcaísmo o a la inclusión de modismos rurales que aportan sabor al fraseo largo, encadenado de copulativas, que caracteriza la prosa del abulense. Por cierto, que el título del libro se debe sencillamente a que uno de los cuadernos de donde ha salido esta selección de notas editada por Pre-Textos llevaba en su portada un dibujo firmado del pintor holandés. La anécdota de que el soporte usado para la escritura acabe bautizando la obra resultante nos remite inevitablemente al monumental Cuaderno gris de Josep Pla, pero la similitud se extiende también a la mirada del escritor, a ese recelo de lo abstracto y esa fe exclusiva en la autenticidad de los tipos humanos y del paisaje.

El libro, que registra las notas tomadas por el autor entre 2005 y 2008, intercala poemas de temática virgiliana y noticias glosadas, de forma que el dato de actualidad queda elevado a la categoría de reflexión antropológica. Pero, sobre todo, el cuaderno tiene mucho de diario de lecturas personales. Autores como Flannery O’Connor, Fray Luis de León, Simone Weil, Heidegger, Márai, Joseph Roth, Virginia Woolf o la idolatrada paisana Teresa de Ávila desfilan por las páginas como icebergs del nutridísimo bagaje lector del dietarista, cuyo olfato humanístico –que los sectarios de progreso confundirán con rancio conservadurismo– rastrea infaliblemente a los «cómplices» entre los muertos más ilustres de la gran literatura occidental, la misma que está depauperándose por el suicidio espiritual de Europa: «Yo estoy totalmente de acuerdo con los que piensan que, para nuestra desgracia, estamos existencialmente más cerca de los pensares y sentires y de la realidad histórica de los primeros tiempos medios, tras la caída de Roma y la expansión exitosa del islam, que de la vigencia de nuestra vieja cultura y la vigencia real de nuestras viejas libertades. Y que todo parece como una terrible broma de la historia que se riera de todas nuestras conquistas y nos enfrentara hasta con la posibilidad de nuestra esclavitud. No se trata de una broma, ni de juegos virtuales informáticos, ni de nada fantástico. Se abren los ojos, y se ve». Y Jiménez Lozano, desde la recóndita atalaya rural en que vive, encaramado a los pilares de la gran literatura, ejercita su vasta lucidez sobre las alarmas de nuestro tiempo.

El autor de Los cuadernos de Rembrandt no es un pensador original ni un prosista arrebatadoramente brillante. Pero posee el talante exacto que, desde Montaigne, debe ornar al ensayista comprometido únicamente con ciertos valores humanos insobornables y con el mejor modo de transmitirlos. Por otro lado, que Jiménez Lozano haya merecido los más importantes galardones de la literatura en castellano –desde el Cervantes en 2002 hasta el Nacional de las Letras, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes o el de la Crítica– quizá signifique que su elegía no está del todo justificada y que aún hay esperanza para los humanistas y su reconocimiento social.

Ficha técnica

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