El premiado recibe los insultos

MIS PREMIOS

Thomas Bernhard

Alianza, Madrid

Trad. de Miguel Sáenz

150 PP.

16 €

En su carta de dimisión como miembro de la Academia de Lengua y Poesía, Thomas Bernhard (1931-1989) se pregunta, a propósito de una sección del «Anuario» de dicha Academia, que recoge una larga lista de todas las oscuras distinciones imaginables e inimaginables y que le parece repugnante: «¿A quién le interesa eso salvo a las propias lombrices?».

Curiosamente, este Mis premios, que Bernhard dejó casi listo para su publicación, no es otra cosa que una versión de esa sección: recuerdos de los premios literarios que le fueron concedidos a lo largo de su vida. Creo que el libro interesará a alguien más que a las lombrices y, aunque a mí me haya interesado, no creo ser buen ejemplo, porque bien puedo pertenecer a ese grupo de «lombrices intelectuales».

Para quien haya leído la obra de Bernhard, muchas de estas páginas le sonarán a «ya conocidas», y con razón: el texto que abre el libro, dedicado a «El Premio Grillparzer», es una versión (no sé si anterior o posterior, aunque sí un poco más larga) de la que incluyó en El sobrino de Wittgenstein (Anagrama). La peripecia con el traje, que compra exclusivamente para la ceremonia y que al cabo de unas horas, después de recibir el premio, devuelve a la tienda, es digna de una película de los hermanos Marx, y trae a la memoria sus «Dramoletten», piezas teatrales cómicas: como Isabel II (Hiru), donde el protagonista, Herrenstein, un paralítico gruñón e insorportable, refunfuña sin parar la clave de su verdad: «Hace cinco años el doctor Friedländer me dio tres años de vida y todavía estoy aquí. En ese sentido, me he sobrevivido ya dos años. No quiero morir, eso es lo que pasa. Siempre digo que me voy a morir, pero no me quiero morir».

También en El sobrino de Wittgenstein se adelantan los pormenores de otro premio, el «Premio Nacional Austríaco de Literatura», pero no el grande sino el pequeño, como se encarga de recordar Bernhard hasta la fatiga. El ministro de cultura del momento, Piffl-Percevic, lee un discurso disparatado en el que confunde obras y vida, mientras Bernhard escucha estupefacto pero sin alterarse; cuando Bernhard lee su discurso (que se incluye como apéndice a Mis premios) consigue indignar profundamente al ministro, que abandona la sala dando gritos y un portazo. En El sobrino de Wittgenstein, Bernhard asegura que el ministro lo llamó «Perro», pero en Mis premios todo queda un poco más en el aire, menos violento.
Tras recibir este premio, y supuestamente inspirado por las palabras de Paul Wittgenstein, Bernhard se dio cuenta de que los premios eran brutalmente humillantes para quien los recibía: «Aceptar un premio no quiere decir otra cosa que dejarse defecar en la cabeza, porque le pagan a uno por ello». Bernhard afirma también que recibir un premio después de haber cumplido los cuarenta es una catástrofe, y él se juró que no los recibiría, pero, como le pasó tantas veces, se traicionó: tenía cincuenta y pico años cuando recibió el Mondello y cincuenta y muchos cuando recibió el Médicis. Él sabía muy bien la colección de contradicciones que llevaba dentro.

Con todo, los mejores «premios» no son aquellos en los que Bernhard se deja llevar por la reflexión, sino aquellos en que nos hace reír con las peripecias disparatadas de su vida. Como, cuando al recibir el Premio Julius Campe, decidió invertir todo el importe del galardón en la compra de un coche. Bernhard sólo sabía conducir camiones, que había aprendido a manejar con la intención de marcharse a trabajar a África, pero se encaprichó con un Triumph Herald de lujo, que tuvieron que sacarle del concesionario porque él no sabía hacerlo, y no se bajó de él hasta que, de excursión por Yugoslavia, un paisano empotró su vehículo contra el suyo: desgraciadamente tuvieron que hospitalizarlo y su coche de lujo, siniestro total, quedó convertido en chatarra.

La compra compulsiva, que aparece en muchos de los textos, debió de darle muchos disgustos: con el dinero del Premio de la Libre y Hanseática Ciudad de Bremen, decidió comprarse la primera casa de campo, en estado de ruina inminente, que le enseñó un agente inmobiliario al que acababa de conocer. No tendría nada de extraño si Bernhard no hubiera odiado el campo con todas sus fuerzas, y sólo soportara vivir en algunas ciudades de tamaño considerable, como Viena o Hamburgo.

A lo largo de Mis premios, el Bernhard que impera es el gruñón insoportable que tan bien conocemos, y que de tan gruñón resulta risible, y creo que él era muy consciente de ello, porque en sus obras teatrales utilizaba esa comicidad, pero en el relato de la concesión del Premio de la Cámara Federal de Comercio aparece un Bernhard bien distinto, que recuerda al que intimó tan profundamente con Paul Wittgenstein. Bernhard recibe el premio de manos de un empresario que le examinó cuando él quería ser empleado de comercio muchísimos años atrás, una historia que él cuenta en El sótano (Anagrama): el antiguo examinador, que vive sus últimos días de vida, recuerda los ejercicios de la prueba, que consistían en conocer las variedades del té chino y las cien del café. A Paul le atribuye en El sobrino de Wittgenstein cualidades terapéuticas, que sin duda vio también en el empresario enfermo Haidenthaller.
 

Mis premios no es tan potente, ni tan imprescindible, como los Relatos autobiográficos, reeditados por Anagrama en un solo volumen, pero es un estupendo complemento, teñido por una distancia que le permitía, en ocasiones, reírse de sí mismo, de su locura rabiosa.

Ficha técnica

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