La novela Los años de bronce de Slobodan Šnajder, considerada una de las más importantes publicadas en Croacia en lo que llevamos de siglo, parte de un impulso singular: la voluntad de utilizar la ficción no para recrear la historia de la propia familia, sino para crearla casi desde cero. El motivo es la falta de narración directa por parte de quienes la protagonizaron. En la Segunda Guerra Mundial, el padre de Šnajder fue movilizado por las Waffen-SS, mientras que su madre se unió a los partisanos de Tito. Sin embargo, apenas confiaron sus vivencias a Šnajder, salvo su esquema general y dos episodios relacionados con sendos campos de concentración. Su padre le contó que una vez, en Polonia, divisó la chimenea de Auschwitz: «Humeaba día y noche»; su madre que, presa en el campo de Stara Gradiška, pasó a su lado una columna de mujeres serbias camino de ser ejecutadas junto a sus hijos y se cantaron canciones unas a otras como señal de reconocimiento. En este libro, Šnajder cubre las lagunas de la historia mediante cartas, fotografías, documentos oficiales, los poemas que escribió su padre y, por encima de todo, su imaginación de novelista.
El padre del narrador de Los años de bronce, apellidado Kempf, va cambiando de nombre entre Djuka (croata), Georg (alemán), Jurek (polaco) y Yuri (ruso) según evolucionan sus peripecias. Miembro de la minoría alemana de Yugoslavia, Djuka Kempf es llamado a filas como «voluntario involuntario» por las Waffen-SS, rebautizado como Georg y destinado al frente de Polonia. Allí participa en guardias, batidas de bosques y escaramuzas, sin destacar por su ardor guerrero: «¿Cómo luchar contra alguien que no sabes quién es? ¿Cómo odiarlo a muerte?». Tras desertar, fracasa en su intento de unirse al ejército del Estado polaco clandestino, es comprado y vendido como criado rural por unos campesinos que le llaman Jurek e incluso llega a combatir con el Ejército Rojo bajo el nombre de Yuri, hasta que emprende el camino de vuelta a casa atravesando una Europa en ruinas. Todo este periplo no proporciona a Kempf aprendizaje alguno, sino solo la sensación de no pertenecer a ningún colectivo e ir casi siempre a remolque de lo que otros deciden sobre él: «En general, no había sido más que una presa a la que todos perseguían».
El contrapunto a este antihéroe de la Segunda Guerra Mundial lo da la que podría ser su futura esposa, Vera, a la que encontramos recluida en el campo de concentración de Stara Gradiška por haberse enrolado en los partisanos de Tito y ser hermana de un destacado miembro de la guerrilla. Relativamente protegida por el hecho de ser croata, contempla abusos y crímenes hasta que la liberan porque su hermano ha sido hecho preso y, por tanto, Vera ya no sirve como pieza que canjear por él. Lejos de volver a casa, se echa de nuevo al monte con los partisanos, para quienes ejerce como informante y correo. Aunque el itinerario bélico de Vera recibe un tratamiento menos detallado que el de Kempf, la impecable tenacidad de ella frente a la ocupación nazi contrasta con el permanente desvalimiento de él en su «pequeña guerra polaca»: «Todo lo que sucede a Vera es consecuencia de sus decisiones. Por el contrario, todo lo que le sucede al hombre llamado Kempf es consecuencia de fuerzas superiores a él. No es dueño de su destino. Vera, aunque presa en el campo, sí lo es».
El tercer vértice del triángulo protagonista lo ocupa un personaje inusual: un nonato que no sabe si va a nacer algún día. Se trata del hijo que podrían tener Vera y Kempf en caso de que ambos sobrevivan a la guerra, lo cual es mucho suponer teniendo en cuenta que él combate en el frente del Este y ella está presa en un campo de concentración. Además, cabe la posibilidad de que se encuentren durante el conflicto y, por pertenecer a bandos rivales, tengan que liquidarse el uno al otro. Este niño que existe solo en potencia —trasunto de Slobodan Šnajder— observa la acción desde un limbo donde habitan otros miles como él. Desde allí glosa lo que le va ocurriendo a sus padres en un tono que alterna la comprensión, la ironía y el miedo a caer en la nada, tal como les ocurre a muchos otros no nacidos cuyos futuribles progenitores mueren en la guerra y el Holocausto. Sus apostillas desde el limbo de los nonatos vienen en pequeños recuadros de color gris, mientras que, en el cuerpo de texto, el narrador es ese mismo hijo de Vera y Kempf, si bien ya ha nacido.
El marco global de Los años de bronce es la historia de los alemanes que, en el siglo XVIII, colonizaron el sur de la Llanura de Panonia a instancias de la emperatriz María Teresa. Al inicio de la novela, un antepasado de Kempf acepta la propuesta de un emisario imperial y desciende por el Danubio en una almadía abarrotada de colonos, resuelto a cultivar una tierra extremadamente fértil: «Lanzas un escupitajo, y una semana después ya la puedes segar y cosechar». Con la llegada de Hitler al poder y la ocupación de Yugoslavia, estos alemanes contribuyeron al proyecto nacionalsocialista, ya fuese por voluntad propia u obligados como Kempf: «Nadie se tomaba en serio su germanidad, hasta que esta lo inundó todo». Una vez los nazis fueron expulsados de Yugoslavia, en el país se instauró un régimen socialista encabezado por Tito que atribuyó una culpa colectiva a la minoría alemana, a la cual forzó a marcharse del país o bien recluyó en campos de concentración. «La apuesta en esta partida era muy grande. Se lo jugaron todo a una carta y perdieron», le dice a Kempf un viejo compañero de escuela, ahora miembro de la policía política.
La última parte del libro, más esquemática que la ambientada en la Segunda Guerra Mundial, resume la existencia de la Yugoslavia socialista. Tras expulsar a la minoría alemana, las autoridades llenan el vacío con colonos llegados de regiones más humildes, además de formar brigadas de trabajo juvenil para construir un país nuevo. No obstante, el optimismo de los comienzos pronto se diluye: el Partido es el que decide a qué profesión deben dedicarse tanto Vera como Kempf, pasando por encima de su voluntad, y se va abriendo una brecha entre quienes se integran en sus estructuras y quienes se quedan fuera. Más tarde, la economía se deteriora tanto que numerosos yugoslavos emigran rumbo a Alemania, siguiendo el mismo camino que los infortunados descendientes de la colonización teresiana. Ya en los 90, Kempf se topa con un grupo haciendo un juramento hitleriano en el principal cementerio de Zagreb. Con el resurgimiento del nacionalismo croata, ha vuelto la reivindicación de los colaboracionistas nazis, llamados «ustachas». Es el principio del fin: «La almadía del comunismo acaba de hacerse pedazos en el torrente de los odios despertados».
Los años de bronce cubre un notable arco tanto geográfico como temporal mediante una forma híbrida entre la saga histórica y la novela itinerante, con ciertos toques de confesionalismo ya cerca del cierre. Aunque la larga trayectoria como dramaturgo de Šnajder, previa a la de novelista, ha estado marcada por la experimentación, aquí la historia está narrada de una forma lineal —eso sí, con numerosas elipses— y relativamente clásica, salvo por el recurso del narrador nonato explicado con anterioridad. Predomina el realismo, si bien roto cada cierto tiempo por la descripción de creencias populares —a modo de ejemplo, los campesinos alemanes sospechan que el emisario de María Teresa es una rata que habla, y un pescador confunde con una sirena el cadáver de una joven degollada en un campo de concentración—, así como de los sueños que tienen los protagonistas. Un rasgo particular de la novela es el juego con la tipografía: para resaltar su «germanidad», las mismas runas góticas que decoraban los cascos de las Waffen-SS aparecen tanto en la mayúscula inicial de las intervenciones del narrador nonato como en las pesadillas que suscita en Kempf el totalitarismo nazi.
En el libro abundan las metáforas animales, empezando por la que inspira el título. Cuenta el Antiguo Testamento que, para combatir una plaga de serpientes que amenazaba a Israel, Dios ordenó a Moisés que fabricase una serpiente de bronce, la colocase sobre un asta y la alzase para que el pueblo la contemplara. Aquí la serpiente simboliza a los líderes providenciales, deseosos de que el pueblo los siga: «Todos ellos se consideran a sí mismos hombres visionarios y todos exigen, bajo la amenaza de castigos feroces, que las miradas se posen exclusivamente en ellos». Los integrantes del pueblo, enardecidos por el líder, renuncian a su individualidad. Šnajder los compara con hormigas y, sobre todo, con ratas que siguen al flautista de Hamelín: «El flautista es astuto: aquí no llama a perpetrar una matanza, invita a seguirlo […] a un futuro mejor. El camino es siempre recto, sin importar las pérdidas de material humano». Durante los «años de bronce» que abarca la novela, vemos desfilar el totalitarismo y el nacionalismo, pero también el socialismo, como ideologías basadas en la promesa que acaban por conducir al crimen.
«Lo peligroso era ser judío. Ser hombre, sin más, ya era imposible», afirma el narrador sobre la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, tanto Vera como Kempf mantienen su humanidad en tan nefasto periodo, eso sí, pagando un precio. En un sueño que tiene hacia el final de su vida, Vera proclama que ella y quienes contribuyeron a la lucha partisana no tienen nada de qué avergonzarse, y por eso están tan solos: «Los que tienen de qué avergonzarse se huelen y se arropan». No obstante, el hecho de haber contribuido a una causa justa hace que, a la hora de hacer balance, se sienta en paz. Kempf también se negó a mirar a la serpiente de bronce, pero lo atribuye a su naturaleza cínica, y esa es su tragedia: «Un cínico nunca logrará algo grande […] Porque todos los apasionamientos le resultan sospechosos y porque está envenenado por la duda». Atraviesa el trágico siglo XX europeo sin cometer crímenes, pero tampoco sin realizar ningún acto encomiable. Con todo, el lector —y uno intuye que también su hijo, el narrador, e incluso su hijo el autor— termina por compadecerle debido a la enormidad de la prueba.
Marc Casals es escritor y traductor especializado en los Balcanes. Es autor de La piedra permanece: historias de Bosnia-Herzegovina (Libros del KO, 2021), escribe textos sobre la región en varios medios y traduce literatura del BCMS (Bosnio, Croata, Montenegrino y Serbio) y del búlgaro.






