Antes del fin
ERNESTO SÁBATO
Seix Barral, Barcelona, 1999
189 págs.

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Para resumir este libro, este «testamento», como su autor lo llama, no encontramos mejores palabras que las del mismo Sábato: «En torno a penumbras que avizoro, en medio del abatimiento y la desdicha, como uno de esos ancianos de tribu que, acomodados junto al calor de la brasa, rememoran sus antiguos mitos y leyendas, me dispongo a contar algunos acontecimientos, entremezclados, difusos, que han sido parte de tensiones profundas y contradictorias, de una vida llena de equivocaciones, desprolija, caótica, en una desesperada búsqueda de la verdad».

Este libro consta de tres partes, más una introducción y un epílogo. En la introducción Sábato se justifica, escribe, sobre todo, para la «gente joven», también para los que como él, «antes del fin», se preguntan el para qué de la vida. Una vida, lo anticipa y lo desarrollará, plagada de sufrimientos, injusticia y caos, pero también, de atisbos de un «Dios enmascarado»: un pájaro o un gesto simplemente humano: «una prueba del Absoluto».

«Primeros tiempos y grandes decisiones» es la parte primera y principal, ocupa exactamente la mitad del libro, y en ella Sábato mira y pesa su vida, pero no desde lo filosófico –sólo de tanto en tanto reflexiona–, tampoco describe, más bien pinta, muestra imágenes. Son fragmentos de una vida, eso que queda cuando con 87 años se mira hacia atrás: no lo cronológico sino lo valorativo, los hitos, las condensaciones. Así nos cuenta su infancia temblando de miedo entre una madre comprensiva pero impotente y un padre rígido, autoritario, cuyas virtudes sólo después, cuando una vez más ya era tarde, llegó a descubrir.

Nos repite su paso desde las matemáticas, de ese orbe de armonías cristalinas a la literatura, ese mundo –para él– sombrío, inconsciente, «siniestro», dostoieskiano. La incomprensión que padeció por parte de los científicos y la acogida por el mundo surrealista que frecuentó en París. Su regreso a la Argentina, su adhesión y rechazo del marxismo en las épocas en que era fidelidad a la verdad del Partido elegir la mentira e ignorar lo que significaba el stalinismo, también su admiración y fidelidad al anarquismo y sus mártires. Nos habla de otros escritores, del tango como sentimiento, del grupo Sur, de los avatares para publicar El túnel y su reconocimiento posterior. Después interrumpe la historia, como si sólo recordara lo lejano, lo que a pesar de la lejanía aún le duele. Porque todas estas páginas están contadas y creadas desde el dolor, desde lo que para él –uno de los últimos trágicos– es la fuente de toda nobleza y creatividad: «La mayor nobleza de los hombres es la de levantar su obra en medio de la devastación».

«Veo las noticias y corroboro que es inadmisible abandonarse a la idea de que el mundo superará sin más la crisis que atraviesa.» «Quizá sea el fin», la segunda parte, responde a esa mirada: la que ve la humanidad como una raza en retirada. Es la mirada que busca justicia tanto para los hombres como para la tierra que el hombre mismo arrasa. Es un quejido indignado, nunca resignado. Literariamente, aunque es difícil juzgar este libro desde la literatura, es la parte más floja, deshilvanada, no sólo de capítulo a capítulo sino en cada uno de ellos, son fragmentos, no más. O con no más valor que lo que dice, sin el cómo lo dice.

«El dolor rompe el tiempo», la última parte, es no ya un «testamento» sino una confesión. Una prosa que pasa de la tercera persona a la invocación: le habla a Jorge Federico, su hijo muerto en un accidente hace un par de años. También nos cuenta la muerte de Matilde, su mujer, la que fue apareciendo como pinceladas de fondo, como una presencia que no llega nunca a concretarse en aparición. Jorge, Matilde y, antes, su madre: los tres muertos a quien dedica el libro. Sábato cierra esta parte citando a Oscar Wilde: «Donde hay dolor hay suelo sagrado».

«Pacto entre derrotados» es una carta final dirigida a un joven imaginario, uno y todos. «Entre las ruinas descubrió algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir, aquella comunión entre hombres, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible», estas palabras son de Sobre héroes y tumbas, son el trasfondo del título que da a estas últimas páginas. Las páginas en las que no llega a dar cuenta, como no lo hace en todo el libro, de su propia esperanza, la esperanza que, con el nombre de utopía, traspasa como una antorcha a los jóvenes, a los que convoca a esperar, a crear: «Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido».

Así, con ese llamado a encarnar la utopía termina el libro. Su autor se define en él como un anarquista cristiano, anarquista en no reconocer ninguna objetividad, ningún sistema, como absoluto. Y cristiano, quizá, por ser Cristo el único dios que ocupó el lugar que todo dios anterior, armónico o danzante, había dejado vacante: el dolor, la cruz: lo humano. Porque la utopía de Sábato, la que recorre este libro y toda su obra, no está adelante, está abajo: Son esos «seres infinitamente bondadosos. Esos seres modestos, esos analfabetos llenos de bondad, y los jóvenes con su candorosa esperanza». Es la del humilde carpintero que cuidó a Hölderlin, el carpintero que cuidando a un semejante realizó, nos dice en el mayor elogio que hace en este libro, «uno de esos hechos absolutos que redimen a la humanidad». La utopía de Sábato no es la del Humanismo, es la de lo humano, la de «la sacralidad de lo humano». Tampoco es la Historia, es la vida: es la apuesta por la bondad.

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