Fe de vida

En esto creo

CARLOS FUENTES

Seix Barral, Barcelona, 358 págs.

«En literatura sólo se sabe lo que se imagina», estas palabras cierran la última entrada («Zurich») de este libro de memorias y olvidos, escrito en forma de diccionario, una sui generis enciclopedia vital en la que cada palabra alienta e invoca los recuerdos, los viajes, las lecturas de un escritor que a sus setenta y cuatro años decide organizar narrativamente las voces que dan sentido al hilo de su existencia, pública y privada, troceada en el libro por la sugestión de las palabras.

Personalidad extravertida, volcada al exterior, tiende a soslayar las vivencias íntimas, pues hasta el hermoso canto, atrio del libro, a la amistad se convierte en una reflexión teórica; por eso, aunque no elude la herida del hijo muerto, Fuentes se identifica mucho más con su faceta social, la felicidad del donjuán que recrea orgulloso el catálogo de Leporello (mille tre…). Es allí, en el recuerdo del joven galán fruidor de la vida, donde más se implica la brillante prosa del mexicano, igual que es en las reflexiones sociales y políticas donde echa su cuarto a espadas. También desde un punto de vista cuantitativo, la voz más larga del libro es «globalización», seguida de «urbes», y «Dios», un sofista diálogo consigo mismo, de creyente dubitante a ateo feble, que termina amarrándose al mástil de la apuesta de Pascal; transacción, por cierto, indigna de alguien tan inteligente como el filósofo francés.

Si en todo libro de memorias se teje una imagen idílica del yo que se retrata (por eso, y con razón, Paul de Man sostiene que la autobiografía es siempre un género ficcional), en el caso de este abecedario cultural, el escritor mexicano da muestras de un satisfecho y gozoso paso por este mundo, del que acaso sea un buen indicio estas palabras extraídas de la voz «yo»: «¿qué nutre mi yo?, ¿qué permanece para siempre en mí? Paradójicamente, la respuesta vendrá casi siempre de lo que llegó de fuera, el momento consagrado del amor, de la amistad, de la creatividad compartida. El yo cree en el placer, la risa, la buena mesa, el sexo».

Cuando uno se plantea, sin respuesta aparente, por qué los personajes de las novelas de Carlos Fuentes son tan opacos, tan poco profundos, discurren por sus páginas, salvo excepciones, en bien urdidas estructuras formales y responden a un estilo pulcro y, en ocasiones, brillante, pero aportan poco al conocimiento de lo humano, como si carecieran de vida interior (algo análogo, creo, sucede en García Márquez y Vargas Llosa, amigos del mexicano y coprotagonistas del boom, tan diferentes en eso a las impresionantes creaciones de Lezama, Onetti, Rulfo, Sábato, Donoso; ya, las comparaciones son odiosas…), la respuesta está en este libro: Fuentes cree saber que la única salvación del individuo no es «conocerse a sí mismo», sino ganar el mundo, salir de sí, actuar en los antípodas del mandato agustiniano, hasta en Jesús cree ver, muy coherentemente con su creencia, no al místico iluminado, sino al héroe civilizador, al ser histórico activo que humaniza su entorno. Fuentes es, sobre todo, un político (en el sentido aristotélico, él mismo así lo confiesa), pero también un seductor, y un sofista de las buenas intenciones. Donde mejor se retrata, pues, el hombre común, el político de la polis, es en las reflexiones sociales, en su sana obsesión latinoamericana, en sus propuestas sobre la globalización, en su anhelo socialdemócrata (con alabanzas a Felipe González incluidas), hasta en su ya citada reflexión sobre Jesús, nada original, pero brillantemente resuelta, uno de los capítulos más atractivos de un libro que se lee siempre con interés, pero sin entusiasmo.

En un texto de estas características, los silencios son tan clamorosos como los énfasis; así, si se manifiesta una reiterada admiración por su amigo Buñuel, reconoce el magisterio de Alfonso Reyes, atesora en el corazón y en la pluma el nombre de Silvia, su esposa, o el de México, –su natura y su ventura, como diría Quevedo–, aúna los nombres de Velázquez y Cervantes para dejar constancia de su genialidad, coloca los de Faulkner, Kafka y Balzac en el panteón de sus maestros, evoca al lector Quijano, admira a Borges y convoca en la voz «Iberoamérica» toda la ristra de tópicos bienintencionados de los mítines (o las homilías), Fuentes olvida muchos nombres de la literatura mexicana en particular e hispánica en general (de la española actual, me parece, sólo cita a sus amigos Goytisolo y Semprún), pasa de puntillas por la actuación corrupta y dictatorial del PRI (cuya política de «justicia sin libertad» justifica hasta 1968), soslaya el problema actual de los zapatistas, o hace rousseaunianas exclamaciones indigenistas y a favor del mestizaje, pero elude el problema enquistado de las comunidades indias en su propio país.

Un libro, me parece, tan interesante (por provenir de tamaña personalidad) como irregular, eso sí, diplomático, de una corrección política impecable, y algo reiterativo a veces: tantas repeticiones, en vez de tejer la argumentación, fatigan en su casi literalidad (veánse, por ejemplo, págs. 126 y 127), da la impresión de que hubiera hecho falta una última revisión de los textos. Lo mejor del libro es la prosa entusiasta del autor, siempre atenta y joven en su mirada sobre la realidad (la atención, como motor del amor, es el regalo que yo me llevo de estas páginas), sus reflexiones literarias sobre la novela como imaginación que inventa una cultura para poder ser históricamente descifrable, además de las anotaciones justas, precisas, sobre los novelistas que admira; lo más débil, el tono un punto sermonario, de arenga, con que se vislumbran problemas y se allegan soluciones, la escasa complejidad con que se plantean cuestiones muy graves, bordeando a veces el tópico. Hay un constante gusto retórico por la paronomasia y los juegos de palabras (urbes ubres, las bandas se desbandan, maldice al que la dice…) que puede llegar a irritar.

Tras la lectura del libro, podemos intuir en qué cree Carlos Fuentes: en sí mismo, en un yo placeado, inmerso en el ágora, atento a los estímulos externos, a la buena mesa, las bellas ciudades (reconoce que el campo no es su sitio), el lujo culto y, por encima de todos los placeres, en el destino de su país y de todo el continente latinoamericano. Por si él pudiera saborear ese futuro que con fervor desea a su gente, hay un atisbo (¿nueva apuesta pascaliana?) de vaga fe o esperanza en la reencarnación. Obsérvese que, vitalista empedernido, también en su creencia sobre la muerte, y afortunadamente para sus lectores, habrá Fuentes para rato.

Ficha técnica

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