Melquiades Álvarez. El drama del reformismo español
Fernando Suárez González
Madrid, Marcial Pons, 2014
196 pp. 23 €

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Manuel Azaña dejó constancia en su diario del horror y desesperación que le embargaron en esos momentos. Incluso pasó por su cabeza la idea de dimitir de la presidencia de la República en aquella agobiante noche madrileña de agosto de 1936. El día anterior, el sábado 22 de agosto, Melquiades Álvarez González-Posada, exdiputado y jefe del Partido Liberal Demócrata, había sido asesinado en la Cárcel Modelo de Madrid, ante la pasividad de las autoridades republicanas. Con él serían asesinadas otras treinta personas, entre las que se encontraban varios exministros de la República, diputados y exdiputados: «Con esta brutalidad, hemos perdido la guerra», parece ser que dijo Indalecio Prieto.

Ese mismo día 22 Juan Ramón Jiménez había salido de España, por La Junquera, y Azaña había firmado un decreto por el que destituía a Unamuno de su cargo de rector vitalicio de la Universidad de Salamanca tras unas declaraciones de éste a favor de los militares sublevados. Federico García Lorca había sido asesinado tres días antes en Granada por esos mismos militares sublevados. Malos tiempos para la lírica.

Melquiades Álvarez ha sido un político con una cierta buena fortuna en cuanto a la atención que ha merecido por parte de los historiadores: desde el temprano trabajo de Maximiano García VeneroMelquiades Alvarez. Historia de un liberal, Madrid, Alhambra, 1954. hasta los importantes estudios de Manuel Suárez Cortina, que ha proporcionado la visión canónica sobre la vida del político asturiano y sobre su empresa más consistente, el Partido Reformista. Un partido que desempeñó un papel clave en los avatares políticos del período 1913-1923. Junto a esos trabajos, otras aportaciones muy estimables como son las de José Girón, Antonio L. Oliveros, Luis Íñigo Fernández y Sarah Álvarez de Miranda, que escribió desde la perspectiva familiar como nieta que era del político republicano.

Ahora es el turno de Fernando Suárez González, catedrático de Derecho del Trabajo, ministro de Trabajo y vicepresidente en el último Gobierno franquista, y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Todas esas facetas del autor se reflejan en esta nueva semblanza de Melquiades Álvarez, que está asentada sobre muy sólidas lecturas, a las que se añaden las reflexiones de político con experiencia que es el autor.

Melquiades Álvarez, que había nacido en Gijón en 1864, el mismo año en el que nació Miguel de Unamuno –su estricto coetáneo, porque Álvarez precedió en cuatro meses al vasco, tanto al nacer como al morir–, realizó estudios de Derecho en una Universidad de Oviedo en la que existía un grupo de profesores (Clarín, Sela, Altamira) que mantenían una fuerte vinculación con la Institución Libre de Enseñanza. También el joven Álvarez trabaría esos vínculos cuando acudió a Madrid para realizar los estudios de doctorado y donde sería discípulo de Francisco Giner de los Ríos y de Eugenio Montero Ríos en la Universidad Central.

Para entonces colaboraba ya en la prensa republicana de su tierra natal y se consideraba seguidor de Francisco Pi y Margall y de su Partido Federal. Era lo que, en términos generales, podía considerarse un demócrata, empeñado en avivar las cenizas de un republicanismo maltrecho tras la experiencia de 1873. Pronto ganaría una cátedra de Derecho Romano en la universidad ovetense, pero antes había iniciado su carrera parlamentaria, que fue muy larga. Fue elegido diputado en catorce ocasiones, aunque su primera elección (1898) y la última (1936) serían anuladas. Antes de las elecciones de la segunda República fue elegido siempre por circunscripciones asturianas –Oviedo o Castropol–, salvo en 1910, que lo fue por Alcázar de San Juan, al anularse las actas que había obtenido en Gijón y Oviedo. Se trataba de un diputado firmemente establecido en su feudo asturiano.

En cualquier caso, el verdadero paso de Melquiades Álvarez al primer plano de la escena política llegaría en 1912, tras una dilatada experiencia parlamentaria en la que había demostrado su encarnizada oposición a la Ley de Jurisdicciones (injerencias de los militares en la vida política), había participado en la batalla del bloque liberal contra Antonio Maura y se había quedado al margen de la pasajera atracción por Lerroux que experimentaron algunos intelectuales madrileños en torno a 1910.

En la primavera de 1912 compareció en la tribuna pública como dirigente de una nueva formación política, el Partido Reformista, que recuperaba el viejo nombre que Manuel Ruiz Zorrilla y Nicolás Salmerón habían dado a su partido republicano en los albores de la Restauración canovista. Álvarez compartía la dirección del nuevo partido con el veterano institucionista Gumersindo de Azcárate, casi coetáneo de Giner de los Ríos, pero lo más significativo de esa nueva organización fue la incorporación del grupo generacional que José Ortega y Gasset aglutinó, por esos mismos años, en la Liga de Educación Política Española, un think-tank que esperaba colaborar en la regeneración de España.

Con Ortega se integrarían en el partido de Álvarez personalidades destacadas del mundo académico y literario como Benito Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Manuel García Morente o Luis de Zulueta. Si se exceptúan a Azcárate y a Pérez Galdós, era el bautismo de fuego para toda una nueva generación de intelectuales españoles y así lo recordó el propio Ortega algunos años más tarde: «Nació el partido reformista a su vida actual como un afán de nuevos usos políticos. Rompía de un lado el conjuro republicano, que ha hecho ineficaces a tantos hombres puros de nuestra España; de otro lado, reunía en torno suyo gentes nuevas que habían hecho hasta entonces –con no poco trabajo algunas–  de su no incorporación a los dos partidos gobernantes su formal actitud política. Para los que no somos aún viejos, significaba esencialmente el primer partido a cuyo nacimiento asistíamos, el primer partido “nuevo”, el primer partido “otro”; es decir, otro que el liberal y el conservador»José Ortega y Gasset, «Un discurso de resignación», España, Madrid, vol. 1, núm. 16, 13 de octubre de 1923..

También se había incorporado al partido, desde sus primeros momentos, otro joven escritor que, tras la caída de la monarquía en 1931, pasaría a la primera fila de la vida política: Manuel Azaña. Este militaría en el reformismo hasta 1923, cuando se inclinó abiertamente por el republicanismo, al comprobar la tibieza que Melquiades Álvarez –tanto como líder del Partido Reformista como en su condición del presidente del Congreso de los Diputados– demostró con ocasión del golpe de Estado de Primo de Rivera y el establecimiento de la primera dictadura del siglo XX. La publicación, en la primavera de 1925, de su Apelación a la República sería la confirmación pública de ese giro republicano de Azaña.

Durante los años republicanos, Azaña mantendrá un permanente tono crítico respecto a los pronunciamientos políticos de Álvarez. Una permanente actitud crítica que sólo se suavizará tras el asesinato del político asturiano, cuando la perspectiva de los años y los profundos cambios que la guerra provocó en el estado de ánimo del ya presidente de la República modificaron muchos de sus juicios personales.

Fernando Suárez no es un historiador académico, ni demasiada falta que le hace, sobre todo en una época en la que se abusa de la etiqueta de «historiador profesional» para tratar de descalificar a los que hacen una historia alejada del discurso políticamente correcto y que, casualmente, es la que suele disfrutar de un mayor éxito editorial. Suárez es, sencillamente, un universitario que conoce muy bien la historia de España y un político que nos ofrece una profunda reflexión sobre las dificultades encontradas por un político español para asentar un régimen democrático y respetuoso con las libertades individuales.

La gran oportunidad del político asturiano tal vez estuvo –como pensaba Azaña– en la coyuntura de 1923, pero Melquiades Álvarez significó siempre la posibilidad de una República liberal y democrática que los extremismos de la vida política hicieron imposible en los años de la Segunda República. Una lección de libertad política que Fernando Suárez ha descrito con inteligencia y con una penetración que la convierten también en una excelente lección de historia.

Octavio Ruiz-Manjón es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense. Es autor de Fernández de los Ríos. Un intelectual en el PSOE (Madrid, Síntesis, 2007) y coeditor, con Alicia Langa, de Los significados del 98. La sociedad española en la génesis del siglo XX (Madrid, Biblioteca Nueva, 1999).

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