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El cuaderno negro. Textos de la ocupación
François Mauriac
Fórcola Ediciones, Madrid, 2022
128 págs.

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Fórcola Ediciones ha publicado en español una obra muy valiosa. Se trata de El cuaderno negro. Textos de la ocupación, del gran escritor católico francés François Mauriac (1885-1970). El libro toma la edición de Jean Touzot y la enriquece con un delicioso prólogo del poeta José Carlos Llop, uno de los mejores conocedores en España de la literatura francesa. Todo queda rematado con una excelente traducción de Ester Quirós. No es exagerado decir que se trata, pues, de una publicación redonda.

El talento de Mauriac no necesita presentación alguna. Él encarna la tradición literaria del catolicismo francés que se honra en nombres como Péguy, Claudel, Bernanos y, desde coordenadas ideológicas distintas, Hélie Denoit de Saint-Marc y Michel de Saint Pierre. Cuando nuestro autor escribió este Cuaderno negro, ya era una celebridad consagrada por El desierto del amor, por el que ganó el Gran Premio de la Academia Francesa en 1926, y miembro de la misma academia desde 1933. A diferencia de sus grandes novelas y de su teatro, esta obra se publicó bajo pseudónimo, «Forez», y supuso un notable peligro para su autor.

Las circunstancias son conocidas. Desde 1940, más de media Francia estaba ocupada y el resto -el llamado Estado Francés- se encontraba bajo el control del régimen de Vichy, presidido por el mariscal Philippe Pétain, el héroe de Verdún. Los primeros ministros del Estado Francés -François Darlan y, sobre todo, Pierre Laval- oscilaban entre el tacticismo y la colaboración con los ocupantes alemanes. A partir de 1942, casi todo el territorio estará bajo ocupación alemana. Cuando nuestra obra se publica, en Francia manda Alemania.

El debate de la colaboración -y más aún, la alianza con el III Reich- había desgarrado al mundo cultural e intelectual de la Francia posterior a mayo y junio de 1940. Algunos de sus autores más brillantes, desde Louis-Ferdinand Céline a Lucien Rebatet se habían entregado a lo que consideraban la vanguardia de la Europa futura. En el verano de 1940, ciertamente, el Reich parecía invencible. Sin embargo, ese entusiasmo por la colaboración no fue disminuyendo a medida que la guerra se iba enquistando y el Eje empezaba a encajar derrotas. Al contrario, la llegada al poder de Pierre Laval en abril de 1942, gracias a las presiones alemanas y a pesar de cierta resistencia del mismo Pétain, señala el apogeo de la colaboración. La creación de la Milicia Francesa, verdadera fuerza de represión en la Francia de Vichy, marca un hito en la verdadera guerra civil que se vivió entre los miembros de la resistencia y los partidarios de la colaboración.

El cuaderno negro se publicó bajo pseudónimo. Jean Touzot directamente lo describe como «texto clandestino». Añade que es «insólito, corto pero denso, apasionados pero lúcido». Todos estos adjetivos son acertados. Añadamos algunos más: agudo, doliente, desgarrado a veces, conmovedor siempre. Pensemos un instante: el gran autor de la Francia católica se ve forzado a ocultar su nombre. Este texto no puede dejarnos impasibles. Su autor corre un peligro. Mauriac, nos recuerda Touzot, ya se había enfrentado a los fascistas con su oposición a la invasión italiana de Abisinia. Ahora debe esconderse para denunciar lo que están haciendo a Francia y a toda Europa los nazis y los colaboracionistas.

Sus palabras resuenan aún hoy en nuestra conciencia al evocar la noche y la niebla de la colaboración de Vichy: «Y aunque fuerais de buena fe, la historia os acusará de haber favorecido la venganza de vuestros amos. De haber tratado de vencerlos con una masacre… Pero no esperéis que los judíos crucificados por vuestra policía os eximan de pagarle al vencedor hasta el último óbolo». El patriota no perdona -no puede perdonar- el colaboracionismo: «¡Calumniadores de Francia, que nunca habéis triunfado más que gracias a su humillación y su vergüenza! ¡Médicos que os aprovecháis de que el paciente está atado y apaleado para hacerle tragar vuestros remedios!».

Mauriac se rebela contra la idea -frecuente en los años de Vichy- de que la derrota de Francia había sido consecuencia de su propia decadencia. «Las armas nada deciden en un debate de ideas. Nuestra victoria en 1918 no demostró que las democracias tuvieran razón, ni nuestra derrota en 1940 demostró que fueran culpables». En el trasfondo de la Ocupación y de la victoria del Eje está «la separación de la política y la moral, que denunciamos con todas nuestras débiles fuerzas». La acusación contra Maquiavelo, es decir, sobre su concepción de la política, cuya influencia es decisiva en toda la Modernidad, se formula en términos demoledores: «Maquiavelo es el padre del crimen colectivo; lo prepara y lo organiza; lo legitima, lo justifica y glorifica. Es cierto que ese asesino eterno no está siempre del mismo lado; ¡no somos tan fariseos para pretenderlo! Pero sabemos de qué lado se ha ensañado en Europa durante los últimos doce años; con qué tremenda virulencia».

Sin embargo, nuestro autor no se rinde. Mauriac no capitula y con él resiste la mejor tradición humanista de Europa: «nosotros creemos en el hombre; nosotros creemos junto a todos nuestros moralistas que al hombre se le puede convencer y persuadir: incluso esos burgueses que entierran sus cofres en los macizos de begonias; sí, incluso esos intermediarios de la venta de todos los productos comestibles, creemos que ellos cierran los ojos y quizás aprietan los puños en la place de la Concorde, frente a esas banderas (nunca las he visto más que a través de un velo de lágrimas), esas banderas en las que la cruz gamada parece una araña saciada, hinchada de sangre».

Esta edición acompaña El cuaderno negro de otro texto luminoso sobre la resistencia intelectual a la Ocupación y al colaboracionismo. Se trata de La nación francesa tiene alma. El propio autor pide la indulgencia del lector: «sólo le pido al lector que sitúe estas páginas en la época (1943) en que me fueron dictadas por la cólera y por la esperanza». En ellas, ruge el Mauriac que se opuso al colonialismo italiano en África y alzó la voz en defensa de la II República Española: «De nada podemos presumir si no es de nuestra fe, que durante esta pesadilla de cuatro años no ha desfallecido […] nunca dudamos, gracias a Dios, de que Francia debía revivir […] Ahora sabemos que hay que defender la libertad. Ya no volveremos a vernos envueltos en una contradicción que en el pasado nos paralizaba. No dudaremos en defender la libertad por la fuerza contra los enemigos eternos».

El volumen incluye, por fin, varias cartas que arrojan luz sobre el sentido de las palabras que Mauriac escribió en las horas más oscuras de Francia, que paradójicamente fueron también las de algunos de sus momentos más grandiosos y nobles.

Mientras leía estos textos, recordaba a Jean Moulin, torturado por Klaus Barbie en Lyon el mismo año que vieron la luz estas páginas. Francia llevaba ya mucho tiempo sufriendo la ocupación. Me venían a la memoria aquel 30 de diciembre de 1940, en Lanester, en el Morbihan, cuando unas dos mil personas asistieron a la misa funeral por los pilotos británicos derribados sobre territorio francés llevando ramos de flores con los colores de la Union Jack. En estas líneas respira ese «pueblo de la noche» que resistió como las mujeres de Corrèze que, cada una de pie junto a las tumbas de su familia, celebraban silenciosas y enlutadas exequias secretas por los maquis muertos desafiando la vigilancia del enemigo. Resonaban en mi memoria las conmovedoras y terribles palabras de Malraux a la entrada del Panteón en 1964, pero también la victoria de aquellos hombres de Bir Hakeim que detuvieron el avance alemán el tiempo suficiente para que los aliados venciesen en el norte de África. Los textos de este libro susurran episodios de dignidad y terror inolvidables. Por doquier gravita, sin que nada pueda aminorar su horror, la sombra espantosa del Holocausto.

El cuaderno negro. Textos de la ocupación es un libro breve y fulminante. El lector no podrá evitar traer su sentido a nuestro tiempo: la reivindicación de la moral, la defensa de la libertad, la necesidad de lucidez y claridad en tiempos de tiniebla, el deber de memoria… No es sólo una lectura necesaria. Es, sobre todo, urgente.

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