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Admirado Sapientísimo,

Hoy vamos a ir directamente al grano, apelando a la inteligencia y sentido común de nuestros amables lectores y sin concesiones a la ambigüedad, más allá del título que hoy adorna nuestra columna semanal.

En la semana transcurrida desde nuestra anterior entrada, hemos asistido a reacciones inexactas, por no decir inmodestas, del exministro Pablo Iglesias a unas pocas palabras, entre ellas las de uno de nosotros, que tuvieron a bien emitir en televisión nacional, palabras que incluían los términos «se jubilen», «sus padres», «la misma edad» y «no». No tenemos por qué reproducir los detalles, que pueden seguirse en Twitter, salvo por las palabras de Sr. Iglesias: «El telediario de TVE se acaba de marcar una “pieza informativa” que no es sino una defensa a ultranza de subir la edad de jubilación…»El tweet del exministro Iglesias, https://twitter.com/pabloiglesias/status/1446466261618135054?s=21, y la respuesta, https://twitter.com/_herce/status/1446544163475005445?s=21.. Lo que sí vamos a hacer es intentar dejar claro, una vez más, nuestra convicción de que la defensa del sistema de pensiones español no es compatible con el mantenimiento del status quo de las pensiones, ni mucho menos lo es, claro está, con corregirlas y aumentarlas, a menos que las cosas cambien radicalmente. Comenzaremos con una lista de preguntas y respuestas rápidas.

¿Queremos mejores pensiones? ¡Sí!

¿Queremos educación preescolar, primaria y secundaria gratuita de calidad? ¡Pues claro!

¿Queremos sanidad universal, gratuita y de calidad? ¡Cómo no!

¿Queremos la semana laboral de cuatro días? ¡Faltaría más!

¿Queremos trabajos con contrato indefinido y que paguen buenos salarios? ¡Sin duda!

¿Queremos que las empresas de todo tipo, empezando por las más pequeñas, tengan mejores beneficios? ¡Según y cómo!

¿Queremos transferencias netas positivas de la UE? ¡Desde luego!

¿Queremos que aumenten el resto de las prestaciones sociales (bono bebé, cheque cultural, tarjetas senior, subvenciones varias, etc.)? ¡Qué menos, ¿no?!

¿Queremos pagar menos impuestos? ¡Yo, sí!

¿Queremos aumentar la productividad de nuestra economía? ¿La productividad, qué es eso?

Estamos exagerando, claro, esta lista no refleja la realidad. Por lo menos, no refleja la que nosotros vivimos de chavales, en una zona de La Rioja en que los hombres y las mujeres del campo trabajaban en sus parcelas y en las conserveras o en la albañilería, y quienes no «eran del campo» lo hacían en sus oficinas o en sus oficios, en las fábricas o en sus hogares (que administraban con mucho esfuerzo y con más primor). Cuando la prosperidad aumentó y el Estado español se hizo más democrático y responsable ante los ciudadanos, logros que quizá no se aprecien hoy lo suficiente, este fue capaz de proporcionar más y mejores servicios y de utilizar su poder para reducir las desigualdades que un sistema de mercado siempre genera en mayor o menor grado, especialmente cuando se mete en bucles destructivos como el de 2008 – 2013. Pero divagamos…

Hasta es posible que nuestra lista no refleje toda la realidad hoy. Estamos seguros de que muchos ciudadanos españoles, probablemente todos ellos situados a no más de una o dos desviaciones típicas del centro de la distribución políticaLa distribución de los valores que toma una cantidad como por ejemplo la talla de los hombres adultos de una población, se puede resumir por su valor promedio (la media de la distribución) y por la dispersión de dichos valores en torno a la media (la varianza de la distribución). La raíz cuadrada de la varianza se denomina desviación típica. En una de las distribuciones estadísticas más familiares, la distribución normal (la estadística no abunda en expresiones rimbombantes), el 68,3% de los valores posibles estarían a no más de una desviación típica de la media y el 95,5% estarían a no más de dos desviaciones típicas de la media, en uno u otro sentido. https://en.wikipedia.org/wiki/68%E2%80%9395%E2%80%9399.7_rule., considerarían esta lista en su conjunto como una fantasía. Recalcamos la cualificación «en su conjunto» porque es muy posible que muchos de nosotros nos vayamos por los cerros de Úbeda (con todo nuestro respeto y admiración a tan bella serranía y a la ciudad del mismo nombre, renacentista y humanista donde las haya), en cuanto nos fijemos en uno, y solo uno, de los desiderátums incluidos en nuestra lista. Es en este momento y lugar, los cerros de Úbeda, cuando somos capaces de obnubilarnos e incurrir en falacias e inexactitudes acompañadas de la consiguiente santa indignación con que nos pronunciamos en medios y redes, defendiendo la causa y el clan, generalmente por medio de la descalificación de los que opinan de forma diferente o con mayor alcance. Defensa, claro está, que se hace en nombre de «la gente» o del «pueblo».

En términos sencillos, la productividad de una economía aumenta cuando el factor trabajo está más desarrollado por la educación y la experiencia, y cuando se combina con equipos, sistemas informáticos y maquinarias más sofisticadas. Cuando estos elementos no se dan, la productividad de una economía se estanca, que es el caso de la economía española desde hace décadas, aunque no solo de ella. En nuestra concepción de la productividad, incluimos la no duplicación de recursos y la eficiencia de los procesos de decisión (sin interminables reuniones de empresa o líneas jerárquicas decimonónicas ya sea en la empresa privada o en la función pública).

Creemos, por lo tanto, que cuando se consideran las cosas en su totalidad o cerca de ella, es razonable concluir que un país con una economía (en sus sectores privado y público) poco productiva tendrá más dificultades que una economía más productiva para tener buenos empleos, buenos salarios, buenos beneficios, buena recaudación impositiva, buen nivel de servicios públicos, buena educación primaria, secundaria y universitaria, buena sanidad pública, buenas prestaciones sociales y buenas infraestructuras. Y aún a costa de parecer ingenuos, nos preguntamos, ¿si es posible entender la íntima relación entre productividad y, pongámonos estupendos, todo lo demás, por qué no parece haber forma de crear y mantener una dinámica social que aumente la productividad?

Para comenzar a responder a esta pregunta, una empresa nada fácil en la práctica, y disipar las dudas que nuestros lectores, incluido el Sr. Iglesias si nos honra con su atención, tengan acerca de nuestra ingenuidad, nos sacaremos de la manga un elemento más que, a nuestro juicio, cataliza la reacción en que consiste el aumento de la productividad.

El catalizador a que nos referimos es la cohesión social, quizás el más necesario y valioso de todos los componentes de la productividad. Aquí es donde nos hacemos menos ilusiones porque los que tienen tendencia a irse por esos cerros de Dios, donde los aires están más enrarecidos, son quienes se empecinan en fijarse en uno o, como mucho, dos de los varios desiderátums que hemos enunciado al principio, con perjuicio, y mucho, de todos los demás. Nos hacemos menos ilusiones porque, admitámoslo, son muchos e insisten estruendosamente en la bancarrota del catalizador que es la cohesión social. O la desean, la bancarrota. Ya saben, cuanto peor, mejor.

Y algo de razón llevan. Una de nuestras lecturas recientes que más impresión nos ha causado es A People Betrayed, magníficamente escrito y documentado por Paul Preston. Sin exagerar podemos decir que los doscientos años más recientes de la historia de España han estado dominados por la corrupción, la incompetencia y la violencia esporádica y explosiva que tales progenitores engendran. ¿Qué cohesión social cabe esperar de una experiencia tal? No nos restrinjamos a España; difícilmente se puede superar el infierno que fue Europa durante la primera mitad del pasado siglo, en nuestra opinión todavía peor. Pero el sacrificio y la inmolación en que acabó dicho medio siglo (y el magnánimo Plan Marshall americano) parecen haber forzado la realidad de una Europa reconstruida que además recuperó el know how que la revolución científica y técnica había venido desarrollando. El nadir y zenit de Europa contrastan con el nadir y zenit de España, prolongado el nadir español por un régimen que murió en la cama (aunque no de muerte natural por cortesía del Marqués de Villaverde) y de fugaz destello el zenit. La vitalidad de la Transición, y esos 200 años de corrupción e incompetencia inconclusas, escondían deudas que seguían aumentando y que empezaron a vencer alrededor de 2008. Hasta hoy. No es de extrañar que la cohesión social en España no esté atravesando sus mejores momentos.

Por lo tanto, algo de razón llevan, los que andan por las colas de la distribución política, pero no mucha. A pesar de todo, España ha recortado distancias con las mejores prácticas. Existen hoy ejemplos de talento, iniciativa tanto privada como pública de excelencia y de eficiencia, aunque no exista todavía la masa crítica que reduzca el impacto de los populismos de ambos signos y los separatismos reaccionarios, vamos ya a darles un nombre apropiado, y los haga menos condicionantes de la dinámica social.

La poca razón que llevan es, sin embargo, y es este su peligro, ampliamente compartida por este o aquel grupo social, un día cuando «se tocan las pensiones», el otro cuando se defiende el «derecho consagrado en la Constitución a un salario digno» o al mes siguiente, cuando se insiste en la «gratuidad» de la educación o de la sanidad. Y no digamos ya, cuando se quiere financiar todo, ahora sí, todo, the whole shebangEsta es una expresiva frase del argot americano, originada durante su Guerra Civil: https://www.vocabulary.com/dictionary/shebang., the whole enchilada, con más impuestos, los que haga falta, que para eso están, ¿o no? En este blog hemos defendido, y lo seguiremos haciendo, la necesidad de un sistema impositivo suficiente, progresivo, eficaz y eficiente. Un sistema impositivo que sea capaz de adaptarse a las necesidades de una sociedad sofisticada en sus manifestaciones y ambiciosa en cuanto a aumentar la igualdad de oportunidades de sus ciudadanos. Un sistema impositivo y de gasto público que reduzca la desigualdad que un sistema capitalista tiende a producir, sin llegar al extremo de paralizar el dinamismo de una economía de mercado. Lo que no defendemos es la imposición utilizada como comodín de la baraja social, sin entender el conflicto que tal uso puede llegar a generar. Lo interesante de este conflicto (muy mal ilustrado por la llamada «curva de Laffer») es que a mayor cohesión social, más factible es el aumentar la carga impositiva sin paralizar nada.

A lo cual, nosotros respondemos como lo hizo un expresidente del gobierno español (el Sr. Rajoy) estupefacto de que un periodista le hiciera, en un foro internacional, una pregunta en inglés, “hombre, eso ya no… hombre, hombre…”.

En otras palabras, no hay forma de generar cohesión social cuando el arbitrismo y el razonamiento mágico llevan a la conclusión de que dos y dos son lo que usted quiera, y que la productividad no está ni aquí ni allá. Vamos, que el pensamiento falaz también contribuye a que la cohesión social esté en uno de sus peores momentos de los últimos cuarenta años.

En el tema concreto de las pensiones, las declaraciones recientes del ministro Escrivá, razonablemente expuestas, mal sintetizadas en titulares y peor interpretadas por hermanos de la Cofradía de los Entusiastas de la Seguridad Social, como explicamos en nuestra anterior entrada, son más que necesarias. Y si pudieran actuar como un purgante, todavía mejor. Si salir en defensa de unas declaraciones razonables sobre los inevitables ajustes que es necesario hacer paulatinamente durante las próximas décadas, se considera peor que tres dosis de soma al llegar a los sesenta años en el mundo feliz de Aldous Huxley, pues estamos aviadosAgradecemos a nuestro mentor y amigo, José Antonio Zorrilla, el habernos ofrecido este distópico ejemplo de jubilación forzosa.. Pero, sin querer forzar la metáfora, muy al contrario, ¿no sería deseable ampliar el rango de edades dentro del cual jubilarse? Que un marino o un estibador puedan y deban jubilarse a edades más tempranas tiene tanto sentido como que quienes deseemos y podamos hacerlo pasados los setenta lo hagamos. ¿Y un futbolista o una corredora de sprint? ¿Acaso no hay deportistas que tras sus pocos años de esfuerzo físico se mantienen activos en trabajos como entrenadores o gerentes de sus clubes y organizaciones? Esta flexibilidad es más que posible, alcanza a cada vez más empleos –hasta un obrero construyendo infraestructuras puede dejar el tajo y pasar a transmitir su experiencia a los más jóvenes– y prolonga los ingresos y las contribuciones a la seguridad social de quienes desean beneficiarse de ella. Y no es incompatible con que un más amplio rango de la edad de jubilación se vaya deslizando a lo largo de una edad legal de jubilación que crezca con las ganancias de la esperanza de vida. Casi tan importante, quienes deseen jubilarse cuando lo deseen, dentro de estos límites, deberían hacerlo (y los demás también) con plena información de cómo sus contribuciones se traducen en renta vitalicia, merced a un sistema de cuentas nocionales que explique dicha traducciónAprovechamos para introducir un tema al que dedicaremos una entrada futura. Es bien sabido que muchas pensiones contributivas, acumuladas durante la esperanza de vida a la hora de la jubilación, superan a la totalidad de contribuciones realizadas. Es lo menos que se le puede pedir a un sistema de ahorro diferido, aunque sea forzoso como el de la seguridad social. Lo importante es determinar el margen por el que la suma de las pensiones esperadas supera a las contribuciones totales. ¿Es el 10% o el 100%? El que sea uno u otro, a lo largo y ancho de todo el sistema, puede dar una idea de su progresividad (en ciertos tramos de renta, la progresividad puede suponer un rendimiento menor), de su ineficiencia (se van muchos recursos a otros destinos que a pagar pensiones), o de ambas.. Las oportunidades están, no nos lo negarán, llamando a la puerta.

Los populismos han conseguido ser populares. El discurso textil-patriota o mesiánico-defensor de «la gente», está en las bocas y plumas de mucha gente, demasiada.

¿Y cómo no lo va a estar? Hay, como hemos intentado exponer, razones legítimas y espurias para que así sea. Las legítimas, apropiadas y desfiguradas por los defensores de la gente o los defensores de las esencias del pueblo. Las espurias, desprovistas de razón y mesura, a veces emanando de buenas intenciones y a veces pergeñadas por el cínico cálculo de un covachuelista galdosiano. Y todo ello en medio de la confusión que ley educativa tras ley educativa, la última derribando a la anterior como si no hubiera un futuro, han causado en la mente de las generaciones jóvenes, traicionadas, sí, traicionadas, por las que les han precedido. La especie que corre en boca de nuestros líderes de que tenemos la generación joven más preparada de todos los tiempos es, por ponerlo piadosamente, una falsedad. Algunos de ellos, sí, los vemos todos los días. La mayoría, no. ¿Cambiarán las cosas radicalmente, a corto plazo, para que haya mejores pensiones, mejores salarios, mejores beneficios, mejor recaudación tributaria, mejor sanidad, mejor educación a todos los niveles, más productividad y mejor cohesión social? No. Pero no hay más remedio que seguir intentando que cambien. De lo contrario, nos encontraremos todos por los «Berros» de Úbeda, subsistiendo con Mastuerzos y Cardaminas.

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