Azaña esencial: primera entrega


Gentes de mi Tiempo
Manuel Azaña
Madrid, Reino de Cordelia, 2015
326 pp. 20,95 €

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En 1934 Manuel Azaña manifestaba: «España es un país enfermo de historia mal sabida, enfermo de historia no cribada por la crítica». Esta aseveración cobra especial actualidad en los momentos en que escribo estas líneas (enero de 2016). Pero no sólo se conoce poco y mal la historia de España: también se ignora o manipula con demasiada frecuencia a quienes han contribuido a construirla. En este sentido, uno de los protagonistas más tergiversados y vilipendiados de la historia reciente ha sido, sin duda, Manuel Azaña.

Azaña fue un destacado periodista y un notable escritor que sobresalió, sobre todo, en el género ensayístico. Nacido en 1880 en Alcalá de Henares (Madrid), inició su vida política en 1913 al afiliarse al Partido Reformista de Melquiades Álvarez. En 1925 fundó su propio partido: Acción Republicana. Durante la Segunda República ocupó los cargos de ministro de la Guerra, primero, y presidente de la República, después, en este último caso hasta septiembre de 1933. En abril de 1934 constituyó Izquierda Republicana, fruto de la fusión de su partido con otros partidos republicanos de izquierda. En mayo de 1936, por último, asumió de nuevo la Presidencia de la República hasta febrero de 1939, en que presentó su dimisión y partió al exilio. Falleció en trágicas circunstancias en la localidad francesa de Montauban el 3 de noviembre de 1940. Sus restos reposan en el cementerio de esa localidad, donde una escuela lleva su nombre: Collège Manuel Azaña.

Profundamente denostado por el régimen franquista, sus obras completas fueron editadas y prologadas por Juan Marichal y se publicaron por la editorial Oasis de México, entre 1966 y 1968. Su recuperación para la vida política y la cultura españolas a partir de 1976 fue, sin embargo, muy lenta y tardía, y hoy todavía sigue siendo una figura olvidada, cuando no desconocida, para una gran parte de la sociedad. Y esto a pesar de la inteligencia, excelente prosa, finura en los análisis y profundo conocimiento de la realidad del ser y el estar de los españoles que destilan sus escritos. De ahí la necesidad de leerlo y, leyéndolo, de conocer su ideario y su actuación política. A ello responde el noble empeño del editor y escritor José Esteban de «antologizar» la extensa obra de Manuel Azaña en una serie de «tomitos más apetitosos y legibles para acercarla a un mayor número de españoles».

El libro que reseñamos, Gentes de mi Tiempo (Cultura y Sociedad), es el primero de cuatro volúmenes. El segundo se dedicará a Entre escritores y artistas (Literatura y Arte), el tercero a Tierras de España (Escritos juveniles) y el cuarto llevará como título A la altura de las circunstancias (Guerra Civil). A riesgo de que, como señala el editor, pueda ser criticable la selección de textos realizada, el deseo que subyace en la misma es el de divulgar entre el gran público una obra que todavía permanece circunscrita al ámbito de los especialistas, amén de cumplir, escribe José Esteban, «un deber fundamental, como escritores y como españoles, difundiendo una de las obras más apasionantes de nuestro siglo XX».

Bajo el título Gentes de mi Tiempo se reúnen textos diversos que abarcan las fechas límite de 1911-1937. Unos se refieren a personajes políticos, escritores o intelectuales bien de una época anterior, bien coetáneos de Azaña; otros son percepciones sobre lugares y paisajes o reflexiones acerca de la realidad política y social españolas. No faltan los textos relativos a instituciones como el ejército, la Iglesia o la universidad (Templo de Minerva) y a colectivos como funcionarios o frailes. En todos destila sus propias vivencias personales y literarias y su protagonismo en la vida pública de su tiempo.

La selección de textos resulta muy jugosa, aunque falta, a mi juicio, una secuencia lógica que ayude, sobre todo al no versado en la vida y obra de Azaña, a situar al autor en su momento histórico. Por otra parte, va de un tema a otro sin un hilo conductor por lo menos aparente, e igualmente hay un continuo salto de fechas, pues tan pronto habla el Azaña de 1923 como el de 1931 o el de 1937. Sólo a partir de la página 249 encontramos una secuencia temporal centrada en una selección de fragmentos de los Diarios íntimos (1915), Diarios íntimos y Cuadernillos de apuntes (Madrid, 1927: años 1931-1933) y Cuaderno de La Pobleta (1937).

En las semblanzas podemos ver al Azaña mordaz y de acerada pluma que tantos enemigos le propició junto al hombre sagaz e inteligente capaz de dibujar con breves trazos lo sobresaliente de este escritor o aquel político. Con respecto a las mujeres, fue un hombre de su tiempo. Libertad, Democracia, República para todos, pero resultaba difícil asumir que ese para todos llevaba aparejado la irrupción en la vida social y pública también de la mujer: «Combate oratorio entre la señorita Kent y la señorita [Clara] Campoamor. Muy divertido […]. En el Consejo de Ministros hemos logrado por fin ejecutar a Victoria Kent, director general de Prisiones. Victoria es generalmente sencilla y agradable, y la única de las tres señoras parlamentarias simpática, creo que es también la única… correcta. Pero en su cargo de la Dirección General ha fracasado. Demasiado humanitaria, no ha tenido, por compensación, dotes de mando».

Las estampas de paisajes o lugares hacen aflorar el lado más humano y sensible de ese Azaña al que la mayoría de sus coetáneos consideraba, cuando menos, distante y adusto. Una de las que más me ha gustado es la relativa a su percepción de la Ciudad Universitaria de Madrid en obras: «Esta mañana (8 de noviembre de 1931) ha venido a buscarme el doctor Negrín, secretario de la Junta Constructora de la Ciudad Universitaria. Ahora presido yo esta junta como jefe de Gobierno […]. Hacía año y medio que yo no iba por aquellos lugares […]. Toda esta parte de la Moncloa, con el paisaje hasta el río, era bellísimo, dulce, elegante; lo mejor de Madrid. Ya no queda nada: “una gran avenida”, rasantes nuevas, el horror de la urbanización». Y las contradicciones de un progreso necesario.

Algunos de los textos seleccionados hacen referencia al problema religioso, central en la vida, el pensamiento y la acción política de Azaña. En la sesión parlamentaria del 13 de octubre de 1931 pronunció esa famosa frase que, sacada de contexto y manipulada desde entonces por unos y otros, le persiguió el resto de su vida: «España ha dejado de ser católica». Al respecto, en el Cuaderno de La Pobleta recoge una conversación que mantuvo en octubre de 1937 con el presidente del Gobierno vasco, José Antonio Aguirre, en la que salió a relucir «aquella expresión mía que muchos entendieron, o aparentaron entender (entre estos Unamuno), como si yo negase que gran número de españoles profesa el catolicismo. Aguirre me dice que él, católico practicante, está conforme con aquellas palabras mías entendidas como realmente las dije y se deduce del contexto».

Un mes antes había tenido un encuentro con el padre Isidoro Martín, uno de los frailes agustinos que conoció cuando cursaba los primeros años de la carrera de Leyes, en 1894 o 1895, en el Colegio Universitario de El Escorial. La situación en esos momentos era muy distinta. El padre Isidoro le había escrito una carta desde Madrid en la «que invocaba los “tiempos antiguos” para solicitar mi protección». Azaña le mandó un coche y al comisario de su escolta para que se trasladara a donde se encontraba en Valencia. En el curso de la entrevista le dijo: ¿No sabe usted que me pintan como a un furibundo enemigo de la Iglesia católica? Es estúpido. Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos o de la cordillera de los Andes. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores, las abadesas o los párrocos. Tampoco me he opuesto a que las órdenes religiosas practiquen su regla y prediquen la doctrina cristiana a quien quiera oírla. A lo que me opongo es a que enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias…»

Y sobre la participación de la Iglesia en la Guerra Civil escribía: «La Iglesia española ha participado en esta guerra como en una cruzada contra infieles. Ahora cuenta con los moros, y los infieles son otros […]. Aunque la Iglesia se creyese atacada y atacada con injusticia, su papel era muy otro […]. La religión no se defiende tomando las armas ni excitando a los demás a que las empuñen […]. Después de catorce meses de matanza, todavía no ha pronunciado nadie con autoridad en la jerarquía las palabras de paz, de caridad y de perdón que les corresponde decir».

Es en el Cuaderno de La Pobleta donde encontramos al Azaña más auténtico, ya al final de un camino del que todavía le quedaba por transitar el tramo más doloroso. Comentando cómo se le ve y las cosas que se dicen sobre su persona, se define a sí mismo de la siguiente manera: «No habiendo sido nunca arribista, pedante, histrión, pedigüeño, ni menos adulador o envidioso, sino más bien despreciativo de los tontos, burlón y bastante despachado en mostrar mis preferencias o mis repugnancias, la vulgaridad de la gente, que no encontraba donde morderme ni argumentos para ponerme en ridículo, se resistía a creer en mi naturalidad y ha decidido inventarla […]. He llegado a persuadirme que tal es mi defecto más grave para la política y el gobierno, porque me ha llevado demasiadas veces a creer, por reflejo, en la espontaneidad ajena, sin lograr siempre que se acepte la mía y parezca astucia; lo peor es que lo tomen a uno por taimado y astuto, no siéndolo».

Azaña era crítico con los jóvenes escritores comprometidos con el pueblo: «Opinión sensata de Antonio Machado: se escribe para el pueblo cuando se escribe como Cervantes, Shakespeare o Tolstoi», y también con la actitud de lo que se conoció durante la guerra como esa tercera España de «republicanos para ser ministros y embajadores en tiempos de paz; republicanos para emigrar cuando hay guerra», que echa en cara a Claudio Sánchez Albornoz. Y, en la visita que le hizo el escritor ruso Fedor Kelyn cuando vino a España, éste le dijo que tenía dos patrias: «la Unión y España». Azaña le respondió: «Pues yo no tengo más que una y ya es bastante peso». Comentarios contundentes, tristes y un punto sarcásticos.

Manuel Azaña representó como nadie al burgués ilustrado, republicano y demócrata. Profundamente español «desde los pies a la cabeza», escribía con justa certeza en la temprana fecha de febrero de 1911: «Hay una patria que redimir y rehacer por la cultura, por la justicia y por la libertad». Y a la altura de 1935 manifestaba en las páginas de Política: «Los hombres no nacen republicanos ni monárquicos: hay que formarlos y nosotros tenernos que enseñar a las gentes a ser republicanos y españoles». Libertad, educación, responsabilidad, sentido del deber y de la justicia, respeto, tolerancia: he aquí el catálogo de principios que rigieron la actitud vital y la vocación política de este gran español. «El tiempo nos juzgará a todos», sentenció Manuel Azaña. ¡Qué razón tenía!

Alicia Alted Vigil es catedrática de Historia Contemporánea en la UNED. Editó junto con Ángeles Egido y María Fernanda Mancebo Manuel Azaña. Pensamiento y acción ( Madrid, Alianza, 1996). Su último libro es La voz de los vencidos. El exilio republicano de 1939 (Madrid, Aguilar, 2005).

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