El triunfo de la víctima

Antología. Cien poemas

MARINA TSVIETÁIEVA

Visor, Madrid, 1997

De Marina Tsvietáieva se ha dicho de todo, dentro y fuera de Rusia, desde que su fuerte temperamento creador comenzara a dar sus más precoces frutos con el inicio del siglo y sin embargo hoy sigue siendo la gran desconocida de la literatura rusa. Nacida en Moscú en 1892, fue autora de una de las más complejas obras literarias y dueña de una intensa biografía con las que dinamitó el falso orden moral y el verdadero desorden político que tuvo la desgracia de padecer, como rusa y como poeta, privilegiadamente. Pese a su dramático final (se ahorcó en Elabuga en 1941), su conflictiva peripecia personal cobra ahora nueva actualidad puesto que, por deseo de su hija, sólo en el año 2000 podrán ser conocidos sus archivos completos, que incluyen gran cantidad de textos, cartas y diarios inéditos.

Existe casi un millar de poemas y otras tantas cartas que reflejan su inteligente diálogo con figuras como Pasternak o Rilke, además de sus textos teatrales y medio centenar de obras en prosa de imprescindible lectura. Buena conocedora de los clásicos, Tsvietáieva reflexionó sobre las raíces euroasiáticas de Rusia, recuperó la tradición épica y folclórica y desarrolló unos temas poéticos esencialmente románticos y líricos. La mujer que pasaba por abanderar los ideales más conservadores en plena Edad de Plata estaba materializando con su manera de escribir, por no hablar de su propia vida, la innovación más radical de la cultura rusa.

Si cualquiera de sus ensayos es una fuente inagotable para el más exigente amante de la epigrafía, la colección de opiniones sobre Tsvietáieva es, como decíamos antes, casi infinita. «Una persona difícil porque, clínicamente hablando, era una verdadera mitómana. Eso le ayudaba a escribir, pero era una catástrofe para su vida», decía uno de sus contemporáneos compitiendo con otro que le criticaba que entrase «en la literatura en bata y con los rulos puestos, como si fuera al cuarto de baño». Personajes como Gorki, Trotski o el propio Mandelstam, a quien llegó a estar muy unida, no se quedan a la zaga en la incómoda digestión de esa existencia marcada por el dolor y la grandeza, «que no vivía más que de amor y de absoluto» en palabras de Véronique Lossky, quien figura entre los críticos que mejor han sabido indagar en la razón intuitiva y en la condición sagrada del arte de Marina Tsvietáieva.

El centenar de poemas de esta Antología ha sido entresacado de la primera edición de conjunto de su lírica para el lector ruso (1984). Cabe, por supuesto, discutir el acierto de la traducción de muchos de los versos aquí reunidos (Reina Palazón advierte que se trata de «traducciones, no versiones, que reproducen muy literalmente el texto original») y a menudo llama la atención la neutralidad con que aparecen en español, pero no están los tiempos como para no interpretar esa frialdad como un acto de respeto por el personal estilo de Tsvietáieva. Más aún, ese mecánico traslado de lo que los especialistas llaman el aparato gramatical, debería tener al cabo la virtud de no solapar tanta fuerza y tanto genio, y hasta es posible que sirva para despertar todavía más la curiosidad del lector sobre la voz más singular de la poesía rusa moderna. Y hablar de singularidad en la era de Maiakovski, Biely, Jlébnikov o el mismísimo Brodski es decir mucho de la apuesta de Tsvietáieva por no supeditar la pulsión creadora a las limitaciones del lenguaje humano.

Mandelstam elogiaba uno de los poemarios capitales de Pasternak diciendo que era «una colección de excelentes ejercicios respiratorios». En cada uno de sus poemas Tsvietáieva encontró una nueva manera de destruir las convenciones lingüísticas y estéticas y eso hace que su traducción sea especialmente difícil desde todo punto de vista porque, como señala su biógrafo Simon Karlinsky en Marina Tsvietáieva (Grijalbo Mondadori, 1991, traducción de F. Segovia), hasta «el desplazamiento sorpresivo del acento da a los versos un ritmo particular».

Precisamente el personal sistema de puntuación, muy vinculado a una formación musical que fue clave en su vida, es (y aún debería serlo más, sobre todo en lo que concierne a su traducción a otras lenguas) objeto de una larga reflexión sobre su sistema expresivo. «El guión –escribe Elizabeth Burgos– es para ella una forma de pausa que le permite respirar: «Cuando en mis escritos tropiece con un guión, sepa que se trata de un suspiro».

En todo caso hay que saludar con optimismo la aparición de esta nueva antología de Tsvietáieva porque, además de incluir algunos de los más hermosos poemas de la autora de Indicios terrestres, contribuye a normalizar un inaplazable pero complicado proceso que se enfrenta a numerosas dificultades: la traducción a nuestra lengua de una inmensa obra, de riquísimos matices, en la que el ensayo, la narrativa, el teatro o la correspondencia proyectan su genio poético hasta la cima de la modernidad literaria. Las excelentes ediciones de Selma Ancira (Cartas del verano de 1926, El poeta y el tiempo, El diablo) sólo se han visto arropadas hasta la fecha con pequeñas antologías aisladas (incluyendo las versiones de Severo Sarduy de sus Poemas franceses) que todavía están lejos de establecer una continuidad como la que se ha sabido dar a la difusión de sus textos en francés, inglés o alemán.

Pero ni las dificultades ni la demora en su difusión impiden que, desde su apasionada y múltiple condición de víctima, Marina Tsvietáieva relate con cada uno de sus versos su triunfo sobre el tiempo y la gravedad.

Ficha técnica

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