Marco Polo con «tutti frutti»

El turno del escriba

GRACIELA MORALES, ENMA WOLF

Alfaguara, Madrid, 258 págs.

Premio Alfaguara 2005

Me da grima pensar que esta novela es la mejor de las 649 presentadas al premio Alfaguara, pero los hechos hablan un lenguaje bastante claro: al menos para los miembros del comité de lectura, El turno del escriba era una de las siete mejores entre las citadas 649,y al menos para los miembros del jurado, era la mejor de las siete finalistas. Aunque cabe la impía duda de si no estaré extrapolando en exceso, de si no debiera decirse que –al menos para los miembros del comité de lectura– El turno del escriba era una de las siete amnistiables entre esas citadas 649, y al menos para los miembros del jurado era el mal menor entre las siete finalistas. Peut-être.

Lo que se cuenta en ella es la historia de la escritura de un relato, materia que en principio se diría más adecuada para un tratado de filología o hermenéutica. Pero el relato de marras es el de los prodigiosos viajes de Marco Polo por las en aquel entonces (siglo XIII ) lejanísimas y casi míticas tierras de la India y Catay.Y quien escribe el relato no es el propio Marco Polo sino un compañero de celda que tiene en Génova, a cuyas cárceles ha ido a dar con sus huesos el veneciano tras la derrota de la Serenísima en aguas de Curzola. El tal compañero de celda, Rusticiano (en la novela llamado Rustichello), lleva en prisión desde hace catorce años, cuando Génova a su vez derrotó también a Pisa, en otra batalla naval, la de Meloria. Es decir, que el relato de la escritura del relato muy bien podemos imaginarlo sin aparato filológico ni hermenéutico, sino mucho mejor como suculenta novela histórica. Lástima que no sea así.

A Rusticiano de Pisa, si lo consultamos en las obras ad hoc, encontraremos que se lo llama de todos estos modos: adaptador de romances franceses, sabio, autor de novelas caballerescas, copista de novelas de caballería andante, escritor popular de las nuevas novelas de aventuras que estaban apareciendo por esos años…, hay donde escoger. Sobre lo que no parece haber ninguna duda es que escribió una versión de la saga de los caballeros de la Tabla Redonda (en esta novela llamada Table Ronde) y que fue el primer redactor de los recuerdos de Marco Polo; ya sea que el veneciano se los dictase, como se ha venido creyendo, ya sea que el veneciano se los refiriese de viva voz y el pisano los reconstruyera luego. Esta segunda versión diferida es la que nos proponen las autoras de la novela El turno del escriba.

Aunque llamarla novela tal vez sea una exageración. Si acaso puede hablarse de una sucesión de tapices gobelinos. Resulta evidente para el lector que Graciela Montes y Enma Wolf se han documentado a fondo sobre los dos protagonistas y la época que les tocó vivir, pero es todavía más evidente que decidieron meter todo ese saber en las 250 páginas de su narración, y ello no puede ser si no es a costa de la narración misma. Hay un momento donde Rusticiano reflexiona que su tarea «era el relato de un viaje, cosa que de por sí cansaba». Las autoras no parecen haberse dado cuenta de que su novela es el relato acerca del relato de un viaje, lo que en lógica consecuencia es cosa de por sí aún más cansadora y más cansina. Como su obra demuestra.

Este es un libro en el que pareciendo que se cuenta mucho, prácticamente no se cuenta nada. Una especie de programa de contraste con la película Lost in Translation, donde no contándose nada se nos contaba tutto. Es terrible, pero sucede: mientras uno adelanta en la lectura está constantemente pensando en que hay algo que falta, pero que terminará apareciendo, aunque sea muy tarde, muy avanzado el texto.Y no, eso que falta (una trama) no termina por aparecer nunca. Queda el lector con un sentimiento de frustración, de haber empleado su tiempo en leer en una buena prosa acicalada lo que más le valiera haber consultado en la fría y objetiva dicción de una enciclopedia. Con esto acabo de decir que el libro no está nada mal escrito, pero es que de libros nada mal escritos rebosan los estantes de las bibliotecas de todo el mundo. Es demasiado poco. Y mucho menos cuando se trata de discernir un premio de novela con todo el respaldo del sello Alfaguara.

Por otra parte, debo confesar que me ha sorprendido que dos autoras de Buenos Aires dejen de mencionar, en un relato coprotagonizado por Marco Polo, y donde también se habla a veces de la comida de Catay, que fue el viajero veneciano quien introdujo en Italia los tallarines, hasta entonces desconocidos en Europa y hoy uno de los platos básicos de la cocina familiar porteña.

Lo cual me lleva a hablar de una peculiaridad particularmente irritante de la escritura de Montes y Wolf: la manía por incluir palabras italianas en el texto, que me recuerda una frase del libro acerca de un canto que está componiendo Rusticiano de Pisa y «en el que, como ajos en un pernil, había mechado todas las palabras que conocía en lengua provenzal». Ecco! No sé si las autoras hacen lo mismo por pura mímesis con su protagonista, o para remarcar que la acción transcurre en Italia, o porque creen que el idioma italiano se presta que ni pintiparado a la letra cursiva. Lo cierto es que empacha mucho leer cosas tales como «los magazzini de la Sottoripa engullían mercadería», «la ciudad confía en sus maestri d'ascia más que en cualquier podestá, capitano u obispo», «señores de muelles, torres y alberghi», «la besagnina clamaba ahora por sus huevos», «atravesaban a trote el cortile a buscar a messer Rustichello», «en el contado los campesinos vigilaban a los animales»… y baste con esta media docena de ejemplos de una lista que podría prolongarse ad libitum y, sobre todo, ad nauseam.

Dicho sea de paso: ¿por qué las autoras se esmeran en llamar Champagne a la Champaña, y a Gibraltar Gibilterra, pero son irreversiblemente castellanistas por lo que se refiere a la Corse y Sardegna, que para ellas siempre se llaman Córcega y Cerdeña?… y también aquí, en materia de topónimos, la lista pudiera prolongarse. Eso con independencia de que de Córcega y Cerdeña, presentadas como genovesas en la página 22, se nos informa que el papa Bonifacio las había adjudicado al reino de Aragón (p. 102) pero no se nos aclara en qué situación realmente se encontraban. Peccata minuta storica.

Refieren las biografías de Marco Polo que sus últimas palabras, en su lecho de muerte, fueron: «No he contado ni la mitad de lo que vi porque nadie me habría creído». ¿Qué hubiera pensado el gran veneciano si supiera que dos autoras argentinas sostienen una hipótesis tan peregrina como que el relato de su portentoso viaje fue producto de la buena suerte de Rusticiano de Pisa? Oh, sí, el buen escriba se aupó al techo de su prisión para ver llegar a los vencidos de Curzola –y entre ellos, sin él saberlo, Marco Polo mismo– y tuvo la singular fortuna de pisar «una bella pieza de mierda, sin duda humana, en la que el pisano [no por haberla pisado, sino por ser natural de Pisa] hundió generosamente el zapato». Pienso que, con toda seguridad, el viajero hasta la lejana Catay inclinaría envidioso la testa pensando que ése era un portento aún mayor.

Ficha técnica

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