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Sacramento.
Antonio Soler
Galaxia Gutenberg, 2021.
431 páginas.

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Del nuevo libro de Antonio Soler han dado cuenta los medios y lo cierto es que, habiéndose presentado sólo el 22 de noviembre, apenas unas semanas más tarde todo el mundo se encuentra familiarizado con Don Hipólito Lucena Morales, párroco de la Iglesia de Santiago en la década de los cincuenta. Años ásperos y amarillentos en la soleada Málaga como en cualquier otro lugar. No le salvó tener al lado Torremolinos, el sitio elegido por la modernidad –o sea, la libertad- para irrumpir en España: 1959 fue no sólo el año del plan de estabilización, sino también el de apertura del Hotel Pez Espada, que se dice pronto.

Don Hipólito –no hace falta poner los apellidos- fue, hasta ese mismo 1959, un cura de apariencia piadosa pero aprovechón, en el sentido de que se valió del púlpito (y, más precisamente, del confesionario) para captar voluntades –comer el coco, diríamos- y acabar desplegando, en la misma sacristía o incluso en el altar, una actividad sexual desbordante. En esta ocasión los socios no fueron adolescentes, sino mujeres –dos docenas de ellas: un auténtico harén- hechas y derechas. Personas adultas, y no carentes de instrucción, aunque, eso sí, abducidas. Entregadas en cuerpo y alma: en alma primero y en cuerpo como derivada, al grado de ser conocidas como «las hipolitinas».

Apoteosis es una palabra griega que se compone de otras tres: apo (intensidad), teo (divinidad) y osis (impulso). La suma equivale a algo así como alcanzar el estatus de los dioses o los héroes. Como, dentro de las pulsiones humanas –los Triebe de Freud-, la sexual es en efecto la más poderosa, a la apoteosis se puede llegar por la plenitud –el éxtasis: situarse fuera de uno mismo- o por el camino inverso, la privación: el ascetismo. Tan místico se puede acabar siendo por una vía como por la otra, aun cuando la interpretación dominante en el cristianismo (es lo que se deriva del Génesis) explique la sexualidad con la socorrida metáfora de la caída, inseparable, como es notorio, del pecado original. Es muy ilustrativo que en francés se diga la chute y no se hable de tomber.

Esa mezcla de misticismo y disfrute carnal –cuanto más colectivo, mejor- goza de una larguísima tradición: Don Hipólito no fue un innovador. Pensemos en los alumbrados de la Castilla del siglo XVI –tenidos por protestantes-; en lo sucedido en el Convento de San Plácido en la calle del Pez de Madrid en la centuria siguiente, con el mismísimo Felipe IV como protagonista: o fuera de España y en el último siglo, en todo tipo de sectas, más o menos satánicas aunque siempre con la ocultación -al secretismo, incluso- como bandera. Si los partícipes son mujeres, pudieran verse como mitad beatas, mitad ninfómanas. Libres sí, en cualquier caso, o al menos todo lo libres que se puede ser cuando uno ha optado por la sumisión: la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel en su versión más cruda e incluso caricaturesca.

Desde el punto de vista psicológico (o quizá psiquiátrico), la clave está en el dominio mental, en muchas ocasiones acompañado por técnicas de espionaje y de consiguiente mandato de que las cosas no se divulguen. Como explicó Salvador Moreno Peralta en la presentación del libro, la confesión –el sacramento: de ahí el nombre- es «la instancia de poder más eficaz del mundo», precisamente por el carácter (en teoría) confidencial de lo que allí se relata: algo rayano en el esoterismo, con unos u otros matices. Justo lo que, en la sociedad en la que nos ha tocado vivir, más interés despierta: el morbo se encuentra justo ahí. De hecho, Antonio Soler dedica las primeras 85 páginas del libro a explicar que tuvo conocimiento de las andanzas de Don Hipólito hace muchas décadas pero que sólo en los últimos tiempos pudo acceder a datos mínimamente concretos.

El protagonista es, en efecto, un cura. Y, dicho en términos galdosianos, no un cura bueno, como Nazarín, sino uno malo, al modo del abominable Pedro Polo Valdés de Tormento: un pecador contra el sexto mandamiento, para decirlo llamando al pan, pan, y al vino, vino. Un cura que se ordenó en 1930 y que por tanto sufrió las persecuciones de la República y la Guerra Civil: de hecho, dos hermanos suyos, también sacerdotes, fueron fusilados. Pero que, una vez vuelta la tortilla en 1939, se sintió impune: «inviolable» para reproducir la horrible palabra que emplea la Constitución al referirse al Jefe del Estado. Se sintió así y de hecho lo fue, porque contó con la complicidad –el encubrimiento- del obispado (Balbino Santos Olivera, Ángel Herrera Oria y Emilio Benavent Escuín: otros actores, no precisamente de reparto, de este relato). Por lo que confesó después, en el juicio al que fue sometido en el Vaticano, ya en el papado de Juan XXIII, no se consideró culpable ni pecador: había servido al Cielo en todo momento. Los ambientes levíticos es lo que tienen: nunca se pierde la buena conciencia.

Leídas estas cosas con ojos de hoy (el anacronismo contra el que tan advertidos estamos, aunque lo transcurrido haya sido poco más de medio siglo), pudiera decirse que nos enfrentamos a un mundo alucinante, casi tanto como el que retrató Reinaldo Arenas a propósito de otro clérigo atípico, Fray Servando Teresa de Mier, el dominico que se convirtió en uno de los propagandistas de la independencia de México. En el bien entendido de que Antonio Soler ha sabido, una vez más, dar con el justo medio: su tono es exuberante -¡y cómo!-, pero muy contenido. Se abstiene, y es un gran esfuerzo el que ha tenido que hacer, del recurso fácil de la condena. El protagonista no aparece como el típico supervillano, y –otro dato encomiable- evita la sucesión de escenas subidas. No es –y lo habría podido ser, a poco de haberse dejado llevar- un libro que pueda ser calificado como erótico o, mejor aún, pornográfico.

De Don Hipólito se relata que, cuando los rumores se hicieron atronadores, la justicia eclesiástica –no la secular: el Concordato de 1953 lo impedía- le castigó, por infracciones canónicas -algo más que pecados- a estar veinte años entre rejas, casi todos ellos en un monasterio en Austria, en el Tirol. Y también sabemos que a finales de los años setenta –o sea, ya en la época de la Constitución, cuando el nacional catolicismo había sido formalmente desterrado, aunque los cambios en las mentalidades se toman siempre su tiempo-, volvió a su tierra, donde falleció unos años más tarde, en 1985. No consta que en ese período fuese perturbado por nadie. Un final verdaderamente pacífico, casi anodino a fuerza de aburrido, para quien había llevado una existencia tan agitada y al límite.

Con Apóstoles y asesinos, sobre Salvador Seguí, «El noi del sucre», Antonio Soler se reveló un magnífico retratista de una sociedad –la Barcelona de hace un siglo, la Chicago de Europa- en la que el silencio –la omertá- representaba la forma normal de comunicarse las personas: de las pistolas, mejor contra menos se hable. Ahora, con el escenario de la Málaga de los años cincuenta -el clima donde crece el esparto: el anticiclón de los Azores, para entendernos-, ha vuelto a repetir el empeño y con idéntico éxito: describir una atmósfera en la que todo eran sobreentendidos. El tipo de ambientes en las que se cuecen cosas que, vistas con distancia, aunque sea de pocos años, se nos antojan surrealistas. Casi paranormales. Málaga y Torremolinos, hace sesenta y tantos años: en un radio tan pequeño coexistían, para decirlo con las palabras de Octavio Paz sobre el México de su tiempo, católicos (y católicas) de Pedro el ermitaño con jacobinos de la era terciaria.

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