La capital insegura

Madrid no se hizo de la noche a la mañana. Como capital, se entiende. A lo largo de bastantes décadas no fue sino «capital fallida e insegura sobre su destino final». Así nos la presenta la autora de esta atractiva obra que desborda con creces los marcos de la historiografía convencional. Establecida la corte en la villa en la primavera de 1561 por Felipe II, perdió durante un tiempo su estatus cuando su hijo trasladó la corte a Valladolid a principios del siglo XVII . Además, ciudades marítimas como La Coruña o Lisboa parecían en aquellos años sedes mucho mejores de una monarquía que todavía controlaba los océanosFernando Bouza, Imagen y propaganda. Capítulos de historia cultural del reinado de Felipe II, Akal, Madrid, 1998, págs. 108 y ss. . También el interior peninsular ofrecía marcos urbanos más gloriosos que la que, sostenía Lope de Vega al exaltar su mítico pasado, no siempre había sido «humilde, labradora aldea». Esta obra de María José del Río es la historia cercana, casi íntima, del triunfo de la villa castellana frente a tan poderosas rivales. Pero su interés no estriba sólo en eso. Porque, se nos hace ver, la historia de la transformación de Madrid es también la historia, paralela y correlativa, del cambio decisivo que experimentaban en aquellos años la sociedad y la política. Del mero agregado que aún era la monarquía española se transitaba ya hacia un sistema orgánico y centralizado; y frente a las relaciones feudales de mercedes y lealtades entre el rey y sus pares o al juramento real de fueros en villas y ciudades apuntaba la monarquía absoluta y la incipiente sociedad burguesa.

Termina el libro de Del Río con la barroca procesión del Corpus madrileño a mediados del siglo XVII, cuya organización refleja plásticamente ese entramado de procesos –urbano y sociopolítico–. La fiesta, religiosa o profana, ocupa una buena parte de su obra. En ella, los distintos ritos y ceremonias son, como en el caso del Corpus, excelentes vehículos de análisis para entender la intrahistoria de aquellos procesos cruciales. Por ejemplo, la proliferación y el realce dado a las recepciones de reinas foráneas en las poblaciones, donde bastaba la sola presencia de emblemas y signos regios. La persona del monarca, mientras, permanecía oculta o ausente. Con una doble finalidad: evitar la enojosa renovación del juramento medieval a las puertas de las ciudades y aumentar la cuota de invisibilidad y distanciamiento de la realeza respecto al resto de los mortales. Paulatinamente, se iba sustituyendo, dice la autora, el «diálogo de doble dirección entre la cabeza y el cuerpo político por la exaltación del soberano por parte de sus súbditos». Su majestad «lo veía todo, pero nadie le veía a él». Sin duda, cabría añadir, los cambios políticos más decisivos son simbólicos y expresivos mucho antes de cristalizar en frías pragmáticas o leyes.

Tal vez, la relativa poquedad de Madrid fue un tanto a su favor. A diferencia de Toledo o Sevilla, señala Del Río, donde el rey sí juró mantener los privilegios municipales, los esfuerzos en ese sentido de los regidores de la ya corte de Felipe II resultaron baldíos. Es más, Madrid adoleció en ese período de un «casi total vacío ceremonial». El interés regio estaba entonces en El Escorial. En todo caso, es evidente el contraste entre este monarca y sus sucesores, en especial Felipe IV. Fue, precisamente, entre la austeridad del primero y el desbordamiento ritual de la corte del segundo cuando Madrid pudo ir asumiendo su identidad y su condición capitalina. En medio, y como factor decisivo, la construcción de un pasado mítico –a tono con los vientos de la época– y la búsqueda de santos patronos. En particular, la fabricación de San Isidro. ¿Por qué un patrono labriego para una comunidad urbana? No convencida por interpretaciones algo forzadas –reivindicación de la tierra en época de arbitristas y fisiócratas-la autora apunta a otras más convincentes por más cercanas a la realidad histórica. Ante todo, el labrador era tan anónimo y aproblemático como la villa que lo exaltó. Además, en época de zozobra identitaria, el patrono –santo sólo por aclamación popular todavía– permitía afirmar al menos la indiscutible situación de cabeza comarcal («Madrid y su Tierra»). Por último, canonizado ya Isidro, el mito cedió el paso al rito: la monarquía asumió como propio al patrono y sus procesiones –como algunas celebraciones cortesanas-mostraron la nueva imagen articulada de la monarquía y su capital.

Madrid, Urbs Regia no es sólo una buena pieza historiográfica. Sugiere, además, casi de pasada, vías para la interpretación de los cambios históricos y de sus articulaciones simbólicas y rituales. Falta, con todo, y ese es mi principal reproche, un capítulo o unas conclusiones que extraigan el mucho jugo que hay disperso por el libro. A diferencia de otros análisis pretendida o realmente estructurales, aquí nada parece inexorable en los lazos que van tejiendo hechos, imágenes y representaciones de la realidad. Ritos y ceremonias, por el contrario, se nos presentan como fruto de azares, zozobras, incertidumbres y negociaciones de las partes envueltas en la trama sociocultural. Para explicar la abundancia hispana de fiestas y celebraciones no se vuelve la mirada a viejos registros tipo carácter nacional u otras pamemas atemporales. Por el contrario, su génesis se busca en esa textura de tensiones y transacciones múltiples entre corporaciones locales, órdenes religiosas, vieja y nueva nobleza y, por supuesto, la realeza misma. Hay, desde la perspectiva dialógica de la autora, feed-back entre una y otras instancias y no (al modo, por ejemplo, de enfoques más clásicos, como los de Elliott o Maravall) mero aislamiento soberano o pura pasividad de las masas urbanas ante el espectáculo regio. Madrid, aprendemos aquí, fue en gran parte acicate y producto de ese espectáculo y, al tiempo, personaje destacado en el drama histórico.

Ficha técnica

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