Los generales políticos de Isabel II


Los generales de Isabel II
José Luis Comellas, Francesc Martínez Gallego, Ángel Ramón Poveda Martínez, Trinidad Ortuzar y Germán Rueda (eds.)
Madrid, Ediciones 19, 2016
421 pp. 16 €

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El estudio de los generales del siglo XIX es imprescindible en una época surcada tristemente por guerras civiles, pero que ha estado muy abandonada. Es cierto que los archivos disponibles no dan para mucho, salvo quizás en el caso de Narváez, y que la biografía de un militar metido a político precisa de un conocimiento al menos suficiente de áreas afines, como la historia política y de las ideas. Aun así, la sensación de que aquellos militares de relumbrón era el parapeto de un proyecto civil más o menos construido, los ha convertido en accesorios o secundarios.

Es necesario distinguir la función del ejército del papel del «espadón» durante el reinado de Isabel II. Mientras la primera fue el mantenimiento del orden social y la intervención exterior –profusa entre 1849 y 1865?, lo segundo –el porqué del «espadón»? consistió en la representación de una opción política, pero tal y como se hacía en la época; es decir, desde el pronunciamiento hasta la presidencia de un gobierno, o la regencia. El rol de ese tipo de general en la sociedad isabelina resulta, en consecuencia, imprescindible para conocer el momento, ya que gozaba de un alto prestigio y una gran consideración. Este protagonismo se debió, por un lado, a que el episodio que abrió a España a la contemporaneidad estuvo marcado por la toma de las armas: la Guerra de la Independencia, y, por otro lado, a su relevancia en la defensa de la monarquía constitucional, liberal, representativa y moderna, frente a la fórmula tradicionalista del carlismo.

El militar, y el general como su máxima figura, se convirtió en el imaginario popular en el defensor de la nación y de la libertad. Esa identificación popular, bien aireada por la prensa, la literatura política de la época y los partidos, mostraba que sus hombres no procedían de la aristocracia, sino del pueblo, de ese nuevo sujeto colectivo mitificado por la interpretación romántica de la época y, por ende, trufado de virtudesVéase Fernando Fernández Bastarreche, Los espadones románticos, Madrid, Síntesis, 2007.. Esa atracción popular hizo que todos los partidos reclamaran el liderazgo de los militares, y que, a la vez, éstos vieran en la política una manera de medrar, satisfacer sus egos o cumplir sus proyectos políticos.

No obstante, ese ejército no era un actor unívoco y homogéneo. Aquellos militares estaban tan divididos o eran un cuerpo tan plural como la sociedad española. Es más: es posible distinguir entre «espadones» y generales políticos. En su acepción «positiva», el «espadón» tenía poder e influencia, incluso en aquellos gobiernos que no presidíaVéase Antonio Manuel Moral Roncal, El general Manuel Gutiérrez de la Concha: una espada liberal en las guerras carlistas, 2014.. Solamente era «negativa» cuando su acción política era denostada por el adversario, o cuando la historiografía los ha analizado con cierta dosis presentista. No fueron «espadones» en este sentido, por ejemplo, los generales que echaron a los Borbones en 1868, cuando se gritaban vivas a la libertad, al pueblo y al ejército. O tampoco los militares republicanos zorrillistas que protagonizaron intentonas en 1883 y 1886. La interrelación entre civiles y militares para conseguir objetivos políticos fue clara durante el siglo XIX y, como ha señalado José Luis Comellas, a un militar-político se le opuso otro militar-político sin el menor asomo de espíritu de cuerpo.

Todos ellos formaron parte de la burguesía, generada en las décadas centrales del siglo XIX como campo social en el que se citaban posiciones económicas distintas, pero que compartían un capital simbólico y cultural, tanto en sus modos de existencia como en sus sistemas de valores. Germán Rueda, catedrático de Historia Contemporánea, y reconocido especialista en el período, ha encabezado una investigación sobre los generales políticos y los nobles del tiempo isabelino, uno de cuyos frutos es la obra colectiva objeto de esta reseña: Los generales de Isabel II. La idea que surca el libro es que esos militares pertenecían a un «conjunto social» integrado por las «elites» del ejército, «determinados políticos», la nobleza y la burguesía de los negocios. En todo el reinado ?dicen? fueron más de dos mil. Formaron parte de la sociedad burguesa en instituciones políticas y públicas; de hecho, de cincuenta y cinco gobiernos entre 1833 y 1868, veintinueve fueron presididos por un general. A pesar del número, y con lógica, los autores recogen solamente a cuatro generales, sin duda los más relevantes: Espartero, Narváez, O’Donnell y Serrano. La tesis que está detrás es el carácter determinante de la relación entre los generales y las decisiones de la Corona, ya fuera María Cristina o la propia Isabel II. En consecuencia, no sólo los militares fueron buscados por los partidos, sino también por el trono para consolidar su poder.

Esa relación de las reinas y el primer partido de España, el Moderado, y un general, Narváez, articula el excelente trabajo de José Luis Comellas, aunque le falta la referencia a la última biografía del generalManuel Salcedo Olid, Ramón María Narváez (1799-1868), Madrid, Homo Legends, 2012.. El autor llega a fechar el nacimiento de dicho partido «entre abril y junio de 1836» (p. 89), a iniciativa de Francisco Javier de Istúriz y Antonio Alcalá Galiano, que adquieren un local para las reuniones de la Junta General del partido, y luego crean juntas provinciales y locales, con su órgano, El Español, y un manifiesto. Así llegaron ?dice? la victoria electoral contra el gobierno progresista en 1837, y el Manual para los electores de la opinión monárquico-constitucional (1837), de Andrés Borrego, algo tan inédito en España que los progresistas les tildaron de «extranjerizantes». La superioridad del moderantismo era tal, según Comellas, que construyeron un cuerpo de ideas similar al doctrinarismo francés, como ya señaló Luis Díez del Corral, que superaba en construcción constitucional al avejentado doceañismo de los progresistas. La paradoja de que un «partido de intelectuales» (p. 97) fuera dirigido por un militar de escasa cultura se explica por la circunstancia política que Jesús Pavón llamó «régimen de los generales»: la querencia mutua entre partido y personaje militar para fortalecer su posición de poder. El perfil que Comellas presenta de Narváez, quien tuvo, a su juicio, más aciertos que errores, rompe los tópicos de la historiografía progresista, que lo denostó presentándolo como el gran vigilante reaccionario del reinado de Isabel IICoincido en el análisis, en “Narváez, ni tan espadón ni tan bufo”, La Ilustración Liberal, núm. 63, 2015.. Narváez se hizo el líder del Partido Moderado situándose entre sus tres facciones, sostuvo la monarquía isabelina y detuvo revoluciones, como la de 1848, aunque no supo construir una organización partidista duradera, ni integrar a la oposición, enderezar a la reina o respetar al final de su vida el régimen constitucional.

El contrapunto es el general Espartero, abordado por Ángel Ramón Poveda Martínez, quien mezcla el estudio del mito del vencedor de Luchana con la evolución del Partido Progresista, aunque esta organización se diluye en el texto. Las páginas son el embrión de la tesis doctoral del autor, y hay más preguntas y acercamientos a cuestiones más o menos conocidas que respuestas o aportaciones de interés. Poveda queda claramente seducido por el mito, quizás influido por las lecturas que pueblan las excesivas notas a pie de página, y resta importancia a la realidad de un golpista que hizo caer a Mendizábal en 1837, que tomó la Regencia en contra de los progresistas en 1840, como atestigua el enfrentamiento con ellos hasta que en 1843 lo echaron en una alianza con los moderados. Tampoco tiene cabida el impacto social del bombardeo de Barcelona en 1842, la manipulación de las Cortes, que llenó de «ayacuchos», la huida de julio de 1856, cuando se levantaron los progresistas contra el cambio de gobierno, su casi entronización en 1870 y su papel final en la Restauración del hijo de Isabel II. Si bien Espartero no tuvo un ideario, sí repitió unos eslóganes, como el «Cúmplase la voluntad general», que tenían detrás una ideología (p. 185), y cayó en una versión inicial del populismo, cercana a la de los generales de las repúblicas hispanoamericanas del momento.

El general O’Donnell, junto con Serrano, son los otros dos personajes del libro. El profesor Martínez Gallego retoma la figura del primero para resaltar que fue el representante e instrumento de los esclavistas y negociantes antillanos (pp. 197-198). En su interpretación, la Unión Liberal fue un «envoltorio político» (p. 245), la coalición necesaria para mantener el statu quo en España y sus colonias, y a su frente estuvo O’Donnell, construyendo un «relato» centrista entre la revolución y la reacción. El retrato queda ajustado, en consecuencia, a una explicación economicista que ya hemos leído a José Antonio Piqueras en La revolución democrática (1868-1874). Cuestión social, colonialismo y grupos de presión (1992), donde la casta esclavista habría manejado los hilos de la política española y la habría sumido, por ende, en un falso régimen liberal, sustrayéndola de los avances políticos y sociales de la época. Partiendo de una buena colección de datos, Martínez Gallego hace suya la imagen valleinclanesca tras la muerte de O’Donnell: «generales unionistas fumando puro cubano y auspiciando al que pronto sería el más antillano de los pretendientes a la Corona de España, el hijo del rey burgués» (p. 258). El retrato es de gran interés, enmarcado en el contexto político que ya el autor dejó escrito en Conservar progresando. La Unión Liberal (1856-1868) (2001). Quizás en el mismo sentido está la biografía tradicional y descriptiva que completa el cuadro, la del general Serrano, escrita por Trinidad Ortuzar, dividiendo entre militar, político y hombre, como hizo en su obra El general Serrano, Duque de la Torre. El hombre y el político (2000). El libro lo cierra Germán Rueda con un magnífico estudio sobre la relación entre los cuatro militares y la Corona que da sentido al conjunto, confirma su influencia en la gobernación del reino,y la dependencia final de Isabel II de sus generales.

En definitiva, un buen acercamiento a uno de los aspectos más abandonados del apasionante siglo XIX, desmitificando uno de sus tópicos más arraigados: el de los «espadones», que no venían a ser más que «generales políticos».

Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense. Es autor de Emilio Castelar, la patria y la República (Madrid, Biblioteca Nueva, 2001), Isabel II. Imágenes de una reina (Madrid, Síntesis, 2007), Liberales de 1808 (Madrid, Gota a gota, 2008) e Historia social y de las relaciones laborales (Madrid, Universidad Complutense, 2013).

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