Otra de espadachines

Limpieza de Sangre

ARTURO PÉREZ REVERTE

Alfaguara, Madrid, 1997

La observación es de un escritor: raro oficio este de la literatura, en el que no sólo el fracaso, también el éxito provoca resentimiento por parte de quien lo padece. La publicación de las novelas de Arturo Pérez-Reverte viene constituyendo, desde hace ya tiempo, todo un acontecimiento comercial. De El capitán Alatriste (1996), en particular, se llevan vendidos más de 400.000 ejemplares. De Limpieza de sangre se han impreso, sólo para la primera edición, 250.000. Las cifras se desorbitan cuando se hacen consideraciones de tipo más global.

Traer estos datos a colación debería estimarse fuera de lugar, de no ser porque la creciente tendencia del mercado a constituirse en criterio de autoridad hace que ellos mismos pasen a menudo por juicio de valor, y el importante refrendo popular que comparten sea percibido por más de uno como un triunfo de la literatura, así, sin más.

El propio Pérez-Reverte parece convencido de ello, y en las declaraciones hechas a propósito de la publicación de Limpieza de sangre ha largado más de una andanada contra esa incierta especie de críticos, de escritores, de pontífices de toda laya a quienes reprocha haber confundido con enrevesados criterios el natural discurso de la literatura española, su cabal recepción y disfrute, llevados por la fastidiosa manía de jerarquizar, de clasificar, de etiquetar, siempre en beneficio de los autores más aburridos, pitagóricos y circunspectos. Animado por la charla, Pérez-Reverte es capaz de emprenderla también con la historia de España y la lectura vergonzante que, en su opinión, suele hacerse de ella, y por allí reivindica una suerte de jactanciosa reconciliación con el pasado y con lo habido.

Afortunadamente, Pérez-Reverte opera en un registro literario en el que estas salidas de tono carecen de consecuencias. Esta segunda entrega de Las aventuras del capitán Alatriste prolonga con acierto aún mayor, si cabe, la senda abierta por la primera, y de nuevo envuelve al lector con un emocionante ruido de sables. El molde clásico de la novela de espadachines da forma a un trepidante relato de aventuras construido conforme a las más previsibles reglas del género y convenientemente protagonizado por un héroe caballeresco, de aires inevitablemente crepusculares. Una cuidadosa puesta en escena, tanto por lo que toca al ambiente de la época (personajes, lugares, costumbres, vestimentas) como a la lengua empleada (un convincente pastiche del léxico y ademanes verbales del XVII ), ampara el aprovechamiento que Pérez-Reverte hace del relato para aleccionar sobre las taras de una España que por las fechas en que los hechos transcurren («aquel año de mil seiscientos y veintitrés, segundo del reinado de nuestro joven rey don Felipe») había iniciado ya su fatal decadencia. Asoma así una intención patriótica y pedagógica afín en más de un punto a la que guió a Galdós en sus Episodios nacionales, por mucho que en el caso de Reverte dicha intención aparezca en buena medida arrebatada por el tumulto romántico de Dumas.

Todos estos factores conciertan una lectura de indiscutible amenidad, donde la expectativa se sostiene mediante un constante ajetreo, impidiendo que –como en tantas películas de acción– hasta el final no cobre el lector conciencia de la endeble tramoya con que ha sido gustosamente encandilado. Pues lo cierto es que, apagado el soplo de la narración, el argumento mismo (una confusa intriga conventual en la que aparecen implicados los más altos poderes del momento, incluido el Santo Oficio) se deshace por inconsistente; a los personajes (sin descontar al propio Alatriste, pero muy en particular un inverosímil Francisco de Quevedo) se les descubre su armadura de cartón piedra; la ambientación delata, con sus exagerados tonos, su procedencia de ropero. Pérez-Reverte no consigue sostener durante la novela entera la posición del narrador (a mitad del libro empieza a alternarse el relato subjetivo con el omnisciente), menos todavía el decoro de su perspectiva histórica (presuntamente, los hechos están contados desde la vejez por quien los ha vivido siendo un muchacho). El modelo de Galdós, con sus remites a la tradición picaresca, o el de Dumas, con su prolífica imaginación, quedan muy lejos de las capacidades de Reverte, que acude a los diccionarios y enciclopedias y en boca de cuyo narrador suenan a truenos las frecuentes moralejas sobre la historia de España, al igual que las citas literarias con que adorna a su discurso.

Pero aquí de nuevo cabe aducir que Pérez-Reverte opera en un registro literario en el que estas objeciones carecen de relieve, toda vez que consigue con creces lo que aparenta ser su objetivo primero: divertir, entretener. Como esos complacientes cuadros históricos con que los pintores académicos llenaban los salones del siglo pasado, son de admirar en esta novela la animada composición, el aparato, el mobiliario, la oportuna apropiación de poses sacadas de los maestros de la época, los contrastes y claroscuros, el trazo vigoroso, la pincelada experta, en fin, todo cuanto contribuye a un efecto dramático a la vez que decorativo y didáctico. Otra cosa es que se quiera sacar el cuadro del salón y meterlo en un museo. Eso obligaría a enojosas pero inevitables puntualizaciones acerca de las reales competencias del arte. Empezando por el autor, que viene a reclamar una mejor colocación mientras enseña sus medallas, sus diplomas y las listas de ventas.

Ficha técnica

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