Un chiste en el velatorio

El mundo no estaba para bromas. La resaca de la revolución aún duraba en las cabezas. Corrían los años veinte. Menudeaban las purgas. El ambiente era pesado. En el aire flotaba un estrépito como de vajillas rotas. En este contexto, Ilf y Petrov fueron dos arrojados periodistas de Odesa que se atrevieron a contar un chiste en un velatorio. Armados de su ironía, aprovecharon ese mínimo resquicio histórico consentido a regañadientes por el poder soviético durante unos pocos años, conocido como NEP (Nueva Política Económica), para lanzar su gozosa sátira a costa de la dictadura del proletariado y del materialismo dialéctico. Publicada en 1928, Las doce sillas se inscribe en esa línea de escritura tragicómica y serpenteante que recorre buena parte de la literatura rusa, desde el inmenso Gógol hasta el no menos inmenso Bulgákov, pasando por dinamiteros del lenguaje tan definitivamente marcianos como el Andrei Biely de Petersburgo o, más reciente, la exquisita miniaturista Tatiana Tolstói. Criaturas de vértigo y prosa, con su fondo de pasión inútil, zarandeados por los vientos contrarios de la historia y el deseo, siempre debatiéndose entre la duda metafísica y el samovar, entre el alma inmortal y los calcetines zurcidos. Ostap Bénder, protagonista de esta novela, es un pícaro que pertenece a la misma y lamentable estirpe del Chíchikov de Las almas muertas: granuja, mentiroso compulsivo capaz de las mayores bajezas con tal de conseguir un puñado de diamantes ocultos bajo una silla, pero dotado de un irresistible encanto humorístico que lo hace atractivo a los ojos del lector. No es el único. Toda una comparsa de esperpentos, fantoches unos, matones otros, ridículos todos, le acompañan en su deambular a ciegas a través de un país a la deriva. Y es que, como ya le sucediera a Gógol, y a otros grandes, a los autores de esta novela les resulta casi imposible ceñirse a una sola línea narrativa. Lejos de ello, impulsados por una suerte de fertilidad explosiva, multiplican y embarullan los incidentes, las biografías, esos muñones de vidas caricaturescas resueltos en cuatro trazos sin los cuales parece imposible la existencia de una buena novela rusa. El tono general de la obra lo da la primera frase, justamente célebre: «En la capital de provincias de N había tantas peluquerías y negocios de pompas fúnebres que parecía como si los habitantes de la ciudad nacieran sólo para afeitarse, cortarse el pelo, refrescarse la cabeza con una loción e inmediatamente después morir». A partir de ahí, lo que sigue es un despropósito de cabezas huecas narrado con una gracia irresistible bajo el prisma de un humor que tiene mucho de sacudidas eléctricas y aceleración de cine mudo, una farsa jovial, casi un slapstick, que guarda más relación con las desaforadas ficciones cinematográficas de Emir Kusturica que con la solemnidad litúrgica eslava. Bulgákov inventó la historia de un perro al que se somete a un injerto de glándulas humanas y termina convirtiéndose primero en ciudadano detestable y luego en comunista. Sin llegar a tales extremos de crítica virulenta, pero rozando el absurdo, los dos autores se mueven en un espacio onírico a fuerza de realismo que está a medio camino entre la comedia estilizada y el humor negro. La demencial búsqueda de las sillas portadoras de diamantes, a cargo de unos cuantos maleantes sin escrúpulos movidos por el afán de lucro, constituye el pretexto narrativo para practicar un profundo corte transversal en el tejido social de su tiempo, y diagnosticar parte de sus males, que siguen siendo actuales: espasmos de locura ideológica, tumores de corrupción política, gangrena burocrática, alzheimer administrativo. Por todo ello, la recuperación de esta novela, todo un clásico del siglo XX , resulta un gran acierto. Su lectura es apasionante. Parece milagroso que hubiese, pese a todo, espacio para la risa. Porque poco tiempo después llegaría la siniestra silueta del gulag y la efigie repetida del tirano del Kremlin en una pesadilla de plomo. La madera de las sillas sirvió para fabricar horcas. El mundo, en efecto, no estaba para bromas. Nadie les advirtió a los autores de lo peligroso que resulta reírse en las asambleas, los chistes en velatorios.

Ficha técnica

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