LA VIDA EN BLANCO
Juan Pedro Aparicio
El Cálamo, Palencia
182 pp. 14 €

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Con La vida en blanco, el lector tiene la oportunidad de volver a leer a Juan Pedro Aparicio (León, 1941) en la modalidad narrativa con que el veterano autor se dio a conocer a mediados de los años setenta: el cuento o relato breve.Y es que, a pesar del tiempo transcurrido, durante el cual el escritor se dedicó casi exclusivamente a la novela, algunos de los textos reunidos en La vida en blanco proceden de aquella lejanía, bien porque tan solo habían aparecido sueltos, de forma independiente, en las páginas de distintos diarios o revistas sin que el autor los hubiera aún recogido en un volumen, bien porque, habiendo pertenecido a un libro ­así, «El humanista», que formaba parte de El origen del mono yotros relatos, 1975­,Aparicio decidiera en un momento dado excluirlo de posteriores reediciones, recuperándolo ahora. Hay además otros textos que se sitúan en momentos intermedios del citado abanico temporal, y otros muy recientes, de 2004, junto con un puñado de cuentos inéditos. De modo que La vida enblanco es un buen escaparate donde se muestra el quehacer del cuentista a lo largo de toda su trayectoria literaria. De muy diversa época, pues, y también de muy diverso asunto, el autor los agrupa en tres secciones que no responden a la correlación cronológica sino al propósito de «avenir el tono» ­«esa entelequia, tan evanescente como real, que obsesiona a los escritores», declara en la breve nota introductoria­, evitando así las transiciones bruscas de un cuento a otro.

Yo los comentaré, no obstante, siguiendo otro hilo. Porque me parece que en esta miscelánea se perciben claramente algunos rasgos y constantes que podemos tomar por sello de autor o denominación de origen. Por ejemplo, el inicio inquietante e incluso perturbador, forjado a partir de una noticia o testimonio ­formulado casi siempre mediante una imagen de gran eficacia­, como el de la «Cigüeñas en la catedral» y «La gata», que llevan al narrador a remontarse a épocas anteriores de su vida y rememorar/recuperar algún episodio o dato del pasado que permita explicar esa extrañeza que irrumpe de golpe en el presente. Juan Pedro Aparicio muestra una moderada predilección por lo fantástico.Y digo moderada porque el autor no practica el género según recetarios o repertorios previsibles sino de un modo más liviano pero a la par más singular, al entenderlo como «un subrayado metafórico de la realidad», rescatándola de lo meramente prosaico o cotidiano, para enlazarla así con lo maravilloso, que puede igualmente asomar al final del relato, en el desenlace de un argumento que se expone según el orden del acontecer. «Juicio final» o «Jaque mate» son dos buenas muestras; «Tener razón» y «El humanista» (ambos, ejemplos de microrrelatos) operan de igual modo, si bien con toques de lo siniestro y lo absurdo, respectivamente.

Otra constante del libro es el empleo de la primera persona, voz que se percibe especialmente intensa y directa cuando sirve para narrar asuntos que podemos situar en la órbita personal del autor, tales como el resistencialismo político estudiantil y la militancia antifranquista («Santa Bárbara Bendita», «El pozo») o el mundillo literario («La vida en blanco»), cuento este último cargado de humor pese a encerrar en la imagen final la enésima derrota de Sergio Blanco Blanco que, sin embargo, sigue buscando la pista desde la que poder despegar.

Con otro título ­«Corresponsal en Bagdad»­, «La vida en blanco» y «El gol de Castañeta» habían aparecido antes como articuentos ­ya saben, ese híbrido de artículo periodístico y relato ficticio­, dada la actualidad de su temática, rasgo muy apreciable también en «Malo en el Bernabéu», una de las piezas sobresalientes del libro, cuajada de humor, pese al trágico referente real que subyace (la amenaza del terrorismo islámico), y con final feliz, lo que no es habitual en estas historias donde a menudo el lector se topa con criaturas ilusas (y muy idealistas, a veces) cuya peripecia no se acomoda del todo al orden real, quedando, así, abocadas al fracaso y dejando en el lector un sabor agridulce («Amor platónico», «El pozo», «Castañeta»…).

No es, sin embargo, la peripecia el componente fundamental de estos relatos, sino el perfil de los personajes, así como la habilidad del autor para trazar, a partir de ellos, un amplio testimonio existencial, dada la heterogeneidad de estos protagonistas, testimonio especialmente destacable en aquellos cuentos que encierran estampas de grupo, como «Cigüeñas en la catedral» y «La gata», otras dos piezas de indudable calidad.

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