«¿Fascismo contra democracia? No, la cuestión no es tan sencilla. Ni el fascismo ni la democracia puros alentaron a los dos adversarios».
Clara Campoamor. La revolución española vista por una republicana.
Mas allá de limitarse a narrar su biografía, son muchos los autores que han intentado resucitar a determinados personajes históricos, por el procedimiento de reconstruir no ya su vida, sino su pensamiento. Y esto, que necesariamente ha de llevarse a cabo a partir de un amplio conocimiento del personaje y de su tiempo, requiere también una fascinación personal que alcance incluso un cierto mimetismo; un mimetismo que se produce al contacto con sus textos durante largas horas, como si durante ese contacto el personaje fuera emergiendo de entre las páginas para fundirse un poco con su lector, para poseerlo de algún modo hasta conseguir que parezca que acaba casi hablando por su boca.
En La velada del Pardo, José María Marco ha resucitado y colocado frente a frente a dos personajes emblemáticos del siglo XX español, Manuel Azaña y Francisco Franco, y los ha colocado en un lugar que los dos habitaron, el Palacio de El Pardo, y en una biblioteca, que es al fin y al cabo el lugar donde siguen viviendo los muertos. Se trata de una obra dramática cuyo referente indisimulado, incluso su punto de partida, es naturalmente La velada en Benicarló, uno de los textos que mejor y de manera más conmovedora acercan a la terrible tragedia que vivió este país hace ya casi 90 años, sin que, por desgracia, hayamos sido capaces todavía de cerrar definitivamente sus cicatrices. La velada en Benicarló cuenta, como es bien sabido, la derrota de un proyecto político, a la vez que la tragedia personal del propio Azaña, tan adherido a la República personal y públicamente como lo estuvo Franco a su peculiar Dictadura nacional-católica. Escrita en 1937, en plena guerra, la obra destila a la vez que una profunda melancolía, una gran lucidez, lo que aumenta su patetismo.
José María Marco es un gran estudioso de Azaña al que ha dedicado varios libros, entre otros su tesis doctoral, Creación literaria y autobiografía en Manuel Azaña, La creación de sí mismo o La inteligencia republicana. En este mismo volumen que comentamos se incluyen, además de La velada del Pardo y varias cartas que intercambiaron los dos personajes antes de la guerra, un ensayo, Memoria democrática: Franco y Azaña, en el que se examinan las ideas políticas de ambos. La ficción se apoya además de en las cartas, en algunos encuentros registrados en otras fuentes y en las propias memorias de Azaña, suficiente para mostrarnos hasta qué punto ambos personajes se acecharon y se temieron mutuamente. Aunque poseyeran una forma de inteligencia bien diferente, ninguno de los dos era estúpido, así que en aquellos encuentros debieron percatarse enseguida de aquel profundo antagonismo que les significaba. Más difícil era intuir entonces que el tiempo que les tocó vivir uniría sus nombres para siempre y que ambos marcarían el destino del país al que los dos dedicaron su vida e intentaron redimir desde lugares absolutamente opuestos.
Para un estudioso de los dos personajes y de su época como José María Marco era una tentación imaginarlos conversando tiempo después de aquellos nueve años decisivos y convertidos ya en figuras históricas. El autor ha construido este diálogo en casi todas las ocasiones con frases literalmente extraídas de las propias palabras de los protagonistas, algo que, en el caso de Azaña, escritor de temas políticos y cronista casi día a día de los años de la República, ha sido más fácil que en el caso de Franco, también escritor pero mucho menos prolífico y sobre todo mucho más críptico. Los hechos históricos posteriores y la imaginación del autor han tenido que solventar este problema.
Tanto la obra dramática como el estudio posterior están dedicados a demostrar que pese a la enorme distancia ideológica que les separaba —distancia vigente aún hoy en el imaginario de la mayoría, simplemente con la pronunciación conjunta de sus nombres—, compartieron algunos puntos de partida generacionales e ideológicos, aunque luego estos les llevaran hacia objetivos completamente opuestos. Al lector le queda juzgar esta interpretación un tanto provocadora del autor, no siendo el primer estudioso de la República que pone en cuestión las versiones más canónicas del tema. Es verdad desde luego que los dos fueron coetáneos y por tanto receptores a fondo del espíritu de una época convulsa; por un lado la Europa de entreguerras desbordada ante la radicalidad de las transformaciones políticas, estéticas y sociológicas de estos años y por otro la crisis de nuestro país, noqueado tras el Desastre del 98. En el caso de España, ambos impactos se alimentarían mutuamente, hasta desembocar en la guerra civil, que acabaría además simbolizando para todo occidente justamente la cristalización del conflicto. Europa comenzó a interrogarse de manera generalizada respecto a sus principios y a su papel en la historia, mientras que España llevaba ya algún tiempo haciéndolo, incluso antes del 98, por lo que no es extraño que protagonizara la primera eclosión de la crisis.
Se respondió pues a la avalancha de interrogantes planteados, y se respondió de forma diferente. O quizás no tanto. En el caso de España el ideario regeneracionista impregnó profundamente desde principios de siglo las ideas de intelectuales y políticos de cualquier tendencia. Había que salvar el país recuperando su esencia, la de la España popular o la de la España eterna. En cualquier caso, la España clara, pura, incontaminada que debía de estar escondida por algún sitio, bajo capas de oscurantismo según algunas interpretaciones y de perversas corrientes foráneas que la alejaban de su auténtico ser, según otras. Salvarla a toda costa sin preguntarle mucho, porque unos y otros sabían muy bien lo que había que hacer y no necesitaban de interferencias molestas.
Se echa en falta en La velada del Pardo que sus protagonistas hubieran departido sobre la repercusión en el momento actual de su paso por la historia. España acabó alcanzando al fin una democracia y en este logro es posible que perviva todavía la huella de los dos. No deja de ser significativo que, incluso después de tantos años, el tema siga resultando espinoso.
María Escribano es licenciada en Historia Moderna y Contemporánea. Guionista de los programas de artes plásticas de TVE Trazos e Imágenes. Miembro del gabinete técnico de la ministra de cultura Soledad Becerril. Editora y responsable de la sección de libros de la Revista Arte y Parte (1996-2016). Comisaria de exposiciones como «Los Esquizos de Madrid» sobre la Nueva Figuración Madrileña (Museo Reina Sofía, 2009). Colaboradora en medios como Zoom, El País, Letra Internacional y Claves de la Razón Práctica. Autora del libro de poesía Deleites y asperezas en la editorial Ars Poética (2019).






