De Mesopotamia a los griegos

De Homero a los magos. La tradición oriental en la cultura griega

WALTER BURKERT

Acantilado, Barcelona

Trad. de Xavier Riu

176 págs.

11 €

«Los griegos no partieron de la nada», como señala Walter Burkert, profesor en la Universidad de Zúrich y una de las figuras más destacadas de la filología clásica y la historia de las religiones. Tampoco parte de cero nuestra civilización, que ha recorrido un largo camino poblado de huellas que se remontan, no por casualidad, al mundo oriental. Los griegos, en efecto, no lo inventaron todo. La tradicional atribución de los mayores avances de la humanidad a la civilización occidental encuentra en el llamado genio griego uno de los pretextos y lugares comunes más hábiles y más reiterados. Tanto es así, que la repetición de estas ideas durante siglos creó una opinión fuertemente arraigada en Occidente acerca de su propia excelencia y superioridad, un eurocentrismo o, si se quiere, helenocentrismo que fue promovido con fuerza desde las escuelas de filología y pensamiento surgidas con el Romanticismo alemán.

Algunos pioneros, como Zeller y Gladstone, empezaron a preguntarse en el siglo XIX por la relación entre el mundo helénico y el oriental. Sin embargo, ha habido que esperar al descubrimiento y desciframiento de textos literarios orientales (egipcios, mesopotámicos, hititas, ugaríticos…) para que los estudiosos, sobre todo a partir de la mitad del siglo XX,hayan reaccionado a las ideas antes mencionadas: lo genuino del espíritu griego –como esencia de lo occidental y fundación de lo germánico– frente a sus orígenes semíticos y orientales. Los griegos heredaron una riquísima tradición cultural cuyas raíces se encuentran, según apuntan todos los indicios, en ese creciente fértil donde vio la luz la civilización y que, hoy más que nunca, está en el punto de mira.

De Homero a los magos no es una monografía al uso, sino que recoge cuatro lecciones magistrales impartidas en abril de 1996 en la Universidad de Venecia y editadas más tarde por Claudia Antonetti. A pesar de esta división, el libro no pierde en interés ni cohesión. El autor ha repetido la experiencia de las Gifford Lectures dictadas en 1989 sobre religiones de la Antigüedad en la Universidad de St. Andrews y recogidas bajo el título Creation of the Sacred (Harvard, 1996). Pues Burkert ha iluminado ya muchos aspectos de la religión griega antigua, desde el sacrificio ritual hasta los himnos a la divinidad, en trabajos tan reconocidos en su campo como Homo necans (1972) o Griechische Religion der archaischen und klassischen Epoche (1977).

Sobre los griegos y Oriente, en concreto, este autor lleva años de investigación. Hace diez años, en la reseña a su celebrada obra Dieorientalisierende Epoche in der griechischen Religion und Literatur (1984), el profesor Hornblower señalaba ya las directrices del pensamiento de Burkert sobre este tema (The Times Literary Supplement,23 de abril de 1993): el argumento de que la influencia oriental en la Grecia clásica ha sido obviada por prejuicios eurocéntricos y su certera demostración de los paralelismos a partir de evidencias literarias y lingüísticas, culturales y religiosas que ponen de manifiesto la deuda con Oriente. Martin Bernal, con su libro Atenea Negra (1987), abundaría en esta línea de investigación y pensamiento, en la que Burkert es un maestro indiscutible. Bernal iba más allá, para horror de algunos clasicistas ortodoxos, en una búsqueda de las raíces afroasiáticas de la civilización clásica, acusando a Occidente, y más concretamente a la docta Alemania, de ignorarlas por ciertos prejuicios. En De Homero a los magos, nuestro autor ahonda en sus tesis con una convincente técnica expositiva, más efectiva y amena que la de Bernal, pues su texto, pese a ser de gran erudición y riqueza, no se hace en ningún momento inaccesible al lector no especialista. Al contrario, con una prosa ágil y bien reflejada en la traducción (vemos algún desliz desde el italiano original), Burkert desgrana el complejo tema de las raíces orientales de la cultura griega clásica en cuatro capítulos o conferencias.

En el primero, «Rasgos orientalizantes en Homero», se pone de manifiesto la estrecha relación de la épica griega antigua con la literatura altamente desarrollada que ya existía en Oriente antes de Homero: la dicción formular y sus epítetos encuentran paralelos en la poesía ugarítica. Cuando Homero inauguraba felizmente la tradición literaria griega y occidental, ya existía en hitita o acadio una literatura de increíble modernidad. Mucho antes de que Oriente regalara el alfabeto a Occidente. El testimonio más notable es el Poema de Gilgamesh : «casi prefigurando la Ilíada, está presente en el Gilgamesh incluso un cierto ethos de la caducidad de los seres humanos».

El segundo ensayo pone el énfasis en las cosmogonías griegas y sus ecos orientales. Burkert aduce testimonios de Hesíodo y Homero, sobre todo la aparición de divinidades oscuras y primigenias en éste, que reflejan la creación como en el poema babilonio titulado Enuma Elish («Cuando en lo alto»). Incluso la genuina filosofía griega parece deber a Oriente más de lo que se piensa: «Es fácil ver que lo que consideramos la primera filosofía griega debe mucho a las tradiciones precedentes en un doble sentido: el mito cosmogónico […] y la literatura sapiencial. Ambos géneros aparecen, no casualmente, en las dos obras de Hesíodo: la Teogonía,con el Catálogo, y los Trabajos».

Tercer y cuarto lugar lo ocupan dos apuntes muy enriquecedores sobre los misterios órficos, de tan gran atractivo, y acerca de la figura de los magos, de tradición irania, que, como Zaratustra, han formado parte del imaginario occidental desde Aristóteles a Nietzsche, pasando por Mozart en La flauta mágica. Debemos a esta última tradición, según apunta Burkert, muchas concepciones bien asentadas en nuestra cultura, como la ascensión de las almas al cielo y acaso hasta los orígenes de este tipo de espiritualidad. En cuanto al orfismo, por último, el libro ofrece una puesta al día sobre esta religión (ya indisolublemente ligada a los cultos báquicos), cuyos estudios cambiaron radicalmente desde la aparición del papiro de Derveni en 1962 y el descubrimiento de diversos restos arqueológicos, como las laminillas órficas de oro, verdaderas «instrucciones de uso» a los iniciados para la vida más allá de la muerteHay un libro reciente sobre el tema en España de A. Bernabé y A. I. Jiménez, Instrucciones para el más allá: las laminillas órficas de oro,Madrid, 2001..

También en los cultos mistéricos griegos, muestra de una religiosidad más profunda y trascendente que la del culto público, puede hallarse la omnipresente influencia oriental.

Hititas, sumerios, acadios: pueblos de nombres legendarios que han ejercido gran fascinación a este lado del Bósforo y han dejado su memoria ya desde la Grecia arcaica. En las salas de nuestros museos –el Británico, el del Louvre o el Pergamon de Berlín– las antigüedades orientales preceden siempre, y con buen tino, a las griegas. Si éstas simbolizaban tradicionalmente los valores y la esencia de Occidente, no podemos pasar por alto cuál es su origen y causa primera. Y menos aún en estos días.

Después de cumplirse más de un año desde el triste saqueo del Museo de Bagdad y el incendio de su Biblioteca Nacional, y ahora que una violencia fuera de control sacude Oriente y Occidente, no está de más insistir en las tesis de Burkert, que tienen más vigencia que nunca. En los relieves y restos que fueron expoliados entonces ante la pasividad de las tropas de la coalición angloamericana –piezas excepcionales de la civilización sumerio-acadia–, se basa la civilización que precisamente ellos mismos decían defender. Y en los libros y obras saqueadas, como documentó sobre el terreno Fernando Báez (véase su reciente Historia universal de la destrucción de libros,Destino, Barcelona 2004), se pierde la humanidad y comienza el caos. Si no se toma conciencia de la memoria histórica que atesoran, la fe deviene terror y los pueblos de ambos lados del Mediterráneo se miran con recelo mientras afilan las armas. Pueblos que la vieja Mesopotamia sembró, así se apunta en este libro, en el surco griego y semítico, y que acaso debieran hallar en lo antiguo un referente común de convivencia.

Ficha técnica

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