La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática
Jordi Amat
Barcelona, Tusquets, 2016
480 pp. 22,90 €

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El largo esfuerzo tanto político como intelectual por conformar una alternativa democrática al régimen de Franco pasa, durante la prolongada posguerra española, por diversos momentos más o menos dignos de recuerdo. Uno de ellos es, sin duda, la célebre reunión de junio de 1962 en el Hotel Regina de Múnich, enmarcada en los actos del IV Congreso del Movimiento Europeo. Lo es más por su valor testimonial y simbólico que por sus apenas relevantes consecuencias, tal como anuncia Jordi Amat en el subtítulo de su libro.

El autor traza un relato pormenorizado de dicho acontecimiento, pero sin ceñirse a él en exclusiva; de hecho, son más extensos los tramos consagrados a los antecedentes y a las secuelas de la referida reunión. Al final del volumen, el lector encontrará un copioso número de notas aclaratorias, además de una bibliografía extensa y el oportuno índice onomástico. No faltan en las páginas interiores una colección de fotografías.

Múnich introduce una novedad ostensible con respecto a iniciativas anteriores de oposición al franquismo. Lo que allí se escenifica es, entre otras cosas, un encuentro formal de políticos e intelectuales españoles del interior y del exilio. Es lo que llevará a Salvador de Madariaga, a la vista de aquella disparidad de compatriotas dispuestos a entenderse, a proclamar con sentimental optimismo que la Guerra Civil había terminado. A Múnich acudieron liberales de distinto jaez, democristianos, conservadores, socialdemócratas, monárquicos, nacionalistas vascos y catalanes; un pisto, en fin, de tendencias e intereses políticos del que fue excluido el Partido Comunista. No se trata de un simposio ideado para conocerse e intercambiar pareceres. El objetivo era sellar un pacto.

Jordi Amat presta especial atención a dos figuras emblemáticas. De este modo ejemplifica con acierto la línea de evolución ideológica tanto de un hombre del exilio, Julián Gorkin, como la de uno del interior, inicialmente adscrito a las filas del bando vencedor en la Guerra Civil, Dionisio Ridruejo. Dos hombres con trayectorias vitales distintas que, desde extremos ideológicos opuestos, acaban confluyendo en posiciones políticas razonables. Su caso ilustra el entendimiento que, andando el tiempo, fallecido el dictador, hará posible una transición consensuada hacia un sistema democrático con voluntad europeísta, aun cuando entonces serán otros los actores llamados a llevar a cabo la empresa histórica.

Julián Gorkin es el seudónimo de Julián Gómez García-Ribera, un «revolucionario profesional» que intervino en 1921 en la creación del Partido Comunista de España. Escritor apenas estimado hoy día como tal ni, para algunos, como personaAmat refiere al respecto una anécdota significativa. En 2012, durante una charla privada, el autor preguntó a Paul Preston qué idea tenía de Julián Gorkin. El «coloso del hispanismo» (p. 27) le respondió taxativo: «Un hijo de puta»., evolucionó con el tiempo hacia posturas anticomunistas rayanas en la obsesión. Militaba en el POUM cuando estalló la Guerra Civil, durante la cual, a su juicio, «la Unión Soviética había tenido un papel tóxico» (p. 90). Desde 1953 participó en el llamado Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC), cuya revista Cuadernos dirigió. El CLC fue una agrupación internacional de intelectuales fundada en el año 1950 con el propósito de fomentar, desde una perspectiva cultural, los valores de Occidente. Cayó en descrédito al saberse en la década de los sesenta que había recibido financiación de fundaciones vinculadas a la CIA, reproche del que tampoco habría de librarse el Congreso de Múnich.

Más adelante, Julián Gorkin se pondría al frente de la revista Mañana, de la que Amat se ocupa con cierta extensión en su libro. Y terminaría integrándose en el PSOE llegada la década de los setenta. Tocante al Congreso de Múnich, la figura de Julián Gorkin, implicado en la organización del mismo, es interesante por diversas razones. No fue la menor de ellas el hecho de que propugnase (y se comprometiera activamente para hacer realidad el proyecto) «la necesidad de que el exilio conectase con una “España real” incógnita».

La oposición al franquismo desde el interior de España está principalmente encarnada en el estudio de Jordi Amat por la sobresaliente figura de Dionisio Ridruejo, de cuya obra y biografía el autor es uno de los mayores especialistas actuales en España, junto con Jordi Gracia. Ya antes de 1962, Ridruejo, escritor extraordinario, además de inconformista tenaz y valiente, estaba completamente libre de cualquier sospecha de afinidad con la dictadura franquista, de tal manera que los opositores al régimen no dudan en considerarlo uno de los suyos.

Ridruejo, que pudo, si hubiera permanecido fiel a su falangismo inicial, haber disfrutado de honores y prebendas hasta el final de sus días, había conocido bajo el poder de Franco la cárcel, el confinamiento y la prohibición de publicar. El Congreso de Múnich habría de suponerle el exilio en París entre 1962 y 1964, y la detención por parte de la policía después de una rocambolesca entrada en España. No menos digna de una película de aventuras había sido su salida del país con rumbo a Múnich, donde fue recibido con una cerrada ovación por los allí congregados. La adecuada dosificación de episodios anecdóticos, dicho sea de paso, confiere amenidad al relato de Jordi Amat.

Dionisio Ridruejo aportó, entre otras cosas que lo convierten en un icono para las nuevas generaciones opuestas al franquismo, una reflexión lúcida acerca del proyecto de democratización de una España integrada en Europa, «la región a la que pertenece». Casado con una catalana, traductor de El cuaderno gris de Josep Pla, Ridruejo era un hombre comprensivo con las aspiraciones del catalanismo, lo que hizo de él un interlocutor válido también para la representación nacionalista que acudió al congreso.

Huelga decir que por el texto de Amat desfilan otros protagonistas del congreso. En Múnich, por citar algunos, están el derechista José María Gil-Robles, un conservador que con el tiempo había evolucionado hacia posiciones democráticas; Rodolfo Llopis, a la sazón secretario general del PSOE; Salvador de Madariaga, uno de los principales promotores del encuentro; el monárquico Joaquín Satústregui; el nacionalista vasco Manuel de Irujo, que había llegado a ser ministro durante la Segunda República, o el escritor catalán Marià Manent, de quien nos han quedado documentos testimoniales. En total, un centenar largo de participantes, los cuales, no sin discusiones ni desavenencias, acordaron una serie de puntos equivalentes a una declaración de intenciones.

El régimen de Franco y la prensa oficial reaccionaron de manera histérica, aplicando a la reunión de Múnich el apelativo denigratorio de contubernio, por el que todavía se le conoce, si bien ahora con intención irónica. Por aquellos días, el Gobierno español había iniciado conversaciones encaminadas al posible ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, iniciativa a la que los reunidos en Múnich se opusieron de plano, dispuestos a mover todos los resortes posibles para impedir la legitimación internacional del régimen y porque ellos mismos aspiraban a que el ingreso de España en las estructuras políticas, comerciales y culturales de Europa se llevase a cabo en consonancia con la transformación democrática del país. Franco no vaciló en calificarlos de traidores a la patria y les ofreció dos opciones: el confinamiento en las Canarias, previa pérdida de sus cargos, o el exilio. Hubo multas y otras represalias. A la postre, la reacción vehemente del régimen contribuyó a dar al congreso de Múnich un relieve que, de otro modo, acaso no habría tenido.

La chispa inicial del congreso dio lugar en España a una iniciativa de escritores e intelectuales para formar una oposición organizada al franquismo. Las actividades del comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura se centraron en el propósito de lograr «una transformación auténtica de la vida colectiva española, que debería estar orientada por los intelectuales» (pp. 365-366). No faltaron las disensiones y las rencillas personales, que poco a poco fueron estrangulando un proyecto que, en el curso de unos pocos años, fue dando lugar a una notable cantidad de actividades en forma de encuentros, revistas, ediciones, etc. Cabe destacar entre tales actividades los dos Coloquios Castilla-Cataluña que se celebraron en 1964 y 1965, el primero en Barcelona, el segundo en Toledo, con la participación de destacados intelectuales (Julio Caro Baroja, Josep Benet, José Luis López Aranguren, José Antonio Maravall, Enrique Tierno Galván, Ernest Lluch, Lorenzo Gomis, José María y Castellet y otros).

La crisis definitiva del comité español se desencadena en 1967 a raíz de la publicación en la revista Triunfo de un informe sobre las implicaciones de la CIA en el congreso. Fue la puntilla. Se producen deserciones y el comité español pierde relevancia «como núcleo intelectual vivo de la oposición española» (p. 416). Ridruejo se marcha a dar clases en Estados Unidos.

Jordi Amat cierra su libro con un interesante apartado de conclusiones en torno al sentido general y la significación histórica del Congreso de Múnich, al que califica tanto de esperanza como de decepción. ¿Triunfó Múnich? Tal es la pregunta que al final de su exhaustivo ensayo se formula el autor. Podría adjudicarse a la iniciativa un triunfo en la medida en que logró bloquear las negociaciones entre la dictadura de Franco y la Comunidad Económica Europea.

Pero no cabe duda de que aquella reunión de demócratas moderados fracasó a la hora de «consolidar una alternativa al franquismo mediante la creación de una plataforma de oposición democrática al sistema» (p. 427). Esto se debió, según Amat, tanto a la represión franquista como a la exclusión del Partido Comunista, que disponía por entonces de una estructura política mucho más consolidada y fuerte. Múnich fue, en definitiva, una propuesta prematura, además de minoritaria, sin posibilidad de movilizar a las capas populares de la sociedad española. Establecer una vinculación directa entre el Congreso de Múnich y la Transición resulta a todas luces problemático. Así las cosas, Múnich representó una primera tentativa democratizadora, más próxima por su visión, sus objetivos y su espíritu sincero de concordia a lo que vendría después que a la Guerra Civil.

Fernando Aramburu es escritor. Sus últimos libros son Viaje con Clara por Alemania (Barcelona, Tusquets, 2010), El vigilante del fiordo (Barcelona, Tusquets, 2011), Años lentos (Barcelona, Tusquets, 2012), La gran Marivián (Barcelona, Tusquets, 2013), Ávidas pretensiones (Barcelona, Seix Barral, 2014), Las letras entornadas (Barcelona, Tusquets, 2015) y Patria (Barcelona, Tusquets, 2016).

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