La plenitud digital. Entrevista con Jay David Bolter

La plenitud digital: el ocaso de la cultura de élite y el auge de los nuevos medios

Jay David Bolter

Buenos Aires, Ampersand, 2025

322 págs.

La reciente revolución tecnológica trajo consigo una ruidosa ecología de los medios que finalmente desembocó en una plenitud digital: un ecosistema pletórico que ofrecía todo tipo de contenidos, formatos, estilos y gustos. La llamada alta cultura cedió a la democratización de la cultura de masas y esta devino en (falsa) utopía digital. La plenitud digital: el ocaso de la cultura de élite y el auge de los nuevos medios (Ampersand, 2025) de Jay David Bolter analiza el ocaso de las jerarquías tradicionales del arte y la política, así como la aparición del remix y de nuevos medios digitales. El resultado es un presente asediado por formas disruptivas que son tanto beneficiosas como dañinas. La plenitud digital es una lectura de nuestro tiempo que subraya los cambios culturales y sociopolíticos que empezaron a emerger antes de la revolución digital, si bien la cultura digital consolidó y aceleró estas fuertes, cuando no peligrosas, transformaciones estructurales.

Jay David Bolter es profesor en el Georgia Institute of Technology y ha publicado obras como Writing Space: The Computer, Hypertext, and the History of Writing (1990 y 2001), Remediation: Understanding New Media (2000) o Digital Plenitude: The Decline of Elite Culture and the Rise of New Media (2019).

El holandés Geert Lovink, autor de libros como Atascados en la plataforma o Brutalidad de plataforma, dijo hace más de una década que el metamedio (un medio que contenga otros medios y formatos, como internet o los teléfonos móviles actuales) sería el sueño húmedo del neoliberalismo. En aquel momento no entendí esa afirmación. Ahora veo que se estaba anticipando al colapso de las jerarquías culturales y a la emergencia de la plenitud digital en nombre del libre mercado. Seguramente usted sospechó algo similar desde la publicación de Remediation.

Críticos como Geert Lovink plantean cuestiones importantes. En las últimas dos décadas, el desarrollo de los medios sociales y las plataformas ha tenido consecuencias económicas, sociales y políticas profundamente problemáticas. Al mismo tiempo, me gustaría replantear el tema un poco. La idea del metamedio, tal y como la articuló el informático estadounidense Alan Kay o más tarde Lev Manovich (autor de El lenguaje de los nuevos medios o El software toma el mando), fue al principio un concepto estético y técnico (en torno a la capacidad de los ordenadores para simular y combinar formas mediáticas anteriores), no político ni económico.

En La plenitud digital, mi tesis es algo distinta: no equiparo la plenitud al metamedio digital. Lo que yo llamo plenitud es en realidad una condición de los medios más amplia en la que las formas analógicas y digitales coexisten y proliferan. Es un «todo, en todas partes y todo a la vez» y eso incluye no solo las plataformas digitales dominantes sino también una amplia variedad de prácticas de menor escala e incluso algunas que no son digitales. Es una perogrullada, pero aun así es cierto e importante repetir que estamos inmersos en medios de todo tipo, y esta plenitud ofrece tanto oportunidades como desafíos. 

Pienso que tenemos que distinguir entre diferentes dominios. En el reino del arte, el entretenimiento y la producción cultural, la ruptura de las jerarquías tradicionales ha tenido algunos efectos liberadores. Los medios digitales han activado formas de participación, experimentación y formación de comunidades que fueron difíciles o imposibles en la economía de medios anterior. Ahora hay grupos que son marginales o nichos que pueden producir y compartir sus propias obras. Esta situación parece bastante diferente en la esfera política. Ahí, el debilitamiento de las estructuras institucionales (el periodismo, el discurso público y otras formas de mediación) no ha producido la transformación igualitaria que muchos en los noventa y los dos mil esperaban. En lugar de eso, contemplamos el poder creciente de las plataformas o del capitalismo de vigilancia, que explotan esta condición de la plenitud. Así, mientras la plenitud crea un espacio para una participación amplia, no garantiza visibilidad o igualdad y, especialmente en la política, puede coincidir con nuevas formas de concentración, incluso algunas oligárquicas.

¡Con lo feliz que estaba yo cuando los estudios culturales llegaron a mi universidad y difuminaron las líneas entre alta cultura y cultura popular! El semiólogo italiano Umberto Eco distinguía entre apocalípticos e integrados en la cultura de masas, aunque usted no parece ni lo uno ni lo otro. Me gusta que compare la situación actual con una ilustración de Saul Steinberg: cada subcultura cree que está en el centro de la cultura digital.

Me gustaría enfatizar primero que el debilitamiento de la cultura de las élites y la erosión de las jerarquías no empezó con los ordenadores como medio digital. Esos desarrollos ya estaban en marcha durante el siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, con el prestigio creciente del jazz, de la música rock, del cine, los cómics y otras formas populares. La música es quizás el ejemplo más claro: en torno a los años sesenta, la música rock se había convertido en una gran fuerza cultural, mientras que la música clásica fue perdiendo su estatus central. No culparía ni atribuiría, por tanto, a los medios digitales el inicio de esta transformación. Lo que hicieron los medios digitales fue acelerar e intensificar tendencias que ya estaban presentes, sobre todo el declive de las jerarquías y la interconexión de formas culturales. En ese sentido, los medios digitales eran perfectamente adecuados para una cultura que se movía en esa dirección.

No me pondría a mí mismo a medio camino entre las posiciones de apocalípticos o integrados de Umberto Eco. Más bien diría que ambas respuestas pueden ser apropiadas, dependiendo del medio, la institución y el dominio cultural del que estemos hablando. En el arte y el entretenimiento, la ruptura de las viejas jerarquías ha sido con frecuencia productiva. La cultura digital ha extendido la participación. Esa es una de las ideas centrales de La plenitud digital: no todo en la cultura digital es admirable. Buena parte de esta expresión popular será amateur o mala cuando se juzgue con los estándares del arte elitista. Aun así, esta plenitud abraza muchas formas de expresión y muchas comunidades que se cruzan, cada una con su centro, con su novena avenida. A su vez, hay desarrollos que justifican una respuesta apocalíptica, y la Inteligencia Artificial es probablemente el ejemplo actual más claro.

El auge de la IA generativa está abriendo posibilidades creativas en la escritura, la creación de imágenes, la realización cinematográfica y el diseño; pero al mismo tiempo, suscita grandes preocupaciones éticas y políticas. Lo vemos en el uso de la IA para deepfakes y para la desinformación, a través de una manipulación algorítmica cada vez más sofisticada en plataformas sociales, así como en el uso creciente de la IA para fines militares y de vigilancia. Una vez más, mi visión no es que la cultura digital sea simplemente liberadora o destructiva. Mi idea es que el estado de los medios actual nos da razones para el optimismo y para la alarma, a veces en el mismo instante.

Después de que nuestro presidente del gobierno decidiera regular las redes, Elon Musk tuiteó lo siguiente: «Sánchez es un tirano y un traidor para el pueblo español». Quizás se vislumbran cambios y por eso Musk se pone nervioso. ¿Ve reacciones a una internet cada vez más tóxica?

Veo una pléyade de reacciones: cada posición imaginable entre la esperanza y la desesperanza, el análisis tranquilo y la retórica hiperbólica. La retórica más odiosa es la que predomina, justamente porque los algoritmos de los medios sociales están codificados para alentar y distribuir mensajes que nos mantengan haciendo clic o dándole al scroll. Al mismo tiempo, más allá de esa retórica hay por ahora un conjunto cada vez más grande y serio de análisis que sostienen que las redes sociales están produciendo daños reales, sobre todo para los más jóvenes.

El libro La generación ansiosa de Jonathan Haidt ha sido influyente, no porque resuelva todos los problemas, sino porque ha ayudado a cristalizar una preocupación generalizada de que una infancia basada en el móvil y en las plataformas ha sido algo dañino por sus efectos sociales y psicológicos en los adolescentes. Haidt reclama normas como no tener redes sociales antes de los dieciséis años o escuelas libres de móviles, e independientemente de lo que pienses en cada propuesta, creo que abordar los problemas de los jóvenes es un buen lugar para empezar a tratar los grandes excesos de las plataformas digitales.

Pienso que está más que justificado que los gobiernos actúen. Las medidas de Australia (pedir un mínimo de dieciséis años para tener cuenta en redes sociales) suponen un experimento. Las medidas de España parecen más amplias: no solo regular el acceso, sino poner una protección sólida para los menores en entornos digitales, lo que incluye el control parental, normas en las escuelas con los dispositivos, prevención de comportamientos adictivos y precauciones con los contenidos dañinos y los deepfakes. Me parecen experimentos sociopolíticos productivos, y en unos pocos años, quizás estemos en una mejor posición para juzgar si esas regulaciones producen beneficios para la gente joven. Podemos crear estudios de caso comparativos gracias a las diferentes regulaciones de cada país. Los países que regulen estas prácticas nos darán un tipo de resultado; países como Estados Unidos, que parecen muy poco proclives a adoptar una respuesta unitaria a corto plazo, pueden servir como grupo de control.

Nos movemos entre una estética del flujo y una de la catarsis. ¿Es la esperanza una forma de catarsis eternamente postergada?

Cuando identifiqué la catarsis y el flujo como paradigmas en lucha, estaba pensando en el entretenimiento, no en la política. La catarsis es el antiguo modelo estético que asociamos con el arte y el entretenimiento. El término hace referencia a la liberación emocional que experimentamos cuando vemos un drama como Oppenheimer o la más reciente Hamnet. El flujo es una experiencia estética distinta: se trata de un proceso más continuo e inmersivo. Lo encontramos en muchos videojuegos, en música de baile electrónica, en algunas formas de rap y música ambiental, y de manera más general en formas culturales que no aspiran tanto a una culminación emocional simple como a una absorción sostenida. No hay nada intrínsecamente negativo con el flujo. Al contrario, el flujo puede ser uno de los placeres genuinos de la cultura contemporánea.

El problema viene cuando el flujo migra del reino de la estética al terreno político y económico. En plataformas como YouTube, X y TikTok, el flujo ya no es una simple experiencia estética; se vuelve una técnica para capturar una atención constante. El usuario no se dirige hacia la reflexión o la resolución, sino a una corriente continua que puede moldearse por algoritmos que intensifican la rabia, la identidad tribal o la fascinación por los extremos. Si hay alguna esperanza, no es la de rechazar el flujo y volver de alguna manera a una cultura puramente catártica. Deberíamos aprender a distinguir entre formas de flujo que enriquecen la experiencia y formas de flujo que la explotan. El flujo en la música, los juegos y otras formas de creatividad digital puede ser valioso. Tenemos que evitar, individual y colectivamente, la conversión del flujo en una medida de manipulación. Eso me parece una forma realista de esperanza: no escapar de la cultura digital, sino comprender mejor qué formas culturales nos benefician y cuáles nos perjudican.

Referencias bibliográficas

Jay David Bolter, La plenitud digital: el ocaso de la cultura de élite y el auge de los nuevos medios, trad. de Juan Nadalini, Buenos Aires, Ampersand, 2025.
Jay David Bolter y Richard Grusin, Remediation: Understanding New Media, Cambridge, MIT Press, 2000.
Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, Barcelona, Debolsillo, 2004.
Geert Lovink, Atascados en la plataforma, Barcelona, Bellaterra, 2023.
Geert Lovink, Brutalidad de plataforma. Cómo acabar con la toxicidad de internet, trad. de Damián Queirolo, Barcelona, Bellaterra, 2026.
Lev Manovich, El lenguaje de los nuevos medios, Barcelona, Paidós, 2005.
Lev Manovich, El software toma el mando, Barcelona, UOC, 2013.

Andrés Lomeña Cantos (Málaga, 1982) es periodista, licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y doctor en Sociología. Ha publicado libros de entrevistas como Yo, esquirol (2025) o El periodista de partículas (2017) y novelas como Narratofilia (2025) y Podio (2022).

Jay David Bolter. Twitter
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Ficha técnica

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