«¡Vedi Napoli e poi muori!», escribía Goethe en su obra Viaje a Italia, tal fue la impresión que le causó contemplar Pompeya, el golfo bañado por el mar Tirreno, las calles, los palacios, castillos y fortalezas de la capital de Campania. Considerada epicentro de la difusión del barroco en el sur de Europa, la antigua Parténope es intensa, dramática y excesiva. Y tanto como sus calles, sus habitantes se revelan religiosos, cargados de reacciones emocionales desmesuradas, de claroscuros y contrastes. Así al menos es como plasma Nápoles y a los napolitanos Elena Ferrante en su obra L’amica geniale.
Descubro casi por casualidad la tetralogía de Elena Ferrante, L’amica geniale (Lumen 2012). Llega a mí a través de una recomendación, una de esas sugerencias que se toman la libertad de hacerte las plataformas televisivas como si fueran un familiar o un amigo de confianza que te conoce bien. Intrigada, indago en el origen de la serie y descubro que está basada en la obra de Ferrante, cuatro novelas que funcionan como un solo cuerpo narrativo: L’amica geniale, Storia del nuevo cognome, Storia di chi fugge e di chi resta, Storia della bambina perduta. Hace ya más de una década la obra supuso una pequeña revolución literaria primero en Italia y después en el resto del mundo, sobre todo en Estados Unidos, donde vendió millones de copias. Decido leer la obra de Ferrante antes de ver la serie.
L’amica geniale podría definirse como un bildungsroman donde la protagonista, Elena Greco (Lenù), va narrando en primera persona toda su trayectoria vital atravesada por la compleja relación con su mejor amiga, Raffaella Cerullo (Lila). El proceso de formación del personaje principal es un vehículo para plantear el análisis profundo de cuatro temas que se van entrelazando a lo largo de las cuatro partes que componen la novela: la amistad, los orígenes (Nápoles), la maternidad y el sexo.
La novela nos muestra con delicadeza y ternura cómo se forma la amistad de estas dos niñas vecinas de un humilde barrio napolitano. Rodeadas de pobreza, mezquindad y violencia. Lila y Lenù se quieren, se persiguen, se buscan, se retan intelectualmente, se tienen como referencia la una a la otra… Y al mismo tiempo, a lo largo de los años, se detestan, se hartan de la dependencia emocional que sienten, que las sofoca y les impide pensar o actuar libremente. La infancia de Lila y Lenù transcurre en los años cincuenta, cuando el país aún cicatrizaba las heridas de la Segunda Guerra Mundial y comenzaba a experimentar el llamado milagro económico, un crecimiento que convivía con la marcada desigualdad entre el norte y el sur. A medida que los personajes evolucionan, el lector se sumerge en un hervidero político, donde las tensiones entre comunistas y fascistas, las huelgas obreras y las revueltas estudiantiles marcan el pulso del barrio y sus habitantes. La corrupción, el clientelismo y la sombra de la Camorra se infiltran en los años ochenta y noventa en la vida cotidiana de los personajes.
Ferrante narra con una prosa pausada y limpia, en ocasiones lírica, un Nápoles caótico y decadente, un Nápoles excesivo y pobre, regido por estrictas normas de comportamiento que llevan implícita una violencia masculina, asumida y hasta reivindicada por las mujeres como símbolo de virilidad y del respeto que merecen «sus hombres». Pero no sólo es violencia en el hogar, es también violencia en el barrio, en el lenguaje, en la escuela… Hay gritos y golpes, insultos y peleas, amenazas y palizas, broncas y heridas.
Como sucede en el Parthenope de Sorrentino (2024), la verdadera protagonista de la obra de Ferrante es Nápoles y, como en la cinta del director napolitano, me inclino a pensar que aquí la ciudad también queda representada por una mujer, en este caso, Lila. Sensible, salvaje y tremendamente seductora, Lila (Nápoles) es indomable y temperamental; enamora a todo aquel que la conoce por su personalidad, su autenticidad, la originalidad de su pensamiento. Pero, a pesar de su enorme talento, a Lila le niegan la posibilidad de estudiar; sus orígenes humildes la atan irremediablemente al barrio mientras ella se mantiene fiel a sus reglas. Lenù, por el contrario, representa la huida, la búsqueda de validación fuera del lugar de origen, siempre con la sombra de Nápoles, y de Lila, persiguiéndola, oprimiéndola y recordándole de dónde proviene.
Junto con la amistad de estas dos mujeres y el retrato de Nápoles, la obra de Elena Ferrante reclama un papel fundamental a la maternidad, que atraviesa con hondura y congoja toda la tetralogía. La autora no tiene piedad a la hora de dibujar al personaje áspero y seco de Immacolata Greco, la madre de Lenù. Una mujer que apenas da muestras de cariño. Y es sólo al final de la obra cuando Ferrante permite a la figura materna, ya frágil y enferma, revelar un lado más dulce y conciliador, logrando escenas enormemente conmovedoras de Lenù con su madre. También las protagonistas viven la maternidad con una mezcla de resentimiento y asfixia.
Por último, el sexo; el sexo contado con honestidad, sin remilgos ni artificios, es otro de los grandes ejes que articulan la historia: desde las primeras experiencias de la pubertad hasta las aventuras de la edad madura, Ferrante hace a sus protagonistas hablar de deseo, de asco, de placer y de culpa; y lo hacen sin pudor y sin dramatizar. De nuevo, un bello ejercicio de sinceridad que reconcilia al lector con todo lo que puede contener la naturaleza humana.
Así, sobrecogida por la espléndida narrativa de Elena Ferrante (un seudónimo tras el que se escondió durante muchos años Anita Raja), me acerco con cierto temor a la serie que me había recomendado HBO Max. Pero ¡qué gratísima sorpresa descubrir la obra de Saverio Costanzo (continuada por Daniele Luchetti en la tercera temporada)! Desde el primer episodio quedo atrapada por la estética neorrealista de cada escena. Rodada con una belleza propia de Roberto Rossellini o Vittorio de Sica, la serie de Costanzo transmite verdad y logra trasladar el ambiente asfixiante del barrio dibujado por Ferrante con una cadencia bien medida de los silencios, que pesan tanto como las palabras, los gestos o las miradas. El espectador llega al final de cada episodio con dolor e incomodidad, pero absolutamente enamorado de las dos protagonistas, encarnadas magistralmente con autenticidad y lisura por Margherita Mazzucco y Gaia Girace. Pero Lenù y Lila no están solas, el elenco completo de secundarios es extraordinario y está dirigido con delicadeza y sabiduría. Detrás hay un trabajo de casting finísimo que ha logrado reunir rostros severos y genuinos para dotar de verosimilitud al barrio. Es un auténtico gozo descubrir, por ejemplo, las pintorescas escenas de las fiestas y las bodas, que destilan costumbrismo y folclor, y trasladan al espectador a momentos de El Padrino de Coppola. Desde un punto de vista puramente estético, el etalonaje, el tratamiento estético y narrativo del color, está hecho con tanto mimo que no hay un solo plano que desafine o rompa el tono de la historia. Y para redondear una obra tan cuidada, la partitura de Max Richter acompaña, impulsa e intensifica la delicadeza, la tensión y la emoción de todo lo que viven y sienten los personajes.
Llego, así, al final de las cuatro temporadas de La amiga estupenda (HBO Max y RAI FICTION) agradecida al algoritmo por haberme puesto ante una de esas obras contemporáneas que, a pesar del éxito que cosechó en su día, me había pasado inadvertida. Allora, io vado presto con il mio ragazzo a vedi Napoli… porque como dice Lila, «se non hai coraggio, non troverai mai niente di nuevo».
Elisa Baños es periodista, directora de UrbanaMente (El Mundo), Sociedad Positiva (El Confidencial) e Impacto Positivo (El País).






