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Como tantos acontecimientos cruciales, Covid-19 no se estrenó con la escandalera disonante de una ópera de Pekín. En 11 noviembre 2019 un hombre de 55 años residente en la provincia de Hubei, China, se convirtió en la presunta primera víctima de Covid-19, una enfermedad respiratoria, causada por el virus luego bautizado (11 de febrero 2020) por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como SARS-CoV-2, siglas en inglés de «síndrome respiratorio agudo y severo por coronavirus 2». Su antecesor había sido SARS-CoV-1 causante del brote de SARS que en 2002-2004 infectó a unas 8.000 personas en 29 países y causó 773 muertes. Covid-19 iba a tener consecuencias abrumadoramente más letales.

A 23 de febrero 2022, la fecha en que escribo esta columna, los datos de Worldometer -una página web dedicada a la agregación de estadísticas en distintos campos y propiedad de Dadax, una compañía privada que genera sus ingresos mediante publicidad online- hablaban de que, desde su aparición, Covid-19 había causado 428.590.976 contagios y 5.927.544 fallecimientos en 225 países y territorios. El total mundial de casos por cien mil habitantes era 5.498 y el de muertes subía a 760. En China, el país en donde aparecieron los primeros casos de Covid-19, se sumaban 106.019 contagios y 4.636 fallecidos; es decir, 7,4 contagios y 0,32 fallecimientos por cada cien mil habitantes.

¿Cómo explicar tan impresionante disparidad?

Hace poco, un trabajo aparecido en The Lancet, una de las publicaciones de medicina más respetadas y financiado por Bill & Melinda Gates Foundation y otras instituciones filantrópicas, ofrecía una explicación piadosa. Con datos referidos a 177 países recordaba que las métricas habituales de capacidad de los sistemas de salud y las respuestas anti-pandemia basadas en ellas han servido de poco para anticipar los resultados obtenidos y apuntaba la necesidad de contar con otras de mayor mérito en el futuro.

«Se ha dicho que Covid-19 es un misterio epidemiológico. La incidencia reportada y la mortalidad de SARS-CoV-2 no han seguido la pauta de otras muchas enfermedades contagiosas: países más ricos, con mayores recursos de salud, han sufrido más las consecuencias de Covid-19 que otros países peor dotados», a pesar de que los índices de vacunación entre los primeros eran muy superiores. Las tasas acumuladas de mortalidad también han variado considerablemente entre países próximos geográficamente: la mortalidad en Bulgaria, Namibia y Bolivia dobló la de vecinos como Turquía, Angola y Colombia.

No todas las variaciones en infecciones per cápita y en ratios de infección/muertes se pueden explicar de la misma manera. Existen factores que no se relacionan directamente con la salud (la estructura demográfica de cada país; la altura media sobre el nivel del mar en la que vive una determinada población; la estacionalidad ambiental), y otros que sí lo hacen: por ejemplo, un índice de masa corporal sano o la reducción del consumo de tabaco. Y también existe una conexión entre salud y política, representada por el nivel de confianza que suscitan los gobiernos. «La amplia variación inexplicada de las diferencias en infecciones por SARS-CoV-2 apunta a la importancia de esta última causa».

Una conclusión que indudablemente habrá hecho las delicias de Xi Jinping y del PCC. Según los dirigentes chinos, su política cero contagios ha resultado ser un triunfo indiscutible. Para Global Times, la filial ultranacionalista del Diario del Pueblo en asuntos de geopolítica, la respuesta china a la pandemia ha sido un ejemplo para el mundo. Mientras que otros países (Estados Unidos y Corea del Sur, por ejemplo) reaccionaron con lentitud, el método chino ha sido el único que ha garantizado el éxito.

¿Será cierto?

Cero contagios se convirtió en el objetivo de las autoridades chinas tan pronto comprendieron que la pandemia aparecida en su país no iba a ser un trastorno pasajero ni fácil de silenciar. Aunque ésa fue su primera intención, pronto se vieron obligados a cambiar de registro. Y, haciendo de necesidad virtud, adoptaron una serie de medidas draconianas celebradas no sólo por sus propios órganos de expresión.

En junio 2021, Yanzhong Huang, un analista del Council on Foreign Relations, una organización norteamericana independiente y dedicada a estudios de política internacional, escribió en China Leadership Monitor, una publicación trimestral de la Hoover Institution dirigida por Minxin Pei y con una acendrada visión crítica de la República Popular, un trabajo que concluía: «si medimos el éxito en términos de su capacidad de cortocircuitar la cadena de transmisión doméstica [de Covid-19], China ha escrito, sin duda, una página triunfal. Usando una catarata de medidas de control -desde contundentes medidas de confinamiento hasta catas masivas y seguimiento de contactos entre su población- China no sólo venció a la enfermedad en abril 2020 sino que, desde entonces, ha conseguido mantener un nivel de infecciones extremadamente limitado. En mayo 2021, confirmó unos 100.000 casos de Covid-19 y 5.000 fallecimientos».

Un proceso que se había desarrollado en tres etapas.

En la primera (diciembre 2019 a enero 2020) el protagonismo correspondió a los gobiernos locales de la provincia de Hubei. Es la fase que podría llamarse Chernóbil con rasgos chinos. A pesar de que, desde el final del SARS 2002-2004, el país había llevado a cabo importantes inversiones en salud pública, la prueba inicial a la que le sometió Covid-19 fue frustrante. Pese a que desde 10 de enero 2020 se conocía su capacidad de contagio interhumano, el gobierno local se dedicó a acallar las noticias sobre la enfermedad que aparecieron en medios sociales como WeChat y a amenazar a sus difusores. Línea oficial: nada extraordinario sucedía. En 18 de enero 2020 el gobierno local reunió a 40.000 familias para celebrar el nuevo año lunar y sólo en enero 23 decidió el gobierno central confinar la ciudad de Wuhan mientras que la agencia oficial de noticias Xinhua informaba el 25 de que Xi Jinping había presidido una reunión del Comité Permanente del Politburó dedicada a la prevención y el control del nuevo virus.

Al igual que en el SARS anterior, el inherente autoritarismo fragmentario de la administración china gripó inicialmente la respuesta oficial. Las autoridades inferiores a la cumbre del sistema no se atrevían a tomar decisiones y apostaban por la llamada cohesión social, manteniendo a la opinión pública en la ignorancia por miedo a eventuales reacciones adversas. Por su parte, las autoridades superiores, sin la información adecuada, retenida desde abajo, tampoco estaban en condiciones de reaccionar a tiempo. El Comité Permanente del Politburó no llegó a apreciar la gravedad del brote en Wuhan hasta bien entrado el mes de enero. Más de un mes, pues, sin noticias oficiales sobre un virus cuya escalada era a todas luces galopante.

A la segunda fase (enero-abril 2020) se la puede designar como la reacción anti-Chernóbil. Una vez que el gobierno central percibió las dimensiones de la catástrofe, empezó a adoptar decisiones logísticas tajantes como la construcción en pocos días de dos nuevos hospitales en Wuhan para tratar hasta 1.000 casos graves diarios. Al tiempo se adoptó la activación de un mecanismo de rejilla para aislar a los distritos urbanos cuyos gestores imponían el uso de mascarillas, controlaban la observación de cuarentenas, seguían la huella de eventuales redes de contacto con infectados, imponían la distancia social, aseguraban el confinamiento de la población, la proveían de víveres y eventualmente sancionaban a los infractores de esas normas. El sistema venía reforzado por una amplia panoplia de técnicas e instrumentos de control que incluían el uso de inteligencia artificial, de grandes datos y de códigos QR para seguir la pista y detener la progresión del virus.

A resultas de esa feroz intervención en la vida privada y en los derechos de sus súbditos, el número de casos confirmados comenzó a caer rápidamente a partir de mediados de febrero y, en abril, se abrió la tercera fase del proceso: la victoria sobre el virus. El cierre de Wuhan se levantó tras once semanas en 8 de abril. Desde entonces, China confió y sigue confiando en cuarentenas estrictas allí donde aparece algún nuevo caso de virus; en pruebas masivas de contagio para su población; y en contundentes restricciones para la entrada en el país incluso para los propios nacionales que habían viajado al exterior. Justamente dos años después del confinamiento de Wuhan, las mismas medidas se adoptaron en Xian, con una población de trece millones de habitantes.

La presión sobre los funcionarios de los gobiernos locales para imponer la política cero contagios ha sido permanente, lo que no sorprendente a quien conozca los usos del país. Habitualmente, la consecución de objetivos políticos importantes para el gobierno se lleva a cabo mediante una fijación de cuotas previas. Ejemplo antiguo: las diversas campañas de represión de desviaciones burguesas o de rectificación proletaria en tiempos de Mao hacían saber a sus ejecutores -nunca mejor dicho- el porcentaje de víctimas que se esperaba de su circunscripción. Ejemplo reciente: la previsión de crecimiento económico anual nunca falla pues de antemano se asignan cuotas de cumplimiento a los funcionarios cuyas carreras dependen de su éxito ejecutivo. Con su celo habitual los burócratas suelen exceder las metas marcadas por sus superiores, ya realmente, ya con trampas contables.

A pesar del éxito a la hora de quebrar la cadena de transmisión doméstica del virus, esa política, subrayaba Huang, entró pronto en una curva de resultados descendentes y, peor aún, condujo a consecuencias imprevistas. Las campañas de vacunación fueron sus primeras víctimas porque los funcionarios preferían fiarse de controles autoritarios tangibles (confinamientos, cuarentenas y demás) que de unas vacunas de resultados inciertos. La tasa de población inmunizada creció, pues, lentamente.

Pero una sociedad sin medios de comunicación independientes recibió con satisfacción el aparente éxito de cero contagios. «Las encuestas de opinión de residentes chinos gestionadas por el Laboratorio de Datos sobre China de la Universidad de San Diego (California) mostraban que la pandemia impulsó la legitimidad del gobierno. En una escala de 1 a 10, la media de confianza social en el gobierno central pasó de 8,23 de junio 2019 a 8,87 en mayo 2020. El porcentaje de quienes se mostraban “satisfechos” o “muy satisfechos” con la perspectiva de vivir bajo el sistema político chino por comparación con el de otros países, también había aumentado. De 70% en junio 2019 pasó a 83% en mayo 2020», destacaba Huang.

Lógicamente, en enero 2021, Xi Jinping se apuntó el tanto en un discurso. «Si nos preguntamos cómo han gestionado esta pandemia los diferentes líderes y sistemas políticos… podemos concluir quién lo ha hecho mejor».

La comparación entre China y Estados Unidos por la situación respectiva ante Covid-19 en 23 de febrero 2022 parecía refrendar sin apelación posible su repetida convicción de que «mientras el Este asciende, el Oeste declina». Desde su aparición, en Estados Unidos se habían dado 80,270,563 contagios y 963,371 fallecimientos por Covid-19; es decir, 24.019 casos y 288 fallecimientos por cada cien mil habitantes. China, como se ha dicho, sólo reconoce un total de 106.019 contagios y 4.636 fallecidos; es decir, 7,4 contagios y 0,32 fallecimientos por cada cien mil. El número de muertes por Covid-19 por cien mil habitantes USA sería así más de 800 veces superior al de China.

Ya lo decía Sugar Kowalczyk en Some Like It Hot: «estas cosas le hacen a una pensar».

¿Resulta verosímil que las muertes por Covid-19 en Wuhan cayesen de la noche a la mañana y hayan desaparecido totalmente después? ¿O que el virus no afectase en absoluto al resto de China pese a que cinco millones de personas abandonaron la ciudad antes de 23 de enero 2020, cuando se decidió su cierre?

¿Y si la explicación de ese misterio epidemiológico creado por Covid-19 al que se refería el distinguido ramillete de autores (más de dos docenas) del trabajo publicado por The Lancet mencionado al principio fuera algo más mundana de lo que ellos mantienen?

Justamente eso es lo que se pregunta George Calhoun, un profesor en Stevens Institute of Technology (New Jersey), en una serie de trabajos publicados en Forbes este pasado mes de enero. Vamos a darles un repaso rápido.

Hay muchas dudas sobre los datos de muertes por exceso que facilitan los distintos países y la opinión más extendida sostiene que casi todos subestiman su número. Lo que plantea dos cuestiones: (1) su fiabilidad; y (2) cómo explicar su eventual desviación en cada caso.

Algunos medios han tratado de hallar respuestas efectivas a esas cuestiones, pero las explicaciones distan de ser indiscutibles. Existen muchas dudas sobre la fiabilidad de todos los datos reportados por todos los países. Por ejemplo, según NYT, los de Estados Unidos subestimaban el impacto de sus muertes por exceso en torno a 17%. Por su parte, también para USA, The Economist hablaba inicialmente de una discrepancia cercana a 7% que luego elevaría hasta 30%. Son desviaciones llamativas.

¿Y los datos chinos? Al parecer pertenecen a una especie propia e incomparable.

¿Más de 900.000 fallecidos por Covid-19 en Estados Unidos frente a 4.636 en China? Esa es la cifra aceptada sin mayor discusión por muchos medios y, como se ha visto, hasta por un crítico del gobierno chino como Yongzhang Huang a quien acabo de citar en detalle. [Puntualización: su trabajo apareció en junio 2021, antes de que se produjesen los contagios posteriores por la variante ómicron que llevaron al cierre total de Xian y a amplios confinamientos en Tianjin y otras ciudades a finales de ese año. JA].

Pero, así fueran ciertas ambas cifras, la cuestión es otra: lo que interesa no es tanto el número absoluto de muertos como el exceso en la tasa de mortalidad atribuible a Covid-19, es decir, el número de muertes reportadas en total y su diferencia con la tendencia media anterior a la pandemia. En tiempos normales, la tasa de mortalidad suele ser estable con ligeras variaciones arriba o abajo sobre la media establecida en un período. Cuando hay una variación notable en uno u otro sentido hablamos de mortalidad por exceso o por defecto.

La gran sorpresa es que China no se ha movido de esos 4.636 fallecidos por Covid-19 que reconoció oficialmente antes de abril 2020. ¿Ni un solo muerto durante las sucesivas oleadas de las variantes del virus?

Ninguno.

Con veinticuatro meses de pandemia a cuestas, sólo ha publicado datos sobre los tres primeros. De lo que haya sucedido posteriormente son pocos quienes le piden cuentas. Sea porque no se cuestionan sus datos, sea porque no se los toma en serio, la tasa de mortalidad excesiva en China parece no interesar.

Como es lógico, en el período inicial las muertes por Covid-19 se concentraron en la ciudad de Wuhan y la provincia de Hubei que cargaron con 97% de todas las reconocidas oficialmente por China. La primera estimación oficial de muertes por Covid-19 para Wuhan fue de 2.579, pero en abril 2020 se le añadieron sin explicación 1.290 hasta un total de 3.689. Con 643 para el resto de la provincia de Hubei y 124 más en toda China la cuenta oficial llegaba a los 4.636 fallecidos que se han mantenido desde entonces. Ni un muerto, ni un contagio más por Covid-19 en todo el país hasta hoy.

Citando a The Economist, el cual extraía su cifra aplicando una fórmula al exceso de muertes, Calhoun estima que el número de muertes por Covid-19 en China está en 1,7 millones, es decir, alrededor del doble que en Estados Unidos, una cifra furiosamente contestada por South China Morning Post. [Recuérdese que SCMP se publica en Hong Kong, que es propiedad de Jack Ma, el fundador del grupo Alibaba y miembro del PCC, y que Hong Kong está sometido a una draconiana ley de seguridad impuesta por Pekín en junio 2020. JA].

En China, la tasa media de mortalidad entre 2009 y 2020 estuvo en torno a 7% anual, es decir, 98 millones/año. En 2021 pasó a 7,18% con lo que el número de muertos subió a 100,5 millones, con una mortalidad excesiva de 2,5 millones. Por supuesto no todas las muertes por exceso se deberán a Covid-19, pero el cálculo de The Economist resulta incluso conservador.

La razón de esa variación podría ser la aparición de Covid-19 o… cualquier otra. Pero la más probable -de hecho, la única- del éxito celebrado por Xi Jinping es directamente propagandística. Recuérdese el papel de las cuotas en las campañas chinas de todas clases. En ésta, Pekín ordenó que la mortalidad por exceso quedase en cero y así ha sido hasta la fecha.

Las estadísticas chinas a menudo adolecen de escasa fiabilidad, pero en este caso no basta con señalar eventuales métodos erróneos. Para Calhoun «la pauta de no cooperación, negacionismo, obstrucción, ocultamiento y destrucción de datos por parte de las autoridades chinas en cualquier investigación referente a Covid-19 está bien documentada».

Que en China no se haya producido un amplio exceso de muertes por Covid-19 es justamente uno de esos cuentos con rasgos chinos que sus dirigentes repiten continuamente en éste y en otros campos. No tenemos obligación de creerlos.

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