Con las vigas a la vista

Próspero viento. Una vida política. Biografía y memorias

Andrés Trapiello

Madrid, La Esfera de los Libros, 2025

336 págs.

Una de las cosas de las cuales la mayoría de nosotros, a estas alturas del siglo XXI, estamos convencidos es de que la historia no es sencilla; no hay verdades atemporales sobre el devenir de los individuos que puedan ser conocidas y aceptadas por todos ellos y por un igual. Esto no va así. Cada paso que se da, cada acontecimiento histórico (algunos lo son desde el momento mismo en que se producen), cada suceso que ocurre, que nos ocurre, lleva consigo un horizonte interpretativo que a su vez da lugar a actitudes, opiniones y distintas formas de leerlo, de entender lo ocurrido y ver el mundo desde el punto de vista recién adquirido. No importa que no seamos conscientes de ello. Lo que importa es comprender que dicho horizonte interpretativo existe y que el relato, los relatos que podamos hacernos de nuestro pasado, de nosotros mismos, tanto individual como colectivamente, consistirán, del modo que sea, en relacionar la realidad de algunos hechos ocurridos con su interpretación, en función de unas condiciones que van modificándose con el tiempo. Ivan Jablonka tituló su manifiesto de 2014 en defensa de las ciencias sociales La historia es una literatura contemporánea, subrayando su carácter electivo y, por tanto, la dosis de subjetividad que contiene la escritura de la historia.

Y una pregunta clave es: ¿qué elementos pueden sobrevivir de una cultura a lo largo del tiempo? Asegura Isaiah Berlin en distintos pasajes de su obra, siguiendo a Hegel, que solo sobreviven aquellos que pueden ser absorbidos y modificados por quienes les van sucediendo. Absorber y modificar, ambas operaciones resultan imprescindibles para perdurar en el tiempo. Hegel, teniendo siempre en mente lo ocurrido en Francia con la Revolución que acabó violentamente con la institución monárquica y el orden antiguo, consideraba que el progreso humano tiene la forma de una espiral, por supuesto que dialéctica, discontinua, de modo que cada paso recorrido históricamente por los seres humanos adopta la forma de una tensión entre una actitud dominante y encarnada en acciones e instituciones y su opuesto, algo que lucha contra ella desde dentro. Eso conduce a un conflicto inevitable de fuerzas, unas conservadoras de lo que hay y otras progresistas, que piensan en lo que puede haber y es necesario; unas conscientes del valor del pasado, otras con la mira puesta siempre en el futuro. De la colisión surge un nuevo estado de conciencia y con todo ello ―espiral, dialéctica, discontinuidad― la sociedad da un salto hacia un nuevo nivel de progreso y superación de un estado de cosas. El avance de la humanidad procede pues de la tensión, de la unilateralidad de la que parten las fuerzas en conflicto. El final del mismo debe ser otro.

El razonamiento de Hegel sin duda es un razonamiento optimista sobre la marcha del mundo y yo procuro recordarlo en un momento intensísimo, como es el actual, de conflicto cultural y político, expuesto por Hegel como algo necesario para el crecimiento interno de una sociedad. Si lográramos ver los conflictos con esa apertura de miras, tal vez los motivos de crispación y de hostigamiento mutuo quedarían rebajados automáticamente. Y sí, el momento es tan intenso, está tan polarizado, que en poco tiempo el panorama español ha ofrecido dos libros de naturaleza muy distinta, pero con una pregunta por las hegemonías intelectuales que los hermana. Sin duda se han publicado muchos más, pero me centro en dos. Me refiero a Un duelo interminable. La batalla cultural del largo siglo XX, escrito por el historiador José Enrique Ruiz-Doménec, un ensayo de una enorme ambición y donde su autor potencia desde el título la singularidad de la batalla ―no son muchas, es la misma con muchas caras―. Pero son muchos, en efecto, los sistemas de pensamiento que su autor enfrenta en el libro: Heidegger frente a Husserl, Ortega frente a Orwell, Pasternak frente a Salinger, Freud versus Lacan, las vanguardias contra el arte figurativo, Habermas enfrentándose a Foucault. En todos muestra su autor, en definitiva, que la batalla cultural no es una guerra ideológica: es muchísimo más que eso, es un debate de ideas para sostener un modelo de civilización.

Más reciente es el libro de Andrés Trapiello, Próspero viento. Una vida política. Allí donde Ruiz-Doménec actúa de historiador de las ideas enfrentadas en el siglo XX, el celebrado autor de Las armas y las letras nos plantea un recorrido sobre su propia experiencia en la vida política española como simple ciudadano que, sin embargo, ha intervenido, a veces un tanto atropelladamente, en los distintos combates que libra la historiografía reciente, tanto en el ámbito histórico, como el literario y, por supuesto, el político. Vamos con Trapiello.

En el prólogo su autor reconoce que es un libro de encargo. La editora Ymelda Navajo, le sugirió el tema: escribir sobre los motivos de la hegemonía cultural de la izquierda. El escritor aportaría las preguntas: ¿por qué la izquierda cree hallarse siempre en el lado correcto de la historia? ¿de dónde le viene esa arrogancia moral? Me parecen cuestiones fundamentales y más que matizables para reflexionar sobre ellas a día de hoy. Y «fundamentales» es una palabra que se me queda muy corta para la trascendencia que tienen. Trapiello entra al trapo; no es un escritor que rehúya precisamente el debate cuando cree tener razón en algo; muy al contrario: más de una vez no solo lo posibilita, sino que lo favorece. Por no omitir mi experiencia personal con él, porque la tengo, mantuve en el pasado con el autor de su novela en marcha, su Salón de los pasos perdidos, una discusión que fue pública y privada sobre el carácter netamente diarístico, o no, de su Spp (la nomenclatura que él utiliza para títulos y antropónimos), única en la historia literaria española, por la magnitud (veinticuatro volúmenes hasta la fecha), por la franqueza de sus apreciaciones y por el espacio literario (y cultural) que ha sido capaz de crear con muy pocos mimbres, como él mismo ha reconocido en muchas ocasiones. Su Spp es como una gran casa de arquitectura abierta a todas las miradas, un trabajo sostenido y minucioso de hipotiposis ―especie de espejismo verbal que hace ver las cosas como si uno estuviese allí―, por decirlo con un término retórico que define, en mi opinión, el estilo de la obra. Lo cierto es que en un momento dado tanto él como yo nos aburrimos de mantener las espadas en alto sobre un asunto que sin ser nimio lo hemos ido solventando teóricamente entre todos, gracias, en parte, al conflicto planteado por Trapiello. ¿Podemos llamar «diario» a una escritura que se ve sustancialmente alterada por su autor con el paso del tiempo? La moral de la abstención que yo misma defendía; los diarios deben mantenerse como fueron escritos en su día porque es esa huella temporal la que los define y les da el carácter que tienen: el punto de vista sin punto de vista, para entendernos; una moral, en definitiva, de la transparencia literaria que choca forzosamente con el libre albedrío creativo de un escritor que, por serlo, pone a trabajar todos los recursos disponibles en su propio proyecto, a fin de llevarlo a cabo. Y no tiene por qué dar explicaciones. Y yo no tenía por qué ver su Salón de los pasos perdidos como un caballo de Troya que iba en detrimento de la verdad personal, del decir lo vivido en un día o días determinados, contenida potencialmente en un diario. En definitiva, podríamos concluir que son los libros los poseedores de una identidad que les pertenece.                        

Pero no quiero perderme por aquí, y sigo con Próspero viento, el motivo deeste artículo. Como era de esperar, Trapiello no hurta el cuerpo a la propuesta que le hizo su editora y recurre a su historia personal en relación a la política con la intención de elevar su experiencia a categoría, a reflexión general sobre un asunto que a todos nos concierne. Trapiello se trata a sí mismo como una fuente primaria de los hechos, un testimonio de que por haber transitado por los dos lados de la batalla ―en la izquierda en su juventud, en la derecha en su madurez― no solo está especialmente capacitado para la reflexión que se le ha propuesto, sino que ha sufrido, afirma, la cancelación, por decirlo así, de la izquierda y se siente directamente concernido con la pregunta: ¿por qué unos determinados elementos culturales se hacen con el poder del relato, en detrimento de otros de no menor calidad? Pero no vamos bien si confundimos lo personal con lo político, la trayectoria del escritor y su acogida por unos y por otros con asuntos relacionados con las hegemonías culturales.

Trapiello intervino, en mi opinión decisivamente, en esta última cuestión al publicar en 1994 un libro imprescindible, encargo de Rafael Borrás para su colección Espejo de España, titulado Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939). Acaso por primera vez ―ahí deberíamos recurrir al profesor Mainer― se disputaba la hegemonía intelectual y literaria adquirida por los escritores de la República y del exilio del 39, oponiendo a ella, o mejor completando el fresco histórico con la valía de escritores que poco a poco fueron quedando (injustamente) al margen de la historiografía legitimada, y en consecuencia fuera de los manuales de literatura. Fuera del conocimiento, del estudio y, sobre todo, del prestigio. El motivo: no haberse alineado, o no lo suficiente, con la II República. Escritores, en definitiva, que quedaron fagocitados por el militarismo cuartelario del alzamiento nacional o… golpe de Estado. Según la valoración que recibiera y reciba todavía aquel maldito 18 de julio de 1936 encadenamos el resto de apreciaciones, juicios, insultos y menosprecios al otro bando: «Muchos escritores e intelectuales, como tantos españoles, se vieron obligados a escoger, y a menudo de manera dramática, entre los dos bandos, entre dos visiones de la historia y de la vida que en muchos casos acabaron siendo delirantes, totalitarias y mesiánicas», escribía entonces Trapiello. De modo que salía con su ensayo (muy mejorado en las sucesivas ediciones que ha conocido el libro) al rescate de autores y de hechos poco o nada conocidos o mal interpretados, desde Ortega a Concha Espina, pasando por Ernesto Giménez Caballero, Agustín de Foxá, Chaves Nogales, Rafael Sánchez Mazas, Elena Fortún, Vicente Risco, Manuel Machado o Clara Campoamor. Entiendo que no tanto por voluntad de alguna forma de equidistancia, sino con el afán de superación de un enquistamiento intelectual que se había mostrado más preocupado por excluir al enemigo que por matizar su propia responsabilidad. En otras palabras, Max Aub no era mejor escritor, ni su propuesta ética era superior a la de Miguel Delibes o la de Torrente Ballester, por decir algo; ni María Teresa León tiene una obra que supere en envergadura artística a Concha Alós, una escritora totalmente olvidada. Es decir que sobre la base de algo real ―el levantamiento militar fue responsabilidad de la derecha― pueden operarse pocas o muchas tergiversaciones. Diría que la publicación de Las armas y las letras, en defensa de una tercera España que se sentía lejos de los extremos en conflicto (fascismo versus comunismo), marcó el posicionamiento ideológico de Andrés Trapiello como alguien que ha querido y quiere combatir el abrumador peso del relato cultural establecido por la izquierda española, con el intento de articular otro relato distinto que oponerle: el de una tercera España que quedó emparedada entre esas dos fuerzas contrarias, ya descritas por Hegel como motor de la historia. Porque si todo lo que importa en la vida moral colectiva y en el arte está condicionado por el hecho de haber quedado a un lado o al otro en el 36, es decir si la valoración que hagamos de una obra o de una biografía tiene que partir de este único y decisivo corte ideológico, disfrazado de ideal universal, no merece la pena examinar nada porque los resultados van a ser una operación de camuflaje de algo esencial y condenado, o no, de antemano.

 Pero vuelvo a Próspero viento. Un lector avezado en la obra de Trapiello ( y pienso sobre todo en su breve autobiografía lírica titulada La Fuente del Encanto) se sentirá en casa con este libro. Reconocerá los orígenes del escritor entre La Vega y Manzaneda de Torío, la tienda de ultramarinos de la familia, la forma en que sus padres sufrieron calladamente las extorsiones del maquis durante años («en nuestra casa la guerra fue una columna vertebral»), el paso del escritor por el seminario, su espíritu rebelde y el severo mundo familiar de sus comienzos. Baste una anécdota para esto último. El autor tiene diecisiete años y acaba de ser expulsado del seminario menor de Caleruega (Burgos), donde ha durado tres meses. Es el 7 de enero de 1971 y la víspera el joven Andrés había llamado por teléfono a sus padres para comunicarles lo ocurrido. Sale del viejo edificio a las ocho de la mañana y combinando autobuses llega a casa de sus padres en León, absolutamente confuso, perdido en lo que puede esperar de la vida a partir de ahora (y, en efecto, cuando eres joven todo se reduce a entender el misterio de la vida). Es de noche y no ha comido nada en todo el día. Se encuentra a sus padres y hermanos en la cocina (entonces solía ser la única pieza caldeada de las casas). Se los encuentra jugando a las cartas. La madre le pregunta si ha cenado y le pone un plato en la mesa: «Siguieron jugando. Nadie me preguntó nada». El pasaje resulta estremecedor, en su sencillez, de una forma de comportarse las familias, sobre todo en el campo. El silencio cayendo a plomo sobre la sensibilidad.

Las descripciones que hace de los ambientes de las ciudades en las que transcurre su formación son magníficas. La estancia del escritor, pocos meses después de aquella noche, en Carabanchel Alto siguiendo a su primer amor es un ejercicio de melancolía por aquel joven que fue a Madrid, como podía haber ido a cualquier otro sitio, porque no tenía la menor importancia en ningún lado. Y así seguiríamos con sus años perdidos en Valladolid, militando en la Joven Guardia Roja, estudiando una carrera para la cual le faltaba disciplina y motivación, conociendo, sin embargo, el ambiente generoso y apasionado de la militancia política.

No sé si el autor es consciente de lo revelador que resulta su confesión de que entonces apenas leía los panfletos que repartía por la ciudad; creo que sí que lo es: «Jamás me preocupé por conocer los fundamentos políticos de nuestra lucha. Mi ignorancia al respecto era completa». Es decir que aquel Andrés de veinte años no leía la propaganda que distribuía a los demás y tampoco le interesaban mayormente las discusiones políticas en las asambleas estudiantiles, tan frecuentes entonces. Era un idealista con poca cultura política y un heroísmo ingenuo al que le bastaba intuir que estaba en el lado correcto de la historia: democracia bien, dictadura mal. Más o menos, con eso le bastaba. En otras palabras, Trapiello, a pesar de su activa militancia, de su rebeldía, no se tomaba a pecho la política. Y sin duda la segunda parte del libro, ya metido en el costal de su militancia política actual, sacado Trapiello de sus Batuecas (la expresión es suya) donde se mueve como un maestro (Rastro, libros, paisaje castellano, Madrid, vida literaria, Las Viñas, Miriam, Ramón Gaya, imprentas, Cervantes…) para escribir de política esta actitud primigenia no varía. Pongo un ejemplo de las últimas páginas: «Así, cuando un amigo me dice, con cara de pena (o de prevención al contagio), “cuánto has cambiado”, me sonrío un poco, y siempre responde uno lo mismo: “Bastante menos que ese PSánchez al que sigues votando, pese a saber que te ha mentido en todo lo que dijo que no haría». Al margen del abuso del uno pronominal, tan característico de su estilo y que produce un cierto «dolor de lenguaje», como diría Bachelard, la respuesta que se da al lector no es aceptable si lo que se pretende no es dirigirse a un convencido antisanchista, que dará su aquiescencia, sino dar una sólida explicación de las razones de un giro ideológico. Es recurrir a un mecanismo de defensa (ese «anda que tú») con el que Trapiello se impide a sí mismo reflexionar sobre la derrota de algunas apuestas políticas a las que se refiere en el libro y en las que ha participado (Ciudadanos, UPyD, Libres e iguales). Porque dichas derrotas minaron el prestigio del pensamiento conservador y liberal encarnado en un grupo de intelectuales muy reconocidos al frente de los cuales estarían Fernando Savater, el desaparecido Mario Vargas Llosa o la diputada Cayetana Álvarez de Toledo y con el cual Trapiello se siente plenamente identificado. Aunque para él todo empiece y acabe con la literatura. Próspero viento explica su trayectoria política a partir de sus comienzos en el campo leonés, nos informa de sus experiencias editoriales y críticas con hunos y con hotros (como escribiría Unamuno), se inscribe en una filiación y lo más trapiellista de todo, acondiciona un espacio con las vigas a la vista donde el autor se presenta, se busca, se pregunta, se defiende, se pelea, se reconcilia, se confiesa… y nos conduce, en definitiva, a su manera de vivir y de entender España. Que sea la nuestra o no, ya es cosa muy distinta.                                                                                                 

 Ana Caballé es escritora, crítica literaria y profesora universitaria.

Andrés Trapiello en 2010. Wikimedia

Ficha técnica

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