Todo por la Patria

La niebla y la doncella

LORENZO SILVA

Destino, Barcelona

355 págs. 16

Cuatro años después de crear a sus guardias civiles de ficción Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro en la novela El lejano país delos estanques, Lorenzo Silva vuelve a retomarlos en La niebla y la doncella. Entre estos dos títulos, la pareja de la Benemérita protagonizó en el 2000 El alquimista impaciente , con el que Silva obtuvo el Premio Nadal.

El primer libro de la serie constituyó en su día un golpe de aliento al género policíaco español, muy debilitado tras el auge que experimentó en la década de los ochenta. Silva, además, intentaba crear una novela criminal autóctona, lejana a los patrones extranjeros, importados de la novela negra estadounidense, en los que el detective privado ostenta en la ficción un protagonismo que nunca le ha dado la sociedad española real.

Ajenos a esa moda, el sargento Bevilacqua y la guardia Chamorro pertenecen a una institución de tanta raigambre nacional como la Guardia Civil e investigan crímenes perpetrados lejos de las grandes ciudades, fuera de las metrópolis que han servido tradicionalmente de escenario a la novela negra norteamericana. Silva se decanta claramente por reflejar lo que ocurre en el ámbito rural de la España de hoy en día, algo que en los años sesenta también había hecho Francisco García Pavón en su serie sobre Plinio, jefe de la policía local de Tomelloso.

El lejano país de los estanques transcurría en una urbanización turística mallorquina, El alquimista impaciente en el entorno de una ciudad anónima de provincias –presumiblemente manchega–. Y La niebla y la doncella lleva al sargento Bevilacqua y a la guardia Chamorro –ya ascendida a cabo– hasta la isla canaria de La Gomera, donde investigan el asesinato de un joven drogadicto.

En esta tercera entrega el autor concede más importancia a los personajes que a la acción detectivesca, lo que la convierte en la mejor de la serie. Silva se decanta en esta ocasión por las relaciones personales entre el brillante y culto Bevilacqua –cuarentón separado y con hijo–, su fría y siempre fiel compañera Chamorro y la sensualmente brava guardia Anglada, también cabo. Ello le permite dotar a la novela de un soplo de vida inusual en este género.

Chesterton ya advirtió que los policíacos [tradicionales] son «una clase de relatos donde la técnica es casi toda la tramoya». Esa tramoya pesaba demasiado sobre las otras novelas de esta pareja de guardias civiles. Los asesinatos anteriores, de macabra carga sexual, eran excesivamente barrocos, por lo que la búsqueda del desenlace sorprendente obligaba al autor a centrarse en la carpintería de las narraciones en detrimento de los personajes –sobre todo de los secundarios–, convertidos en meros instrumentos de la acción, arquetipos de cartón piedra cuya única función consistía en hacer encajar el rompecabezas que conduce invariablemente hasta el asesino.

Eso se ha corregido en La niebla y la doncella , donde el escenario también está más cuidado mediante acertadas descripciones de los inquietantes paisajes canarios, lo que ayuda a potenciar la crisis de soledad por la que atraviesa Bevilacqua. Por primera vez, este personaje se implica en el relato, deja ver su factor humano, en lugar de limitarse a demostrar su pericia para descubrir la identidad del criminal.

El hecho de que el narrador de la serie sea el sargento protagonista permite al novelista ofrecer una visión masculina del mundo, en el que la mujer está cobrando un papel cada día más relevante. Para potenciar las dotes deductivas de Bevilacqua, Silva utiliza como contrapunto a la cabo Chamorro, juego literario no exento de algunos excesos: por ejemplo, sorprende que una guardia astróloga y universitaria jamás haya oído hablar del silbo canario (pág. 103).

Pero no es ese el mayor problema de La niebla y la doncella, sino la pérdida del ritmo narrativo por culpa de continuas digresiones intelectuales entre los personajes principales, que en vez de enriquecer la novela únicamente la engordan. En ese esfuerzo por aumentar la paginación proliferan los diálogos pedantes, como cuando Bevilacqua alude a la «expresión que Kafka usara a propósito de Kierkegaard» (pág. 79), sus referencias a Jung y Freud (págs. 146 y 148) o la clase de filosofía del amor que propina a Anglada parafraseando a Jacques Lacan (pág. 232). Un discurso del que también se contagia Chamorro, quien en un ataque de listeza descubre bajo un pensamiento de su jefe la huella de Heisenberg, «el padre de la física de partículas» (pág. 133).

Llaman también la atención los esfuerzos de Silva por pintar una Benemérita idílica, lo que resta credibilidad al relato. En La niebla y la doncella los agentes que patrullan de noche La Gomera se entretienen jugando al ajedrez (pág. 13), los guardias se declaran fans del grupo musical Ska-P y de su tema «Romero el madero» (pág. 89), leen a Conan Doyle (pág. 105) y, en el caso de la cabo Anglada, se bañan en top-less con absoluta naturalidad: «Lo siento, pero hace muchos años que no uso la parte de arriba» (pág. 207).

Es cierto que algún personaje del Cuerpo vierte leves críticas contra los políticos que «meten mano en el dinero de los huérfanos» (pág. 211), en clara alusión a Luis Roldán, pero Bevilacqua sale rápido al quite y les echa un capote. El mismo Bevilacqua que, exento del síndrome del País Vasco, resume su estancia en el polémico cuartel de Intxaurrondo con una cita del fundador de la Guardia Civil: «Está bien probar eso que dice el Duque [de Ahumada] en su cartilla: Sereno en el peligro» (pág. 66).

Ficha técnica

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