La ilusión de una heroína

Hotel Astoria

PEDRO ZARRALUKI

Anagrama, Barcelona, 1997

220 págs.

La última novela de Pedro Zarraluki fue Historia del silencio (Premio Herralde 1994). En aquella novela, el escritor barcelonés ideaba un asunto argumental que venía de perlas a las constantes temáticas y tonales de su narrativa: una pareja que reunía materiales para escribir una historia del silencio. Esa insólita ocupación no disimulaba su naufragio vital, ni su frivolidad hiriente. Zarraluki investigaba allí la cara oculta de una felicidad de plástico. Como resorte esencial de su poética. Zarraluki nunca descuida un humor ácido, milimétrico. Así va modelando sus personajes hasta dejarlos, sin que casi nos demos cuenta, existencialmente desnudos. En cierta manera, en la reciente Hotel Astoria las cosas que ocurren adquieren desde el principio un tono de comedia negra, con ráfagas de humor medidas, hasta que poco a poco el paisaje humano que recrea se va definiendo. Se agrava la atmósfera, la trama muestra un juego paulatinamente cercano al estupor, las siluetas de los muchos personajes que entran y salen de la novela van dejando una estela matemáticamente pensada para destacar la personalidad de su protagonista central.

Mediante una voz en tercera persona, Hotel Astoria nos cuenta una historia anclada en la Barcelona de posguerra. Resumido, el argumento es el siguiente: hay un hombre llamado don Manuel, dueño del hotel Astoria que se enriqueció con el estraperlo; hay una mujer, Silvia, que se suicida al comienzo de la narración y que fue amante de don Manuel; hay Ana, hija de Silvia, que es una protegida de don Manuel; hay Mario, un elemento de la guardia personal de Franco que representa meridianamente la catadura moral de ese cuerpo; hay Sebastián, chivo expiatorio y antiguo rojo; hay una conjura monárquica, un maletín perdido, algunos asesinatos; París, siempre París como horizonte, y en el centro de toda esta madeja entre gris y ominosa la figura de Ana, la razón moral de esta novela y su razón estética, el mecanismo de representación impecable que la hace sobrevivir como heroína y como metáfora.

Es cierto que en la novela de Pedro Zarraluki el clima de opresión ideológica y de ambigüedad ética que caracteriza la posguerra está presente constantemente. Con ese clima crece la figura de Ana. Incluso de ese clima se alimentan sus sueños y las fantasías de algún otro personaje. Con ese clima triste y a la vez no exento de peligros, Ana construye su destino sin saber exactamente cuál será su contenido final. Pero para Zarraluki lo prioritario no es esa cuestión, que se quedaría en una propuesta histórico-sociológica disfrazada de ficción. Para el escritor barcelonés lo prioritario es el personaje de Ana saliendo a flote en medio de tanta negrura. Saliendo a flote como persona de carne y hueso y como ente novelesco. Como lo fueron para Juan Marsé los contadores de aventis en Si te dicen que caí o Ricardo Prullàs en la última novela de Eduardo Mendoza. En el hotel Astoria pasan cosas que Ana necesita saber e interpretar. Ahí comienza a perfilarse su destino como persona y así comienza a dimensionarse su estatura ficcional. En Hotel Astoria su autor no pierde de vista nunca estas construcciones paralelas. De que ambas se miren y se reconozcan como si lo hicieran en un espejo –incluso algo valleinclanesco– dependía que la novela funcionara como artefacto imaginario. Y Hotel Astoria hace algo más que funcionar, crea la ilusión de una heroína, en perfecto contrapunto con su protector, en paz consigo misma, después de desvelar todos los misterios y las turbiedades que la rodeaban. Se podría reprochar a la voz que relata, un cierto afán pedagógico. Es el único punto de inocencia en una novela que hace tanto para que la inocencia, la verdadera, sea sinónimo de lucidez.

Ficha técnica

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