Piedras que hablan

ÁGUILAS, LISES Y PALMERINES. ORÍGENES Y EVOLUCIÓN DE LA HERÁLDICA ASTURIANA

Carlos López-Fanjul de Argüelles

Trea, Gijón

292 pp.

26 €

Como señala en su prólogo Faustino Menéndez-Pidal, «los emblemas heráldicos tienen un singular atractivo», por su abigarrado aspecto ornamental y su valor estético, y, a la par, porque vienen a evocar un mundo lejano y fascinante de colorido medieval. La heráldica resulta hoy un sistema semiótico enigmático para los profanos –que somos ahora la gran mayoría– y un código vistoso, por otra parte, de esquemáticas imágenes en algunas fachadas de casas nobles y resonancias literarias intrigantes diseminadas en los vetustos libros de caballerías. Como invención de la cultura europea de la Alta Edad Media, la heráldica tuvo vigencia desde el siglo XII hasta el XVII, y fue luego arrumbada como reliquia de un lenguaje arcaizante y nobiliario mal visto en los tiempos aburguesados de la Ilustración. Ese sistema semiótico peculiar, mediante sus emblemas distintivos, en escudos, armas o armerías, había procurado perdurables marcas de identidad a familias y linajes, siendo ante todo, en principio, lo que podemos llamar una carta de presentación, coloreada y pétrea, pero más tarde, ya desde el siglo XV, pasó a ser reinterpretado como una marca de nobleza y alcurnia, al tiempo que se complicaba y recargaba su programa icónico con figuras y contenidos alegóricos, y se usaba como signo de un antiguo y noble abolengo. La clase noble pretendió, en esta etapa tardía, y al margen de su función original, la exclusividad de los usos heráldicos. Así adquirió, luego, una renovada pujanza el uso del blasón nobiliario, incorporando «un contenido alegórico, alusivo a la fabulosa historia del linaje que esos emblemas representaban».

López-Fanjul lo dice muy bien con su habitual precisión: «La heráldica nace en el segundo tercio del siglo XII, cuando distintas modalidades del diseño de signos familiares, propias de diversa zonas geográficas del occidente europeo, se funden en un sistema único. La investigación moderna ha descartado totalmente tanto que este sistema descienda directamente de otros anteriores de la misma procedencia, grecolatinos o germánicos, como que se trate de una continuación de modas orientales, importadas durante las primeras cruzadas. A este inicio, circunscrito al ámbito militar, siguió una extraordinaria fase de expansión (siglos XIII-XIV) durante la cual las armerías se pusieron de moda, por así decirlo, en el conjunto de la sociedad civil. Esto se debió tanto a su valor estético como a su utilidad práctica, porque en ese período el sistema heráldico fue capaz de proporcionar signos de identificación a cuantos precisaron de ellos, sin mayores limitaciones con respecto a la extracción social de sus usuarios».

Desde luego, ya los antiguos guerreros usaban emblemas en sus escudos. Como hacían algunos griegos, y a veces los signos permitían con sus alusiones identificar al portador. Así, en un ejemplo clásico, lo hacen los escudos pintados de los héroes argivos en los Siete contra Tebas de Esquilo. En libros del Medievo hay caballeros con escudos que los identifican al presentarse en un torneo, y otros que se inventan o fabrican emblemas falsos o cubren sus marcas para despistar a sus adversarios. Pero la heráldica significa la adopción de un sistema semiótico fijo, y su difusión en toda la Europa cortés, y eso sucede en el siglo XII, y el léxico bien fijado en esta emblemática nos hablan muy claramente de sus orígenes en la Francia medieval. Y el desarrollo de la misma es un fenómeno de gran interés histórico y muy significativo de una época.

Pero, evidentemente, el gran mérito de esta obra es el inventario completo de los emblemas de la región asturiana y su análisis minucioso de los orígenes, extensión y evolución de los mismos. Partiendo del repertorio armorial de Tirso de Avilés, Armas y linajes de Asturias, de 1590, y contando con estudios modernos paralelos, como los de Martín de Riquer sobre la heráldica catalana (1983) y castellana (1986), López-Fanjul ha elaborado este excelente estudio, que me parece admirable y ejemplar, tanto por lo completo de sus numerosos datos, recogidos de estudios anteriores, pero también en gran parte de una investigación personal de muchos años (en el rastreo de labras de toda la región, por ejemplo), como por la presentación de su contenido. No intentaré aquí exponer en conjunto ni en detalle su programa; basta constatar que revela por sí mismo un orden sistemático y un plan muy lógico, pues comienza con un análisis en dos capítulos muy instructivos y precisos de «Esmaltes y figuras» y «Escenas heráldicas», y concluye –tras un examen concreto de numerosos emblemas– con los dedicados a «La inspiración y los usos heráldicos» y «Las fuentes de la heráldica asturiana». Hay que agradecer esa claridad expositiva tanto por su carácter didáctico inicial y su progresión en los varios temas, como por la multitud y precisión en los ejemplos concretos analizados.

De ahí que el libro pueda ser, pienso, muy atractivo para dos tipos de lectores posibles. De un lado, para aquellos que quieran iniciarse en ese código heráldico, y su sentido histórico, llevados por la afición al mundo medieval o los lenguajes simbólicos (como es el caso de quien esto escribe). Por otro, desde luego, para los especialistas en este campo, que van a encontrar en este amplio repertorio un corpus simbólico muy bien ilustrado y comentado de todos los escudos y apellidos más ilustres del Principado. Resultará, pues, un texto de referencia y consulta por su información y documentación, finamente organizada y analizada, con sus detalladas y sugestivas referencias a todo su contexto histórico, contexto en origen local, pero de antiguos prestigios y muy larga tradición. Para concluir, pero no en último término, conviene destacar, por una parte, como ya he dicho, el orden sistemático del estudio en su conjunto, pero, a la vez, la claridad de la exposición, sostenida por una erudición que se revela no sólo en las muchas y puntuales notas a pie de página, sino también en las citas literarias que encontramos de cuando en cuando, testimonio de muchas lecturas. En su investigación queda de relieve la perspectiva científica y analítica del autor, entrenado en otras áreas científicas, pero también –como atestiguan esas citas y referencias tan varias y finas– aquí se muestra la mirada crítica de un historiador con terso y personal estilo.

Ficha técnica

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