La compañera Q se presenta ante ustedes

El desdichado final de la compañera Q. Cinco tentativas sobre el uso público de la razón

Antonio Valdecantos

Madrid, Guillermo Escolar Editor, 2026

212 págs.

Sería muy extravagante negarlo: la aptitud para el compromiso y la sujeción a la correspondiente disciplina son imprescindibles para el éxito de la mayor parte de las tareas humanas y acaso para la supervivencia misma. Alguien incapaz de comprometerse con nada o de guardar lealtad a sus compromisos no encontraría a nadie que lo tomase por persona de fiar y sería objeto de las más variadas clases de desprecio. Sin embargo, ni todas las tareas humanas están fundadas en el compromiso ni tampoco el éxito es cosa que deba procurarse siempre. En una ingente cantidad de quehaceres (puede que en la mayoría de ellos, cosa que es prudente callar), la habilidad para fracasar debería recomendarse como la más admirable de las pericias. Si el mundo es soportable, lo es por los fracasos (los ajenos tanto como los propios) mucho más que por los éxitos.

Pero siempre cabrá encontrar una ocupación (al menos una) en la que la asunción de compromisos y la tenacidad en su observancia no deban tomarse por virtud, sino por todo lo contrario. Me refiero al pensamiento, aunque no a actividades que a veces se vinculan con él, como hacer campaña en pro de fines justos, simpatizar con movimientos de opinión contrarios a personas o cosas crueles, fastidiosas o antipáticas, o combatir el mal gusto, la arrogancia, la confusión o la malicia. Todas esas tareas son muy dignas de elogio y, sobre todo a ojos de la juventud, conviene enaltecerlas, a pesar de que casi siempre logran, como las demás acciones humanas, resultados irreconocibles. Lo esencial, sin embargo, es que pueden ejecutarse sin pensar demasiado y a veces de manera instintiva. Aun siendo quizá el pensamiento el empeño más memorable que pueden acometer los animales humanos, no todas las cosas serias tienen mucho que ver con él, y además puede ir unido a propósitos nada nobles ni hermosos. No siempre el bien necesita del pensar, pero el mal sí, por lo menos en muchas ocasiones. Lo hará, con frecuencia, a través del malentendido, de cuya colaboración, por cierto, el bien tampoco se libra apenas nunca.

A lo anterior se responderá que, si el pensamiento lo es de verdad y se ejerce en serio, desembocará, más tarde o más temprano, en la adhesión a alguna causa justa (¿qué es la justicia, se dirá, sino lo que se atiene al recto pensar?), y que, cuando una tarea colectiva esté realmente inspirada por el amor de lo justo, participar en ella implicará el más cuidadoso ejercicio del pensamiento (¿qué es este, se proseguirá con naturalidad, sino la atención justa a lo que las cosas exigen?). A quien afirme lo anterior puede que se le ocurra añadir, en un rapto de inspiración, que la justicia sin pensamientos es ciega y los pensamientos sin justicia son vacíos, una sentencia ante cuya rotundidad muchos oyentes quedarán acobardados. Lo que suele llamarse filosofía no habría existido sin la propensión a dar por buenas tesis como estas, y tampoco sin la sospecha de que ni pueden ser creídas ni es nada fácil dejar de proclamarlas. En realidad, la filosofía ha consistido muy a menudo en sostener afirmaciones así, aunque con la íntima convicción de que son falsas y de que solo se profieren para sobrevivir, algo que el buen entendedor comprenderá gracias a su habilidad para interpretar gestos y leer entre líneas.

En el apéndice titulado «El caso Manrique» de Las semanas del jardín, uno de los mejores libros escritos en castellano en el siglo XX, y que no mucha gente ha leído, desplegó Ferlosio toda una teoría de la feliz alienación que al poeta le sobreviene cuando puede decirse que «la lira se le fue irresistiblemente de las manos», cuando se pone de manifiesto que «no son ya los dedos del poeta los que hacen vibrar las cuerdas de la lira, sino estas las que mueven los dedos del poeta contra su voluntad» y cuando, en fin, se atiende a «unos labios que a sí mismos se desmienten, una voz que a sí misma se destruye, confutando, sin quererlo y sin saberlo, con los acordes de la lira, el propio argüir de sus palabras, el afirmar de sus razones, el valorar de sus figuras». Nunca es tarde para ver con claridad que aquí radica no solo la sustancia de la poesía, sino también la de cualquier tarea que merezca la pena y, desde luego, la del pensamiento. En otros lugares he tratado de exponer esta idea de una palabra y una actuación que cabría llamar quirófugas (es decir, que se van de las manos o huyen de ellas), las cuales proporcionan la mejor alternativa que cabe erigir frente a la tediosa superstición del compromiso.

Pensar no consiste en adoptar compromisos ni en mantenerlos, sino en romper los ya asumidos y en buscar cuidadosamente todas las ataduras a que se está sujeto, descubriendo que la mayor parte de ellas no son dignas de estima y que habría que soltarlas o darles un tajo, cosa no siempre posible. Pensar es, entonces, deshacer vínculos (lo cual llevará a anudar otros nuevos, que darán ocasión, ya sabemos cómo, de seguir pensando) y, sobre todo, disuadirse de la ilusión de que los lazos imposibles de aflojar cuentan con toda clase de razones y de autoridad en su favor. No consiste en descubrir el orden detrás del desconcierto, sino en mirar con lucidez al disparate sin reconciliarse con él y sin bendecirlo, y, sobre todo, sin persuadirse de que uno y los que son como uno, es decir, los buenos y los justos, y los colocados en el lado correcto de la realidad o de la historia, disponen de una alternativa mejor, que merece ser tomada como norma de actuación. El mundo está tan mal hecho que las alternativas con que cuenta son todavía peores que él, y esto (que de ninguna manera lo hace bueno, sino que lo envilece hasta el extremo) lo piensa a menudo todo aquel que se ha dedicado alguna vez a la filosofía, aunque rara vez lo haya proferido en público.

Algo se dice de la compañera Q —cuya vida acaba muy mal y que seguramente se ha ganado a pulso su desgracia— en este libro escrito en distintas épocas y aturdido por varias clases de espectáculos desapacibles, pertenecientes a lo que se acostumbra a llamar actualidad. La compañera Q no ha sido asesinada a causa de sus opiniones, sino de sus hábitos, es decir, por no practicar el modo de vida que le correspondía. «Atente a cierta manera de vivir y todo lo demás se te dará por añadidura»: este es el lema que mucha filosofía contemporánea podría hacer suyo con el mayor placer y aquí radica el vicio principal del pensamiento de nuestros días. Siempre ha sido falso —pero ahora lo es mucho más— eso tan biensonante y halagador de primum vivere, deinde philosophari. Allí donde vivir es lo primero, lo habitual es que sea también lo último y que la necesidad de filosofar no se haga presente en ningún momento. Cuando se cree que la manera en que uno vive es y debe ser el fundamento de lo que piensa, ya se ha dicho todo sobre lo que se espera del pensamiento, el cual se reducirá de ahí en adelante a decir que sí y a acomodarse al curso de las necesidades, de los prejuicios y de los caprichos. Solo falta un paso para proclamar lo que en verdad se quería, que era la bondad del compromiso con uno mismo y, sobre todo, con su tiempo. Poca gente habrá que se rebele contra tópicos tan bien fortificados, pero esa sublevación es la primera condición del pensamiento. La filosofía es imposible sin maldecir cómo vive uno y, sobre todo, sin profesar ninguna estima al tiempo que a uno le ha tocado vivir, es decir, sin perder todo respeto a lo que recomienda la mayor parte de los ideólogos y propagandistas de esta época tontiloca.

Los tiempos modernos son aquellos en los que la opinión y la novedad reclaman con éxito el monopolio de la atención (bajo una forma, eso sí, muy degradada, de lo que se llama atención). Para que eso sea posible, es necesario que ocurra algo bien frecuente en la modernidad pasada: que las novedades sean el botín de un enjambre de insaciables opiniones encabritadas y que nunca falten opiniones nuevas, prestas a ensordecer todos los oídos con el estrépito de lo recién inventado. Sin embargo, ninguna de estas condiciones parece ya cumplirse. Es cierto que los acontecimientos tenidos por históricos no cesan de proliferar, aunque suelen ser demasiado siniestros para suscitar una animada charla o demasiado tediosos para que alguien eche de menos el parloteo. Mientras que de Reagan y del internet se opinaba hasta la saciedad, con Trump lo único que cabe es cruzar los dedos y, con la inteligencia artificial, bostezar y cambiar de conversación. Y, cosa que aquí importa más, apenas nunca podrán hallarse opiniones nuevas bajo el sol. Lo que aún se llama opinión pública se reduce a pronunciamientos que no cesan de repetirse (en el sentido estrictamente digestivo de la palabra) y que cualquiera habría podido predecir antes de su emisión.

Es, en verdad, una tarea de locos entregarse a la repetición compulsiva de fórmulas mil veces enunciadas y, al mismo tiempo, persuadirse de que son novedades espontáneas y gritarlas como tales, pero a este proceder llamamos en nuestros días uso público de la razón, y no parece que encontremos nada de asombroso en ello. Sin duda resulta muy poco grato descubrir de pronto que la ideología de uno es un dispositivo concebido para reiterar hasta la saciedad fórmulas desabridamente recalentadas convenciéndose de que son prodigios de la inteligencia y espejos de la virtud, pero no arredrarse ante ese incómodo descubrimiento debería ser la principal tarea de cualquiera que presumiese de tener uso de razón.

Antonio Valdecantos es autor de una veintena de libros de pensamiento y ensayo, entre los que pueden mencionarse Verdad, juego y libertad, El complot de los elementos, La modernidad póstuma, La clac y el apuntador o La fábrica del bien. El más reciente, El desdichado final de la compañera Q, apareció en febrero de 2026. Actualmente enseña filosofía política y corrientes actuales de la filosofía en la Complutense.

Mujer absorta en el móvil. Imagen de Victoria Wang
Mujer absorta en el móvil. Imagen de Victoria Wang

Ficha técnica

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