Fe, familias y fábulas

La belleza de los lirios

JOHN UPDIKE

Tusquets, Barcelona, 1998

Trad. de Jordi Fibla

464 págs.

Basta enumerar sucesivas generaciones de una familia para que surja el embrión de una historia: empiezan a cobrar sentido los que fueron y los que son, lo que fue y es, lo que pudo ser y no fue y la esperanza o el temor de lo que será. Y existirá, a elección del narrador, un punto de partida, un privilegiado episodio originario, mítico. La belleza de los lirios (In the Beauty ofthe Lilies, 1996), de John Updike, se inicia en 1910 con una caída, durante el rodaje de una de las primeras películas: la estrella juvenil Mary Pickford se desmaya bajo el peso del calor y el olor a quemado de las máquinas del director D. W. Griffith, y, en el mismo instante y en la misma ciudad de Nueva Jersey, ocurre otra caída: el hundimiento inmerecido del párroco calvinista Clarence Wilmot, que sufre un desdichado milagro, la tremenda revelación de que Dios no existe.

Así empieza La belleza de los lirios, historia de cuatro generaciones de la familia Wilmot: la fe abandona al párroco, que, abatido por la funesta punzada de la ausencia de Dios, habrá de vivir sin la bendición divina en un universo repugnante, el nuevo siglo XX . La apostasía será una herida, un fracaso, una vergüenza. La pérdida de la fe es una conversión, una mutación, una transformación en monstruo: Wilmot padece una obstrucción de las cuerdas vocales, no puede predicar, se le cierra la garganta, enmudece. Si habla, envenena a los que creen todavía. Peder la fe es perder la voz, la profesión, la casa, la vida.

John Updike ha escrito una fábula sobre la ilusión y la credulidad en el siglo XX, de 1910 a 1990: el motivo que entrelaza las vidas de Wilmot, su hijo Teddy, su nieta Essie y su bisnieto Clark es la fe; o, más exactamente, la necesidad de una fe o una serie de historias que sirvan de fundamento a la comunidad. El hijo del párroco asumirá como una maldición o una infección, como una condena al sinsentido, la apostasía de su padre, y coleccionará cromos para poseer un mundo en orden, papel numerado, antes de cobijarse estrictamente en el refugio de su familia y su ciudad, cartero que visita casas en orden. El caos universal lo vislumbra a través del cine, fugaz y espasmódica luz polvorienta, visión de la vida interminablemente cruel mientras la gente se muere de risa siguiendo a Chaplin o Lon Chaney de desastre en desastre: carcajadas, cadáveres y monstruos, miedo y olvido. Las películas dicen que la vida es espectáculo, ilusión, un cuento que aturde y desaparece, misericordioso. Es la nueva fe, el cine, que arrebatará a su hija Essie.

Una voz que nunca dice yo, pero juzga y opina sutil y piadosamente, cuenta los cuatro capítulos de Labelleza de los lirios: cuatro capítulos con el nombre de los cuatro protagonistas, Clarence, Teddy, Essie y Clark, del bisabuelo al bisnieto. Updike sigue la trama familiar: de la estricta religiosidad calvinista al mundo idólatra y ególatra del cine dos religiones. Essie, nieta del párroco renegado, se convertirá en Alma DeMott, diosa de Hollywood, heroína de películas con Gary Cooper, Clark Gable, William Holden, Bing Crosby, Paul Newman y Steve McQueen. La historia de Estados Unidos y el resto del mundo en el siglo XX se funde con las peripecias de los personajes, como en las primeras novelas de John Dos Passos: campeonatos de boxeo y béisbol y tenis, inundaciones, revoluciones, invasiones, los gansters de Chicago y el naufragio del Titanic y la quiebra de la Bolsa de Nueva York, dos guerras mundiales, el biquini y el topless, pasan como un nacimiento, una boda o un funeral en casa de los Wilmot.

El vuelo sin escalas de Charles Lindbergh sobre el Atlántico decide el matrimonio y la vida de Teddy Wilmot. La locura del Vietnam marca indirecta y fatalmente el destino de Clark, el hijo malcriado de la estrella de cine. Y nadie puede explicar nada, por qué estalla o acaba una guerra, o por qué la nieta del párraco se gana la gloria cinematográfica. La vida se parece a la mente de Clark, quemada por el ácido lisérgico, sucesión de muchas películas rápidamente entremezcladas a demasiada velocidad, como la estrepitosa historia universal, una pantalla por donde corren los ratones de Disney, Hitler, la guerra en España y China, los coches Ford, el coche-cohete que rompe la barrera del sonido, los primeros misiles soviéticos. Pero la estrella Alma DeMott, cuando quiere llorar ante la cámara, se concentra en la historia íntima y mínima de su familia.

Entonces llega la venganza de la fe despreciada. Cuando el bisabuelo confesó haber perdido la fe, la bisabuela dijo: la fe es algo que construimos nosotros, una costumbre. Updike parece tener una concepción de la fe y la religiosidad semejante a la de T. S. Eliot: la fe como acuerdo o contrato social, como tradición laboriosa y conscientemente asumida para vivir en comunidad. El capítulo final de La belleza de los lirios cuenta otra huida, otra renuncia al apellido heredado de la familia, otro cambio de personalidad: Essie fue Alma, y su hijo Clark será Esaú, el que no tuvo la bendición de su padre. Si la fe deja de ser costumbre y tradición, la fe es devoradora, secta asesina. Clark cumplirá su destino de heredero de los Wilmot en el Templo de la Fe Pura y Verdadera, un rancho místico, donde, entre hermanos y hermanas espirituales y balidos de oveja, un arsenal de ametralladoras espera el Día del Ajuste de Cuentas anunciado en el Apocalipsis.

Los más sabios de la familia le habían avisado: el tío sensible, funcionario de la CIA, le anunció la fe en un país loco y manirroto y envidiable, Estados Unidos; el abuelo lamentó en sus cartas que la gente hubiera perdido el leal sentido comunitario de antaño. John Updike piensa que las novelas, como todos los cuentos, deben aliviar el dolor del paso del tiempo buscando un sentido en común que quizá sólo sea la crónica de con quién estábamos cuando sucedían las cosas y se sucedían las horas. Las vidas se llenan de sentido (se convierten en destino) cuando son contadas: contar un cuento es una acción colectiva; funda una colectividad, aunque sea minúscula y transitoria: el narrador y su auditorio. La belleza delos lirios ilumina el significado de toda la obra de John Updike (1932): ahora es más clara la imagen final de aquella novela suya que acababa con una iglesia consumida por el fuego y la veleta de hierro intacta entre las cenizas para seguir señalando una dirección.

Ficha técnica

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