Los cuatrocientos golpes

Juvenilia

Miguel Cané

Periférica, Cáceres

La obra de Miguel Cané se compone de ensayos, reseñas, relatos de viajes, memorias y narraciones breves, un conjunto que podríamos llamar, usando uno de los títulos de sus libros, «prosas ligeras». Como Sainte-Beuve, a quien admiraba enormemente, Cané relacionaba la literatura con el arte de la conversación y, por consiguiente, con la urbanidad; no en vano, otro de sus libros se llama Charlas literarias, una alusión ­directa a las famosas Causeries del crítico francés. La concepción era típica de su época. Cané, que fue abogado, político y diplomático, perteneció a la llamada generación del ochenta de la literatura argentina, marcada por escritores diletantes que se desempeñaron en diversas funciones públicas. «No ha existido en nuestro país generación que haya ido a la muerte y al olvido más dulcemente», dice uno de sus primeros antólogosLuis M. Baudizzone, Los conversadores, Buenos Aires, Emecé, 1942.. Por su parte, Cané era consciente, como expone en un ensayo sobre Domingo F. Sarmiento, de la distancia que lo separaba de las «figuras titánicas» de sus predecesores. Pero esa distancia no le impidió escribir uno de los clásicos de la literatura argentina, Juvenilia.

Novela autobiográfica o autobiografía novelada, Juvenilia se publicó por primera vez en 1880 y desde entonces ha recibido la admiración de un público amplio, que se renueva periódicamente con la inclusión del libro en bibliografías escolares. La materia es el paso de Cané por el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde estudió como pupilo en la década de 1860, cuando la institución era aún «un caos de organización interna». Ya en la primera página, el autor dice que escribe sus recuerdos movido por «la presión ingrata de la nostalgia», pero el tono es menos apesadumbrado que dueño de una traviesa ironía. La obra presenta además el encanto de lo incidental, lo fragmentario; las escenas se caracterizan por su brevedad y la escritura por su enérgica concisión. Si Cané habla de «las enormes dificultades que se presentan al que quiere escribir con sencillez» (p. 9), su amenidad como narrador es testimonio de que logró superarlas.
En términos de géneros literarios, Juvenilia no tiene precedentes en la literatura argentina. Aunque Sarmiento había escrito sobre su niñez en Recuerdos de Provincia, lo hizo en clave polémica y política, en contra de la tiranía de Rosas. Cané explora una veta más intimista, donde lo que importa es la anécdota personal, la chispa de la frase y el desparpajo narrativo. Hay algo de picaresco en su acumulación de episodios, y la crítica ha emparentado el libro con el Buscón de Quevedo; pero probablemente no haya que ir tan atrás. Juvenilia entronca antes con los folletines que, en capítulo dedicado a las lecturas extracurriculares, Cané dice haber devorado de chico. El autor era además devoto de Dickens y David Copperfield, cuyo impulso autobiográfico despertó su interés. Pero, fundamentalmente, como buen latinoamericano de entonces, Cané era lector de novelas francesas; sin duda hojeó Le Petit Chose de Alphonse Daudet, acerca de las experiencias del autor como escolar y maestro. La influencia de esa tradición se manifiesta también en el epígrafe de Sainte-Beuve que lleva el libro y, más adelante, en una frase clave: «Me falta una fuerza esencial en el arte literario, la impersonalidad» (p. 8). La confesión apunta al naturalismo de Zola o Maupassant, tan en boga por aquellos días.

Los nervios del Juvenilia hay que buscarlos, de cualquier manera, no en sus teorías literarias, sino en las aventuras o «calaveradas» que llevan a cabo los muchachos en el colegio. En realidad, decir «en» el colegio no es del todo exacto, porque uno de los objetivos principales de los alumnos era escaparse, sobre todo de noche, para «hacer una vida de vagabundos por la ciudad, en los cafés, en aquellos puntos donde Shakespeare pone la acción de su Pericles, y, sobre todo, en los bailes de los suburbios» (p. 34). Shakespeare ambienta gran parte de Pericles en un burdel, pero el decoro de Cané no le permite pasar de esta mención oblicua. Seguimos a los alumnos, eso sí, a los bailes suburbanos, y entre los mejores capítulos figuran los dos que relatan una evasión para allegarse a cierta fiesta de arrabal en la que uno de los chicos tiene una «enamorada». Pronto se sumergen en un «océano de valses, polkas y mazurcas» y beben cerveza «con una frecuencia alarmante para el porvenir» (p. 120): el porvenir significa el final de la verbena, cuando regresan al colegio borrachos, en plena noche cerrada, montados de a cuatro en un caballo que acaba cayéndose en una zanja.

Puertas adentro, la conducta no era mucho mejor, lo que vuelve la lectura muy entretenida. Cané narra la «revolución» que él y sus compañeros hicieron en contra de un vicerrector y por la que fue expulsado esa misma noche «con todos mis petates» (lo readmitieron cuando pasó con honores los exámenes de fin de año). Nadie se sorprenderá al comprobar que a mediados del siglo xix imperaba el castigo corporal, pero es asombrosa la energía con la que los alumnos debían responder a los embates docentes. Amedé Jacques, el maestro más querido del colegio, no estaba por encima de un encontronazo como el siguiente, después de perder la paciencia con un alumno difícil: «Jacques debutó por un revés, que fue hábilmente parado […]. Despreciando los golpes artísticos, comenzó lisa y llanamente a hacer llover sobre Corrales una granizada de trompadas, bifes, reveses, de filo de plano, de punta» (p. 62). El humor de Cané contrarresta la violencia de lo narrado, como sucede en un episodio muy parecido, visto por los ojos del maestro, de Le Petit Chose.
Juvenilia ha sido comentado y leído de muchas maneras. En su meticulosa edición crítica de 1932, Américo Castro lo llamó, sin duda pensando en escenas como la anterior, «un trozo de prehistoria pedagógica», e instó a los lectores a considerarlo con seriedad moral. Sesenta años después, en At Face Value, un magistral estudio sobre la escritura autobiográfica en Latinoamérica, la crítica Sylvia Molloy cuestionó las implicaciones ideo­lógicas del libro, que al fin y al cabo relata los desmanes de una élite y puede interpretarse como un documento de la fricción entre distintas clases sociales. Que dos lecturas tan distintas sean posibles no sólo habla de los propósitos de los comentaristas, sino además de la riqueza de Juvenilia; pero debería ser posible sortear la tendencia a identificar en él moralejas de carácter didáctico o político. Hay tantas buenas frases, tantos pasajes memorables, que su éxito es sobre todo estético. Esta edición pequeña y deliciosa de Periférica, compuesta y encuadernada con esmero, invita justamente a disfrutar del placer del texto. 

Ficha técnica

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