Humanismo solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea
Remedios Sánchez García (introd.)
Madrid, Visor, 2014
228 pp. 14 €

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El humanismo solidario, una «corriente de pensamiento literaria y artística» que reivindica el compromiso social, cuenta con un sitio web, una hoja de ruta, un manifiesto y una serie de publicaciones que apoyan la idea de «rescatar la escritura de su silencio sórdido para sacudir el envaramiento de un sistema social impasible». Con introducción de la profesora Remedios Sánchez García y selección poética de Marina Bianchi, Humanismo solidario es quizás el intento más cabal de dar a esa idea un conjunto de voces españolas, hispanoamericanas y del Magreb hispanoparlante, reuniéndolas en una variada antología de poesía contemporánea: en total, medio centenar de poetas nacidos entre los años cincuenta y ochenta del siglo pasado, a los que aúna no tanto una estética como una ética o concepción de la palabra.

En la introducción, Sánchez García, citando a Alberto Torés, puntualiza que la antología se estructura en torno a «la heterodoxia estética» de quienes «asumen el uso de la palabra como obligación social bajo los irrenunciables principios del compromiso y el comportamiento ético, sin estar sometidos a ideología, filosofía, política o religión alguna». La fórmula abre espacio para la duda (¿no es el hecho de aspirar a liberarse de ideologías una utopía ideológica?), pero la antóloga deja muy claro cuáles son los modelos poéticos que el grupo toma como paradigmáticos: cerca de nuestro tiempo, está la llamada «poesía de la experiencia» y, más atrás, voces como José de Espronceda, César Vallejo, Antonio Machado, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Octavio Paz, Ernesto Cardenal y Juan Goytisolo, nombres que practican o practicaron, a entender de Sánchez García, un «eclecticismo y libertad en forma y fondo solamente marcado por la concepción de que el escritor debe comprometerse con la realidad de su tiempo». Repasando la lista, se ve que hay espacio para un amplio espectro político: Paz estaba bastante a la derecha de Neruda, y Ernesto Cardenal, un sacerdote católico (sometido a la religión, es de suponer), hasta participó en el Frente Sandinista de Liberación Nacional. 

Pero esas particularidades individuales son detalles ante la idea general, e incuestionablemente cierta, de que cada uno de los «modelos paradigmáticos» prestó atención, tanto en su poesía como en su labor ensayística, a la realidad social que lo rodeaba. En ese sentido, quizá los humanistas solidarios que Sánchez García señala como sus sucesores pueden definirse más por la vía negativa que por la positiva. No encontraremos en la presente antología, por ejemplo, formalistas acérrimos, posmodernos puramente lúdicos, ni nihilistas que desprecien «el compromiso con el ser humano». Incluso si el objetivo declarado de la antóloga es no «desdeñar a los autores capitales de diversas nacionalidades que representan distintas –y siempre valiosas, conste– maneras de entender la poesías», en vano se buscarán aquí, digamos, epígonos hispanoamericanos de Emil Cioran. Y los lectores que se espanten ante las barbaridades que a veces escribía un Ezra Pound se sentirán con los presentes muy a gusto. 

Aunque con buenas intenciones en cuanto a los propósitos de los poetas, la selección nos lleva a plantearnos una pregunta central acerca de la tarea de cualquier antólogo: la pregunta por el valor. Podemos dar por supuesto que, si de verdad practican lo que profesan, todos los poetas incluidos en estas páginas son buena gente. Pero, ¿son todos buenos poetas? Marina Bianchi dice que su primer criterio de selección fue «la reivindicación del compromiso ético con la realidad y la vida» y «en segundo lugar, se le ha sumado el estético» (la cursiva es mía). Para los lectores, la desafortunada consecuencia de ello es que aquí hay poetas buenos, poetas del montón y poetas de una cursilería implacable. Uno le desea lo mejor a quien escribe: «Acumulo tan solo / el valor necesario para seguir viviendo / bajo la protección de la alegría»; pero no se alegra de leerlo. Y tampoco se alegra de leer una frase como: «ahora se los [sic] platico a ustedes». En un registro escrito, se agradecería más atención a la normativa que rige el uso del objeto directo y el indirecto.

La diversidad de la antología suple esos lapsus, y lo cierto es que, entre los ciento y pico de poemas recogidos, encontramos maneras logradamente poéticas de hablar de las duras realidades contemporáneas. Tampoco hay en ello nada de sorprendente: la poesía no está reñida con la observación social o con la política. Al menos desde la modernidad, sabemos que el género poético no se define por su tema sino por elementos más inaprensibles, como su densidad semántica, su ritmo interno o su potencial metafórico. Y no es sólo que no existen temas intrínsecamente poéticos. Ante el dolor de los demás, es perfectamente posible escribir poesía. La salvedad sería que, de alguna forma, el poema deberá tener en cuenta el peso de lo terrible, como contemplaba en parte Yeats al hablar, precisamente, del nacimiento de «una belleza terrible». Sánchez García no considera esta cuestión, pero los poemas más provocadores de la antología, diría yo, son los que identifican esta difícil dialéctica entre el hacer poético y la indignación o el registro de atrocidades. 

Un buen ejemplo es Luis García Montero (Granada, 1958), conocido exponente de la «poesía de la experiencia», que aquí aparece con dos poemas recientes (supongo que lo son, ya que una de las carencias de la antología es no dar las fechas de composición): «La farsa» y «Poética». El primero consiste en una serie de variaciones sobre la frase «Son malos tiempos para la justicia» («Son malos días…», «Son malos meses…», etc.), entre las que se enumeran injusticias diversas («los tribunales / se han sentado a cenar en la mesa del rico»). A primera vista, el poema es casi una letanía, pero las variaciones introducen un diálogo entrecortado, que acaba en una significativa resignación: «El poeta no encuentra / las palabras que quiere para decir la verdad, / reparación, historia, / porque son malos tiempos». Se reconocen así las limitaciones de la poesía y, al mismo tiempo, se las supera. En «Poética», el poeta se repliega al ámbito de la intimidad, homenajeando el momento en que logra «tener conciencia».

En el polo opuesto estaría Benjamín Prado (Madrid, 1961), que en «El terrorista», poniéndose una máscara en primera persona, construye un poema a fuerza de melodrama léxico y lugares comunes: «Soy un hombre que lleva el infierno en sus manos», etc. La pregunta que surge no es sólo si así hablan los terroristas (yo creo que no), sino de qué manera la poesía esclarece la comprensión que tenemos del fenómeno descrito. Casi se diría que ocurre lo contrario de un esclarecimiento: el salto imaginativo se queda tan corto que no pasa de pura retórica. Y la pura retórica es uno de los enemigos de la poesía. Para comprobarlo, basta asomarse los poemas coloquiales de Luis Bagué Quílez (Girona, 1976), una voz relativamente joven que describe el mundo moderno sin «hacer de» moderno, el asombro cotidiano sin orquestar epifanías rimbombantes; en «Introito», la segunda línea menciona una banalidad como «el eterno dilema –mocca o latte–», pero la asociación de ideas lleva a una calma revelación: «Tantas cosas con haz y con envés / nos lanzan a la cara el guante de la duda / ¿qué demonios /hemos venido a hacer aquí?» Buena pregunta. Y no está nada mal eso de «el guante de la duda», que transmite la idea de reto con una imagen muy efectiva en su contexto, pero nada evidente en su ejercicio cognitivo (la duda no se parece a un guante).

Tiendo a preferir esta poesía del asombro, y en Humanismo solidario encuentro varios exponentes, desde Andrea Cote Botero (Colombia, 1971) –que describe «las cosas / que siempre son más bellas / cuando están a punto de acabar»– hasta Miguel Ángel Zapata (Piura, 1955) –que observa, trivialmente maravillado, como cualquier padre: «La bicicleta de mi hijo rueda con el universo»–, pasando por Nathalie Handal (Haití, 1969), que alaba «la noche / en que no existían muros entre nosotros». Estos y otros similares me resultan poemas menos humanistas o solidarios que, por robarle una frase a Vallejo, poemas humanos, pues no hay nada más humano –menos animal, o vegetal– que asombrarse de lo evidente. La antología contempla también los «grandes temas». Fernando Operé (Madrid, 1956) escribe sobre guerras y resabios de colonialismo («África duele»); Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, 1957) trata de la guerra y el antisemitismo («Me llamaron judío / perro judío); Piedad Bonnet (Amalfi [Colombia], 1951) alude a las masacres de la historia latinoamericana («la sangre siempre es roja y ahogó sus gargantas / cortadas por el rápido cuchillo»); y así en muchos otros casos, que no multiplico para no resultar fatigoso.

El conjunto da una buena idea, por parafrasear la introducción, de qué ha venido haciendo en los últimos treinta años la literatura comprometida en el ámbito de la lengua española. Y la lectura acaba siendo provechosa en más de un sentido: uno se lleva una mirada, pero también un mapa. Pero, en lo relativo a la presentación –y hablando de solidaridad–, sería deseable mayor contemplación con el lector común. El rigor académico es una virtud, pero nadie se entusiasma, fuera de los claustros, al oír cosas como «dos estéticas bien diferenciadas, polimórficas y con un grado de aperturismo que no tuvieron sus antecesores que andaban más cohesionados en el plurisignificativo concepto de “grupo literario”». Lo señalo porque, al reclamar para la poesía una relevancia de carácter humanista, no vendría mal hacerlo en un lenguaje reconocible como humano. Pero tomémosle la palabra a Remedios Sánchez García cuando afirma que esta antología es, «aparte de una necesidad en los tiempos que corren, una cuestión de nobleza en el sentido ético de la palabra».

Martín Schifino es traductor y crítico literario.

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