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Héroes y víctimas bajo la nueva luz de la vieja guerra

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Hace un mes, todavía era posible leer bajo una clave compartida de manera implícita el arranque del ensayo que el italiano Daniele Giglioli ha dedicado a la victimización, entendida como un fenómeno definitorio de la sociedad liberal de este siglo: «La víctima es el héroe de nuestro tiempo». Giglioli asume que vivimos en tiempos postheroicos, que han dejado vacante la posición del héroe; hasta el punto que su antónimo —la víctima— puede reemplazarlo. Pero, ¿y ahora? ¿Podemos mantener ese diagnóstico, viendo en la víctima democrática a la figura definitoria del presente, cuando Rusia está intentando sojuzgar a Ucrania en el patio trasero de Europa? La dificultad es patente. Y no solo porque hay víctimas bien reales —en absoluto, pues, simbólicas— en las cunetas ucranianas; también porque esta guerra ha hecho lo que suelen hacer las guerras: crear el marco necesario para el surgimiento del héroe.

Naturalmente, el papel del héroe corresponde al presidente ucraniano Vladimir Zelenski; por su parte, el tirano ruso Vladimir Putin cumple con el papel de villano que requiere cualquier narrativa heroica e incluso se las apaña para introducir elementos que serían caricaturescos si no fueran dramáticos: véanse las imágenes de su multitudinaria glorificación en los estadios deportivos y las mesas alargadas de las reuniones con sus subordinados. Pero Zelenski da forma a un tipo peculiar de héroe, ya que la desigualdad entre las potencias militares respectivas de Rusia y Ucrania permiten calificarlo asimismo de víctima de la agresión ilegal que sufre su país. Es así irónico que la irónica frase de Giglioli —la víctima como héroe— pueda ser leída de manera literal: Zelenski es una víctima que ha mutado en héroe, privando de paso a las víctimas de la sociedad del bienestar occidental de parte del crédito que conservaban.

En ese sentido, y aunque está por determinarse si el regreso de la guerra a Europa marcará o no un cambio de época, como nos hemos apresurado a proclamar, parece razonable anticipar que algunos de los conflictos simbólicos con los que nos veníamos entreteniendo durante la larga pax liberal serán desactivados o se verán desatendidos: dudo que tengamos tiempo de seguir preocupándonos por el hecho de que un camarero haya entregado la cuenta a un hombre cuando tenía al lado una mujer. ¡Por importante que eso sea! Haciendo gala de un tono algo desagradable, el comentarista conservador Kevin Williamson ha señalado que el pasado como actor de Zelenski supone que el presidente ucraniano

«está mejor situado que ningún otro líder político del mundo para apreciar que la época de la política como entretenimiento está llegando rápidamente a su fin. El reality show ha terminado, el realismo ha vuelto».

Así lo atestiguarían también el tono sobrevenido del debate público y las declaraciones de los representantes políticos de las naciones desarrolladas: ante el fantasma de la estanflación y la necesidad de aumentar el gasto militar, son numerosos los gobiernos que han manifestado la voluntad de hacer lo que antes descartaban o aplazaban. Alemania es el ejemplo más evidente; incluso los Verdes que ahora forman parte del gobierno reconocen el imperativo de enfrentarse a una realidad que no va a desaparecer solo porque no nos guste. De hecho, no es una mala definición —parcial— de realidad: aquello que nos disgusta.

¿Héroe Zelenski, pues? Hay indicios: repárese en el número de usuarios de las redes sociales que han incorporado a sus perfiles la imagen del presidente ucraniano, convertido por méritos propios en símbolo de la admirable resistencia de su país ante la ilegítima agresión del ejército ruso. En una pieza dedicada al asunto en el diario El País, el consultor político Antoni Gutiérrez-Rubí lo describe como «el héroe que no huye, el incansable defensor de su país», mientras que la investigadora Mira Milosevich señala en esas mismas páginas que gracias a su capacidad persuasiva está «ganando la narrativa de la guerra». Ambos destacan asimismo el valor de sus decisiones escénicas: la camiseta que le iguala al resto de soldados, dotándole de autenticidad, o el sobrio atuendo militar que marca el contraste con Putin, frío dirigente que no se quita el traje y se distancia de los demás siempre que puede. Haciéndose eco de la aparición de Emmanuel Macron con una sudadera de los paracaidistas franceses, que entiende simultáneamente como un ejercicio de vanidad y como expresión de solidaridad con el líder ucraniano, la editora de moda del Financial Times ha calificado a Zelenski de «icono moderno» y resaltado su bagaje como actor:

«Actor cuya presidencia ha oscilado durante años entre los mundos de los hechos y de la ficción, Zelenski ha refinado su imagen pública a medida que evolucionaba fuera de la pantalla (…). Su aspecto sencillo es un recordatorio constante de que representa al ucraniano medio: no hay postureo ni extras innecesarios».

Ningún truco escénico serviría de mucho si Zelenski no estuviera dando muestras de genuina valentía ante el peligro; su vida está realmente en riesgo y, sin embargo, él ha decidido no esconderse, animando con ello a sus compatriotas en la resistencia contra el invasor. Pese a ello, su inusual trayectoria política añade densidad al personaje que ahora representa delante del mundo entero; donde «personaje» no debe entenderse en sentido peyorativo, sino como el resultado de una decisión moral —no rendirse— que a continuación tiene que determinar los mejores medios para realizar su fin. O sea: el heroísmo que no se expresa simplemente en campo abierto con una espada en la mano, sino que ha de ser expresado de manera apropiada si quiere ser transmitido eficazmente como ejemplo al resto de ucranianos, así como a los occidentales cuya conexión moral con la causa ucraniana puede ser determinante a la hora de obtener la ayuda necesaria en forma de armamentos o auxilio a los refugiados.

El itinerario heroico de Zelenski es peculiar, por tener su origen remoto en una aventura cómica: tras interpretar para una serie televisiva a un profesor de instituto que se convertía en presidente de manera accidental, él mismo acabó ganando las elecciones democráticas y accedió a la presidencia de su país. Ahora, en cambio, la comedia ha dejado paso a la tragedia; sin que parezca de momento viable dar con una síntesis tragicómica susceptible de aliviar las tensiones que se derivan de una situación doblemente arriesgada: Zelenski puede morir y Ucrania puede perder su soberanía. Su paso de bufón a héroe es una historia perfecta que combina la mutación privada con la transformación pública: todo sugiere que la conciencia nacional ucraniana saldrá fortalecida de la invasión, sea cual sea su resultado final; tal vez pueda llegar a decirse lo mismo de las inclinaciones liberales y europeístas de sus ciudadanos, que de momento se conforman con luchar por su integridad territorial. No sabemos si Zelenski ha querido ser un héroe o, simplemente, se ha encontrado siéndolo; sin embargo, su falta de oportunismo es manifiesta: sentimos que este hombre preferiría no vivir bajo la amenaza diaria de ser asesinado. Así que la oportunidad ha elegido por él y acaso él ha comprendido que no tenía más remedio que abrazar ese amor fati del que hablaba Nietzsche: por difícil que ese destino se le antoje, no está en su mano cambiarlo.

En un excelente libro cuya publicación en castellano ha pasado injustamente desapercibida, el sociólogo alemán Ulrich Bröckling se ha preguntado por el estatuto del héroe en nuestro tiempo, desmenuzando con la brillantez característica de los científicos sociales alemanes los elementos que caracterizan lo heroico. Y también, claro, discute sus condiciones de posibilidad en lo que hasta ayer mismo veníamos considerando —quizá volvamos a hacerlo— un «mundo postheroico» donde cualquiera podía, con las necesarias dosis de coraje cívico, postularse como héroe. Esta tendencia inflacionaria llegó a su apogeo durante la pandemia que hizo del enfermero o el repartidor un héroe, sobre todo en los primeros meses de excepcionalidad. Pero, como matiza Bröckling en su prólogo a la edición española del libro, los héroes cotidianos no desean serlo y, por lo tanto, a duras penas son heroicos. En una era postheroica, empero, el héroe no desaparece sino que se transforma; su vitalidad se mantiene principalmente en los terrenos de la imaginación y del deporte de alta competición; aunque a ellos hayan de añadirse figuras como el folk hero que propone el líder populista.

¿Y cuáles son, a juicio de Bröckling, los elementos de lo heroico? ¿Son aplicables a Zelenski? En el bien entendido de que el pensador alemán se refiere a las «narraciones heroicas» más que a los héroes directamente considerados, ya que los héroes —advierte— son inseparables de lo que se dice sobre ellos y del modo en que se los dice. Hecha esta salvedad, su enumeración es concienzuda. Porque, sí, el héroe es excepcional o no lo es: el heroísmo es «un programa de minorías» sujeto a la economía simbólica de la escasez. Pero no está claro que Zelenski cumpla esta condición. Quiere decirse: si bien no hay dudas acerca de su excepcionalidad, muchos de sus compatriotas están siendo igual de valerosos que él y sin embargo ocupan un lugar menos prominente en el plano comunicativo. Serían sus dotes en este plano las que permitirían distinguirlo del resto: hay valientes ucranianos que no podrían captar la atención global con la misma eficacia.

Podemos pasar por alto, en lo que al líder ucraniano se refiere, el atributo de la «transgresión» que define al héroe como infractor del orden social: el rebelde que se opone al orden establecido en una sociedad tradicionalista. Sí que encontramos, en cambio, «agonalidad»: una lucha. Para Bröckling, el agon requiere antagonistas y Zelenski se enfrenta nada menos que a Rusia, desafiando diariamente a quienes intentan asesinarlo. Por el contrario, no podemos hablar aquí de «relaciones de fuerzas abiertas» ni limitarnos a señalar la posibilidad de un «revés temporal» para el héroe; este David no podrá con Goliat, salvo que logre elevar tanto los costes de la guerra que Putin opte por negociar para limitar daños en casa. El sociólogo alemán considera que «la disposición a pactar no es una virtud heroica» y Zelenski se ha mostrado dispuesto a negociar con Rusia: ¿no es entonces un héroe? Es matizable: doblegar mediante la negociación a un rival superior podría ser considerado una victoria. Tal como señalaba la pasada semana el diario Die Zeit: «La negociación es la continuación de la guerra por otros medios».

Siendo como es la guerra el «campo de acreditación paradigmático» para las figuras heroicas, Zelenski no es exactamente un héroe bélico. Ya que él no combate; en todo caso, otros lo hacen en su nombre. A cambio, está dispuesto al sacrificio y lo demuestra a diario. Nos encontraríamos ante la aparente paradoja de un héroe defensivo, que puede encontrar su victoria menos en la derrota del adversario que en la abnegada evitación de su triunfo completo. Cuando el sociólogo habla del «poder de actuación» del héroe, el rol de Zelenski es de nuevo ambiguo:

«Los héroes requieren hazañas. Los distingue la acción, no la pasividad. La grandeza que se les confiere se basa no por último en la sugestión de que son ellos quienes otorgan el giro decisivo al curso de las cosas».

El líder ucraniano se encuentra en desventaja y de ahí, como se ha dicho antes, que se abra a la negociación con el agresor; su deber es minimizar el daño, sin pagar por ello cualquier precio. Pertenece por eso a la categoría de los héroes que se niegan a ceder o aguantan la presión exterior, entre los que Bröckling sitúa a la legendaria Rosa Parks: aunque no se parezca mucho a ella. Ya hemos hablado de la disposición al sacrificio, que nuestro autor pide no confundir con el martirio. «Sacrificarse significa renunciar a posibles gozos vitales», escribe. Y por eso el propio héroe, rebosante de pathos, no puede exhibir humor. Sea trágico o no, el héroe es serio; los héroes solo son cómicos sin pretenderlo, ya que si hacen reír pierden su aura. He aquí una de las claves del heroísmo percibido de Zelenski, alguien que se dedicaba a hacer reír cuando era actor televisivo y ahora se ve obligado a ejercer la seriedad. Por eso, también, conmueve: es la «afección moral» de la que habla Bröckling. Es condición de posibilidad de la misma que el héroe no busque serlo de manera interesada; son los demás quienes le asignan esa función y no lo harán si barruntan intereses. Es posible que el héroe ideal sea un ingenuo, alguien que no piensa demasiado lo que hace. Aunque debe pensar cómo lo hace: ya se ha señalado que la escenificación estética es vital para el héroe, máxime en un contexto mediado tecnológicamente y no digamos si, como en el caso de Zelenski, la comunicación es su principal arma. Y aquí, por cierto, surge una dificultad: si Zelenski se expone demasiado, puede eliminar la distancia que es precisa para la heroización: como dijo lapidariamente Hegel, para un ayuda de cámara no hay héroes. Pero es que, además, como previene Bröckling, la continuidad del heroísmo carismático no está garantizada: «La fe en la excepcionalidad puede menguar o perderse de golpe en cuanto falta el éxito, se acumulan las noticias negativas o aparece otro héroe en el escenario». Claro que Zelenski no tiene éxito en sentido propio; sería más correcto decir que no está fracasando en su difícil misión y eso ya tiene un mérito extraordinario que no puede atribuírsele en solitario.

En cualquier caso, el ejemplo heroico de Zelenski solo puede darse en un marco regresivo caracterizado por la disolución de las estructuras de protección jurídica de la modernidad liberal. Tal como nos recuerda Bröckling, la teorización del héroe en Hegel ya señala las dificultades que este último encuentra para sobrevivir a la racionalización y la consiguiente búsqueda de seguridades a través de las normas legales: «En el Estado ya no puede haber héroes: éstos solo se dan en condiciones de incultura», escribió el filósofo alemán. Es verdad que él mismo elogiaba la guerra como partera de la historia y atribuía un papel decisivo a los «individuos históricos» en el avance de la razón, contradicción que heredará Marx cuando hable de la inevitabilidad de la revolución y de la conveniencia de obrar para acelerarla. Pero, como resume Bröckling con agudeza, la modernidad democrática no es un tiempo propicio para el héroe: «cuanto más mediada la tesitura social, tanto menos sitio queda para figuras arbitrarias de la inmediatez». ¡El héroe socava la seguridad jurídica! Su aparición no está prevista. Pero la invasión rusa es una suspensión de la normalidad democrática y, por lo tanto, exige la aparición del héroe; una vez que ha cambiado el escenario, todo un nuevo vestuario se pone a nuestra disposición. En otras palabras, Putin ha creado una situación en la cual solo es posible ser héroe, víctima o traidor; el repliegue privado en la mediocridad doméstica que defendía Enzensberger en la Alemania de la segunda posguerra resulta impracticable por razones obvias. De hecho, no cabe distinguir ya entre el ejército ucraniano y su población civil masculina, en la medida en que esta última ha tomado las armas en el estilo «republicano» clásico. Por las mismas razones, el programa de «desmantelamiento» de lo heroico que propone el sociólogo alemán es inaplicable al caso Zelenski: es el agresor quien crea una situación que requiere heroísmo; aunque sea el heroísmo defensivo de quien responde instintivamente a su atacante. Allí donde concurre un riesgo existencial, sobran las deconstrucciones creativas. El presidente ucraniano ha venido a recordarnos que el heroísmo iba en serio. Ojalá no hubiera sido necesario.

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