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Julio Camba. Una lección de periodismo
Francisco Fuster
Premio Antonio Domínguez Ortiz de biografías, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, 2022
178 p.

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            Allá por el otoño de 1978 –¡se acaban de cumplir la friolera de cuarenta y cuatro años!- acababa yo de terminar la carrera y no era más que un recién licenciado con muchas expectativas y pocas realidades concretas que se había puesto con toda la ingenuidad y ambición del momento a hacer la tesis de licenciatura, la llamada tesina, sobre un tema ciertamente espinoso, que despertaba recelos y suspicacias en una España aún preconstitucional: el terrorismo anarquista. Iba yo de Barcelona –teatro privilegiado de la propaganda por el hecho, como denominaban los ácratas a los atentados- a Madrid, donde había encontrado un primer trabajo provisional y luego a diversos puntos fuera de nuestras fronteras, recopilando a marchas forzadas información de archivos, bibliotecas y hemerotecas, con el entusiasmo y la capacidad de asombro de quien está empezando y, por encima de todo, con la ilusión de estar haciendo lo que sería mi primer libro (el árbol ya lo había plantado, así que solo me quedaría el hijo, que dejaba para cuando la publicación estuviera lista).

            Recuerdo que durante unas cuantas semanas de aquel otoño-invierno iba por las tardes de modo sistemático a la Hemeroteca Municipal de la capital española, que estaba ubicada entonces en un emplazamiento excepcional, un caserón de la vetusta Plaza de la Villa, en el viejo Madrid, frente por frente a lo que entonces era el Ayuntamiento. Por añadir una nota frívola o acorde con la edad que tenía entonces, recuerdo que me alegraba la vista, algo cansada después de cuatro o cinco horas sumido en la lectura de los periódicos antiguos, la presencia de una chica guapísima (o, al menos, eso me parecía), a la que imaginaba en unas condiciones parecidas a las mías, haciendo su primer trabajo de investigación. Se ponía regularmente en una mesa anterior a la que yo ocupaba y solía llevar una falda muy cortita y unas medias negras y, sobre ellas (y esto era lo que más me llamaba la atención) unos calcetines blancos, que salían de unos zapatos de charol, de tacones altos y finos. La simple evocación de esa estampa me haría hoy, en los tiempos que corren, reo del más carpetovetónico machismo y acreedor a toda suerte de improperios, pero me limito a escribir ahora lo que sentía entonces, con la simplicidad y falta de malicia que derivaban de una situación casual, que no fue más allá del intercambio en alguna que otra ocasión de unos saludos fugaces y unas sonrisas comprensivas.

            Hice en aquel tiempo otro descubrimiento que rivalizó en sugestión y magnetismo con la chica descrita. Se trataba de un periódico anarquista de contenido incendiario, con un lenguaje provocativo que destacaba incluso en el contexto de la propaganda libertaria, ya de por sí subida de tono. Su título era El Rebelde y había sido una publicación periódica madrileña entre los años 1904 y 1905. Básicamente el libelo, de periodicidad semanal y que llegó a mantenerse durante medio centenar de números, era obra de tan solo dos redactores, su director Antonio Apolo y un tal Julio Camba. ¡Julio Camba! ¿El mismo hombre del que yo recordaba haber visto en la biblioteca de mi padre unos volúmenes de tono frívolo o humorístico que, en cualquier caso, traslucían un talante bastante escéptico, y que básicamente –por lo que yo recordaba al ojearlos- describían los usos y costumbres de ingleses, alemanes y otros pueblos? Este Julio Camba que yo leía en El Rebelde mantenía un solipsismo brutal: «no existe para mí otra realidad que yo, ni otro dios que yo, ni otro mundo que yo». Desafiaba toda autoridad constituida, porque en su ideario toda autoridad era tiranía: «un día el sol habrá de levantarse más rojo que nunca. Será una hostia de sangre para comunión de todos los tiranos». O proclamaba la necesidad de una catarsis universal: «Queremos pervertir el mundo para que si de ello es capaz el mundo se redima; queremos hacer el caos para ver de formar un génesis» [sic]. ¿Era este, me preguntaba, el mismo escritor que luego firmaría volúmenes de contenido liviano, costumbrista, conservador y hedonista?

            Sí, enseguida comprobé que era el mismo hombre, el mismo escritor. Comprobé asimismo que su caso no era tan excepcional ni su evolución tan insólita como en un primer momento reputé. Más de un literato o intelectual de su tiempo había seguido una trayectoria parecida. El ambiente radical y nihilista de fines del XIX –el 98 como paradigma- propiciaba en los jóvenes de la época actitudes de una vehemencia aparatosa y hasta infantil. El caso más conocido es el de José Martínez Ruiz, el ácrata del paraguas rojo que pasa en apenas una década a ser el conservador escéptico de Las confesiones de un pequeño filósofo y, por el mismo tiempo poco más o menos, se convierte en disciplinado diputado maurista. En cuanto tuve la oportunidad, recuperé algunos de los libros de Camba de la biblioteca de mi padre. Tuve una impresión extraña. Sabiendo lo que ya sabía, me asaltaba la sensación de que el verdadero Camba –si es que tiene sentido tal sintagma, que probablemente no- se me escapaba o diluía por uno y otro extremo. A ver si me explico. Lo que quiero decir es que ahora releía al Camba ácrata y radical y descubría en él, con razón o sin ella, una impostación o, si se prefiere, un histrionismo no muy distinto de la apreciación de cierta falsedad o impostura que me provocaba el otro Camba, el senior, incrédulo y displicente. No tengo empacho en reconocer que puede ser una constatación discutible o completamente subjetiva pero la consigno aquí porque desde entonces la lectura de Camba siempre me ha producido evaluaciones ambivalentes: valoro su inteligencia y agudeza pero me da también la impresión de que ambas las emplea en menesteres por debajo de sus posibilidades. En fin, no me hagan caso y vayamos a lo que importa.

            Lo que importa es que Francisco Fuster prosigue su ya larga y fructífera carrera de investigador y divulgador centrada en el análisis y la edición de las principales obras y autores de la llamada Edad de Plata de nuestra cultura. Hacer mención aquí de todas las ediciones que ha hecho de Baroja, Azorín, Ortega y otros autores consumiría un espacio que prefiero dedicar a cuestiones más cercanas al libro que ahora nos convoca. Porque lo que sí he de consignar aquí de manera inexcusable es que, de entre los muchos autores del período que han merecido la atención de Fuster, Camba ha desempeñado sin lugar a dudas un papel preponderante. Baste mencionar a este respecto que Fuster ha publicado en los últimos años cuatro antologías de la obra periodística del gallego: por orden cronológico, se trata de Caricaturas y retratos (2013), Maneras de ser periodista (mismo año), Crónicas de viaje (2014) y Galicia (2015). Además, ha escrito el prólogo de las reediciones de otros cuatro libros del autor que nos ocupa: concretamente, Playas, ciudades y montañas, Alemania, Londres (¡las tres en el mismo año, 2012!) y La casa de Lúculo (2015). Los que hemos seguido la trayectoria de Fuster y valoramos en su justa medida todo el esfuerzo desplegado en los últimos años nos enfrentamos a este volumen que acaba de salir y de obtener el Premio Domínguez Ortiz de biografías de un modo muy diferente al que puede adoptar un lector generalista que desconozca todo lo anterior. En las líneas siguientes me dispongo a explicar por qué.

            Sin abdicar del sentido crítico y la minuciosidad, Fuster es un investigador que siempre se ha distinguido por su voluntad de quererse ganar al lector común. Su escritura es ágil y fluida, lejos casi siempre de tecnicismos o de un aparato conceptual y bibliográfico que disuada al profano. Ello tiene un riesgo que conocemos bien los que en algún momento nos hemos atrevido a hacer obras divulgativas que, a un tiempo, no pierdan un ápice de su rigor y calidad: no siempre se valora lo aparentemente sencillo, siendo como es la escritura directa y diáfana mucho más complicada que otro tipo de planteamientos que, por venir envueltos en un lenguaje abstruso o retorcido, se benefician de un prestigio inmerecido. El lector que, sin saber nada de lo anteriormente expuesto, abra las páginas de este volumen se encontrará con una biografía clásica, escrita con un tono completamente accesible para todos los públicos, sin notas a pie de página (solo con unas referencias, no muy numerosas, insertas en el cuerpo central), con una escueta bibliografía final y con una extensión más que moderada, pues el volumen no llega siquiera a las doscientas páginas de extensión total. La impresión de facilidad o elementalidad es casi inevitable para cualquiera que no tenga en cuenta lo anteriormente expuesto. Por eso es imprescindible recalcar que, muy al contrario, debe valorarse aquí, por encima de todo, que Fuster ha realizado un extraordinario trabajo de síntesis y que, teniendo material sobrado para escribir una biografía al uso, un tocho de cientos de páginas, ha tenido piedad del lector simplemente interesado en Camba y ha escrito una biografía a su medida, como si fuera una introducción a la lectura de cualquiera de sus obras, es decir, para situar estas en el contexto adecuado.

            La sencillez se manifiesta también en la estructura del relato, que sigue un estricto orden cronológico desde el nacimiento de Camba en 1884 en Vilanova de Arousa (a doscientos metros de donde dieciocho antes había nacido Valle-Inclán) hasta su muerte en Madrid en 1962. Son casi setenta y ocho años que se distribuyen en ocho capítulos de desigual amplitud cronológica, desde los años de infancia y adolescencia marcados por la estancia en Argentina (1884-1903) hasta los años postreros del Palace, entre 1949 y 1962. Entre medias, sus primeros pasos como anarquista y rebelde en un Madrid bohemio donde se curte como un periodista audaz y combativo que poco a poco, al compás de ir cumpliendo años, va atemperando sus ímpetus juveniles y su radicalismo nihilista por actitudes más contemporizadoras que tienen su reflejo en el desempeño de cometidos reporteriles en diarios más templados y menos marginales. O sea, lo que va de El Rebelde o El País a España Nueva o El Mundo, hasta que La Correspondencia de España lo ficha como corresponsal en Turquía (1907) para que cubra la revolución de los Jóvenes Turcos, una coyuntura que no solo cambiará su vida sino que marcará su trayectoria profesional y el signo con el que entra en la historia del periodismo. Aunque su aventura turca no termina del todo bien, ella significa el inicio de su carrera como corresponsal, primero en París (1909) y luego en Londres (1911). Las vísperas de la Gran Guerra le pillan en suelo alemán, entre Berlín y Múnich, ciudad esta última desde la que es expulsado, junto con otros periodistas, al desatarse las hostilidades.

            A esas alturas, la actividad profesional de Camba ya está vinculada indeleblemente al diario ABC, estableciendo una asociación entre el diario y el periodista que ya se mantendrá para la posteridad, pues en el rotativo de Luca de Tena se mantendrá durante cuatro temporadas distintas: 1913-17, 1928-36, 1939-50 y 1953-62. En 1916, cuando Camba es ya, sin lugar a dudas, un viajero cosmopolita, un hombre refinado, un profesional brillante, un periodista admirado (y muy bien pagado), se publican sus primeros libros en la editorial Renacimiento. Son antologías de los múltiples artículos que ha escrito hasta la fecha, agrupadas u ordenadas de modo temático: sobre Londres, sobre Alemania y otro más misceláneo sobre diversos escenarios nacionales e internacionales (Playas, ciudades y montañas). 1916 es también un año importante en su carrera porque es enviado por su periódico, ABC, a Estados Unidos como corresponsal estrella. Fruto de su estancia norteamericana y las crónicas neoyorquinas que se publican en el rotativo español es un nuevo libro, que aparece en 1917, Un año en el otro mundo. Camba es una firma tan codiciada que las empresas periodísticas se lo rifan y él se deja querer, siempre, naturalmente, a golpe de talonario. El Sol arrebata a ABC en 1917 la colaboración de Camba, utilizando el mismo sistema –una oferta irrechazable- que el segundo de los diarios había empleado varios años atrás con la competencia.

            España se le ha quedado pequeña. Madrid, en concreto, le aburre. No soporta estar varias semanas seguidas en la capital. Camba, el periodista mejor pagado del país y uno de los más leídos, es también un viajero impenitente que solo recala pequeñas temporadas en su país entre diversas estancias en países europeos que conoce bien (Portugal, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra), pero también entre destinos cada vez más lejanos y variopintos, como el viaje que hace a Perú en 1924 con ocasión del centenario (no bicentenario, como figura por error, p. 102) de la batalla de Ayacucho. A pesar de todo, el Camba maduro termina estableciéndose en Madrid, en un piso frente al Retiro. Son los años 1926-27, en los que sigue como colaborador de El Sol, reedita libros y vive con las comodidades de un pequeño burgués de la época. Pero los años siguientes constituyen también una temporada de un cierto abatimiento o, por lo menos, de un aparente cansancio y una manifiesta sequía creativa. Un período que se rompe en 1930, cuando vuelve a ABC para desempeñar las funciones de corresponsal neoyorquino. Con una selección de sus crónicas desde aquella megalópolis surgirá en 1932 La ciudad automática, uno de sus libros más valiosos y celebrados, verdadera obra de madurez.

            Camba se sintió agraviado por la República por no obtener ningún cargo diplomático, destino al que abiertamente aspiraba, como muchos de sus amigos escritores, periodistas e intelectuales. Su visión (negativa) del nuevo régimen se plasma en Haciendo de República (1934). En la guerra civil se alineó de forma inequívoca con el bando sublevado. Consigna por escrito su admiración por Franco, garantía de «la limpieza de nuestra vida pública». Paradójicamente, esta vez hablaba en serio, sin ironía. Es verdad que también se mostró renuente a recibir los honores que se le ofrecieron cuando terminó la guerra, entre ellos entrar en la Academia. Forma parte de su leyenda la respuesta que dio entonces: «yo no quiero un sillón [de la Academia] sino un piso». Lo cierto es que, como no oculta Fuster, el Camba posterior a la guerra es un «aguado remedo» de lo que fue. Pese a su conservadurismo, Camba era un liberal a la vieja usanza que no se sentía cómodo en un régimen como el franquista. Se establece un tiempo en Portugal, viviendo en el hotel Palace, solitario y amargado, pero termina por volver a Madrid, donde pasa sus últimos años, refugiándose en una habitación del hotel del mismo nombre. El último capítulo se titula precisamente «Los años del Palace (1949-1962)». Allí, en una pequeña habitación que había conseguido por favores personales a un precio irrisorio, pasa sus últimos años un Camba que ya nada tiene que ver con lo que fue, cada vez más aislado y cada vez más maniático. Aunque sigue publicando en la prensa capitalina –en Arriba y, una vez más, en ABC– y hasta le dan el Mariano de Cavia en 1951, su vena creadora está agotada y se hace un profesional del refrito. Esta decadencia se prolonga hasta 1962, año de su muerte.

            Como he señalado en alguno de los párrafos anteriores, Fuster ha escrito una biografía de engañosa sencillez, en la que la forma (el estilo) prescinde de florituras y adopta sin ambages la funcionalidad, es decir, se pone a disposición de un relato cristalino, en el que se insertan largas citas del propio Camba o de sus coetáneos con el fin tan solo de ilustrar las tesis que se sostienen a lo largo del recorrido por la vida y obra del periodista. Adivinamos una documentación exhaustiva, pero apenas se nota, aunque algún que otro pequeño gazapo tendría que ser subsanado en sucesivas ediciones: el asesinato de Cánovas, por ejemplo, no es posterior (p. 43) al atentado fallido contra Maura porque a esas alturas (1904), el político malagueño ya llevaba casi siete años muerto. Por otra parte, la admiración que siente el biógrafo por la obra de Camba no le lleva a un retrato hagiográfico. Ni siquiera le lleva a tratar de embellecer a una persona o, mejor dicho, todo un personaje, como era el gallego, que aparece en todos momentos con sus luces y sus sombras: por un lado, original, chispeante, agudo, inteligente; sin duda, en definitiva, uno de los mejores periodistas españoles del siglo XX. Por otra parte, un hombre difícil, interesado, egocéntrico y, a la postre, por decirlo en una palabra, desconcertante. Estas líneas le retratan bien con solo dos o tres trazos: «Camba es un hombre de muchos conocidos, pero pocos amigos. Su progresiva misantropía le transforma en un tipo esquivo, maniático y ciclotímico» (p. 109).

Me ha gustado mucho, en fin, esta biografía porque refleja el Camba que yo, mucho más torpemente, he entrevisto en sus libros. Camba deslumbra muchas veces, pero sus páginas más conseguidas son como los fuegos de artificio, radiantes mientras duran, aunque al minuto siguiente sea difícil mantener el recuerdo de algo concreto. Su agudeza nos hace sonreír pero se disuelve como voluta de humo. Al mejor Camba se le puede admirar su ironía, su mordacidad o su insolencia, pero en el otro lado de la balanza pesa su despego, una cierta apatía o, por decirlo de otro modo, su deliberada frivolidad, que opera como una máscara distanciadora. A pesar de todos nuestros esfuerzos, Camba no se deja querer. Fuster lo ha retratado de manera exacta.

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