Algunos hombres buenos
Octavio Ruiz-Manjón
Barcelona, Espasa, 2016
256 pp. 19,90 €

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A comienzos de 1937, el periodista Manuel Chaves Nogales escribió desde su exilio francés: «El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguiz de Occidente, como quisieran los agentes de bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable del mundo que nos queda»Chaves citado en Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), Barcelona, Planeta, 1994, p. 132. Ruiz-Manjón da a entender equivocadamente que Chaves Nogales escribió A sangre y fuego desde su exilio en Chile (p. 19). Aunque el libro se publicó en el país latinoamericano en 1937, lo escribió desde el suburbio parisiense de Montrouge.. Chaves sabía que los «idiotas y asesinos» (p. 19) proliferaban en ambos bandos.

El objetivo de Octavio Ruiz-Manjón es situar el foco sobre aquellos que no fueron ni idiotas ni asesinos y que asumieron riesgos considerables durante un período de violenta polarización para salvar las vidas de amigos y extraños. Comienza su serie de quince estampas con Antonio Escobar, un guardia civil católico, pero republicano, que intentó evitar sin éxito una masacre de soldados rebeldes en Barcelona el 19 de julio de 1936. Herido durante la defensa de Madrid en el otoño de 1936, sufrió heridas incluso más graves durante los Hechos de Mayo en Barcelona el año siguiente. Prestando atención a un detalle elocuente, el autor señala que Escobar pidió permiso para viajar a Lourdes, en Francia, «una petición [que] no dejaba de resultar peregrina –nunca mejor dicho– en aquel contexto» (p. 38). En un gesto que les honra, en agosto de 1937, Manuel Azaña, Julián Zugazagoitia e Indalecio Prieto le concedieron los tres permiso y Prieto proporcionó al veterano herido un dinero adicional para llevar a cabo la peregrinación.

Entre los políticos socialistas, Julián Besteiro es quizás el preferido del autor. Al contrario que muchos otros de su bando, Besteiro rechazó la «exclusión del adversario» preconizada por la izquierda y su «política de la impaciencia» (p. 45)José Varela Ortega, Los señores del poder y la democracia en España. Entre la exclusión y la integración, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2013, p. 159.. Es una desgracia que el «humanista» Besteiro (p. 54) errara fatalmente en el juicio de su enemigo en 1939, cuando el socialista moderado pensó que los nacionalistas de Franco iban a permitir que España fuera eso que Chaves Nogales llamó una «parte habitable del mundo». A Julián Marías, alumno de Besteiro, no le gustaba el sectarismo de los primeros años de la Segunda República, especialmente su incapacidad o la falta de disposición para impedir manifestaciones de un violento anticlericalismo. Sin embargo, la mayor violencia y la desvergonzada ilegalidad del golpe de 1936 indignaron aún más a Marías. El anticlericalismo republicano también distanció a Manuel de Falla, que, sin embargo, intentó ayudar a las víctimas de la represión nacionalista en Granada, incluido Federico García Lorca. Ruiz-Manjón cuenta la fascinante historia de la compasión y el valor de Melchor Rodríguez, «el ángel rojo» que salvó a muchas personas. Su compañero anarquista Ricardo Amor Nuño Pérez era claramente menos humanitario, pero él fue también el salvador de más que unas cuantas personas. Siguiendo las cuidadas investigaciones realizadas por Julius Ruiz, el autor refuta el poco fidedigno relato que ofrece Paul Preston en El holocausto español, donde Amor Nuño aparece caracterizado como un matón anarquista y sanguinario que fue torturado y asesinado por la policía franquista.

El Dr. Juan Peset, diputado valenciano de Izquierda Republicana, se mostró fiel a su profesión médica al respetar fielmente el juramento hipocrático y proteger a sus pacientes, colegas y vecinos católicos y derechistas. Ninguna buena acción se queda sin castigo y los nacionalistas ejecutaron a Peset en mayo de 1941. Mejor suerte corrió otro médico, el Dr. Ramón Rubio, cofundador del Partido Republicano Radical-Socialista en la provincia de Córdoba y diputado de Izquierda Republicana en el Frente Popular. Como funcionario de alto rango en Madrid durante la guerra, incluido un tiempo como presidente de la Cruz Roja, Rubio salvó las vidas de centenares de personas. Sin embargo, las autoridades franquistas lo persiguieron y lo condenaron, aunque sería liberado con una relativa rapidez. Manuel de Irujo, nacionalista vasco y ministro de la República, llevó a cabo esfuerzos similares para ayudar a católicos. En un reflejo de lo exigua que era la corriente demócrata cristiana en la España de los años treinta, Irujo afirmó que los «cientos de miles de personas» que fueron asesinadas en la zona franquista «a los gritos de ¡Viva Cristo! constituye[n] el mayor ultraje que pudiera hacerse a una doctrina nacida en el amor» (p. 101). Luis Lucía, dirigente de la Derecha Regional Valenciana, rechazó inmediatamente «la violencia y la rebeldía» de los insurgentes y apoyó «la autoridad de la República» (p. 144). Sin embargo, el Gobierno republicano no consiguió proporcionar a Lucía la protección suficiente y lo obligó a esconderse. Fue arrestado y encarcelado en Valencia en febrero de 1937. Vista la pronta adhesión de Lucía a la República, la victoria nacionalista dio lugar a otro período en prisión, a pesar del intento del exdiputado de congraciarse con los vencedores. En última instancia, Lucía parece ser no tanto un héroe como una víctima.

Al contrario que Lucía e Irujo, Marcelino Olaechea, el obispo de Pamplona, no podría considerarse un demócrata cristiano, ya que se le atribuye haber sido el primero que legitimó la sublevación nacionalista como «una cruzada». A pesar del abrumador apoyo que brindó en su diócesis a los nacionalistasJavier Ugarte Tellería, La nueva Covadonga insurgente. Orígenes sociales y culturales de la sublevación de 1936 en Navarra y el País Vasco, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998., en noviembre de 1936 suplicó que se pusiera fin a la venganza: «no más sangre, no más sangre» (p. 154). Olaechea intervino para salvar a docenas de izquierdistas condenados a muerte e insistió –al menos momentáneamente– en la «sacrosanta ley del perdón» para los nacionalistas vascos y otros partidarios de la República (p. 159).

En ocasiones sus héroes son menos heroicos de lo que indica el autor. El Auxilio Social de Mercedes Sanz-Bachiller, de inspiración nazi, demostró la superioridad logística nacionalista al alimentar a decenas de miles de niños hambrientos, pero muchos de sus pupilos eran hijos, hijas y viudas de «rojos» asesinados que sufrieron discriminación y humillación. Para comer en el comedor colectivo de Auxilio Social se les obligaba a soportar una oración al principio, a llevar una camisa azul o a realizar el saludo fascista. La perversidad del proyecto de Auxilio Social en su conjunto disminuyó la generosidad de sus partes.

Manuel de Falla se mostró ciertamente sincero en el «sencillo lema que se había impuesto: “No contribuiré con mi palabra o con mi pluma a que se vierta una gota más de sangre española”» (p. 189). Sin embargo, en marzo de 1938 escribió un artículo que respaldaba sin reservas el «Alzamiento Nacional de España» contra una República que supuestamente tenía la intención de destruir la «verdad suprema» (p. 190). Un colaborador de Falla, José María Pemán –«dos amigos cuyos corazones latieron muchas veces al unísono en su voluntad de parar aquel desbordamiento sanguinario del verano de 1936» (p. 190)–, mostró una adhesión aún mayor a los insurgentes. Sus acciones y palabras contribuyeron sin duda a la atmósfera de violencia. Como director de la Real Academia Española, y en su puesto al frente de la Comisión Depuradora del Magisterio Nacional, Pemán proclamó que «los malos intelectuales deben morir»Francisco Vigueras Roldán, Los «paseados» con Lorca. El maestro cojo y los banderilleros, Sevilla, Comunicación Social, 2007, p. 105.. Su famoso Poema de la Bestia y el Ángel culpaba de los males de España a la sinagoga y la logia masónica, las fuentes de la maldad en su visión maniqueaMaría Rosa de Madariaga, Los moros que trajo Franco, Madrid, Alianza, 2015, p. 303.. Pemán acusó a los Tories británicos de ser «judaicos masones» y afirmó que las multinacionales británicas y estadounidenses –Royal Dutch Shell y Standard Oil– surgieron de la unión de la sinagoga y la logiaGonzalo Álvarez Chillida, José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, Universidad de Cádiz, 1996, pp. 337 y 359.. La poesía de Pemán en los años de la guerra repitió el malicioso cóctel inventado por los rusos blancos durante su guerra civil. Una mezcla de judíos y protestantes –«el pulpo americano» y «el leopardo inglés»– que equivalía a bolchevismo. Al otro lado del espectro político, me resulta incluso menos claro por qué el poeta comunista Antonio Machado aparece incluido en esta colección de salvadores de personas amenazadas y en peligro.

Miguel de Unamuno tomó un camino más noble. El intelectual de renombre mundial había apoyado inicialmente el Alzamiento como una defensa del cristianismo y del orden público. Sin embargo, pronto supo que su amigo Atilano Coco, pastor protestante y masón, había sido arrestado y corría peligro de ser ejecutado. Unamuno intentó sin éxito salvar a Coco y a otras personas. Como consecuencia de ello empezó a sentirse rápidamente desilusionado con los nacionalistas. La guerra que habían declarado al pensamiento crítico, a los eslóganes militaristas («¡Viva la muerte!») y al resentimiento contra catalanes y vascos dio lugar a su famosa arenga pública en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 durante una ceremonia conmemorativa del Día de la Raza. Frente a armas amartilladas y gritos de guerra fascistas («¡Muera la inteligencia!»), Unamuno hizo la que quizá sea la defensa más valerosa de la libertad académica del siglo XX al decir a los insurgentes que sus palabras y acciones profanaban el templo del intelecto. Su desafío liberal y sus simpatías «erasmistas» dieron lugar a su arresto domiciliario y a su total ostracismo de los círculos nacionalistas. Varios meses después, inmediatamente antes de su muerte, calificó al nuevo Estado de «una militarización africana paganoimperialista» que había instituido un «estúpido régimen de terror».

Es posible que la mayoría de los héroes de Ruiz-Manjón (u «hombres y mujeres cabales», como les llama a menudo) hayan sido ejemplares en sus intentos de evitar la injusticia y el derramamiento de sangre. Al mismo tiempo, también reflejan la concepción actual europea de heroísmo. Los héroes ya no son guerreros, sino pacifistas que rechazan la violencia y la guerra. A pesar de que trabajaran o lucharan para uno de los dos bandos durante el conflicto, su heroísmo no consistió en matar, sino en salvar vidas. Incuestionablemente, sus acciones humanitarias fueron extremadamente loables y a menudo valientes. Sin embargo, cuando asoman los enemigos armados de la humanidad –como sucedió en ambos bandos durante la guerra civil española, o como pasa actualmente entre los musulmanes yihadistas–, el humanitarismo puede ser necesario, pero no siempre es suficiente.

Michael Seidman es catedrático de Historia en la Universidad de Carolina del Norte. Es autor de The Imaginary Revolution. Parisian Students and Workers in 1968 (Oxford y Nueva York, Berghahn Books, 2004) y sus últimos libros son La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil (Madrid, Alianza, 2012) y Los obreros contra el trabajo. Barcelona y París contra el Frente Popular (Logroño, Pepitas de calabaza, 2014).

Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Michael Seidman
especialmente para Revista de Libros

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