HÉCTOR ABAD FACIOLINCE. FRAGMENTOS DE AMOR FURTIVO

Fragmentos puede ser, pero no de amor furtivo. Poco hay en la novela de disimulado o subrepticio, como no sea lo narrado en las primerísimas páginas, cuando todavía Susana y Rodrigo no se han encontrado sobre una cama; lo que ocurre tan temprano como en la página 17, cuando Isaías, el hombre de Susana, los sorprende y «en vez de destrozarlos a dentelladas como de barracuda, sin pronunciar palabra se fue del cuarto, se marchó del hotel, se fue de la ciudad, se largó del país, jamás volvió a la casa de Susana, no mandó nunca más un telegrama o una carta, nada. Ni una postal ni una tarjeta de Navidad. Nada. Ni un fax, ni un e-mail, nada».

Lo que sigue –y enseguida entramos en materia– es explícito y abierto: los amores de cama de Susana y de Rodrigo. Y no se trata –según indica la presentación de solapa, de una nueva Scherezada que noche a noche le cuenta al sultán Rodrigo un nuevo cuento–, sino de la historia obsesiva de una pareja. Cuando dos se quieren, creen que están solos sobre la costra del mundo, se lee en el texto.

Rodrigo, acuciado por la natural ansiedad, no logra culminar el acto amoroso en su primer encuentro. Susana, paciente y experta, le cuenta cómo ella ha ayudado a superar una situación parecida. Le cuenta la historia del eunuco, que no era eunuco sino impotente, mas luego, llevada de su afán de perfección, le cuenta la del ciego, a la que siguen la del fotógrafo, la del nadador –que le permite ironizar con gracia sobre el huero hiperbolismo del realismo mágico a lo Macondo–, la del ornitólogo, la del ganadero, dedicado a Onán… Rodrigo, en contra de los buenos propósitos de Susana y quizá sin que ella lo advierta, se consume de celos. No del presente, en el que no encuentra motivos, sino del pasado, de lo que ella le cuenta cada día. Que Susana quiere educarlo, está claro. Educarlo para el tálamo, para el lecho amoroso, pues la cama es el centro casi único de su relación, pero también para la vida. Quiere enseñarle lo mismo que ella aprendió, no en los libros, aunque parezca mentira, sino en la cama, y de quienes la amaron.

Sin apenas haber pasado por la universidad, Susana ha aprendido de cada amante más que de cualquier curso formal. Sabe de filosofía gracias a un filósofo, de teología gracias a un seminarista, de pintura, de ciencia, de hechicería, de política. Susana en realidad sabe de todo, porque también se ha acostado con un piloto, con un profesor, con un ganadero, con un bobo, con un esotérico, con un alumno, con un mafioso, con un violador y, aunque ellos hayan pensado que ella les abría sus piernas gratis, la estaban pagando con todo lo que sabían que, por el modo casi enciclopédico de hablar que se gasta, era mucho.

Rodrigo, el pobre Rodrigo, se resiste a aprender consumido por los celos, y así el texto se va resolviendo en largos monólogos de ella, escritos en cursiva, con reflexiones intercaladas de él no siempre exentas de lugares comunes. Los relatos de Susana son más bien semblanzas de tipos humanos que se inclinan hacia la caricatura. El ciego sobre todo toca, el fotógrafo sobre todo mira, el científico mide la duración de los orgasmos, el ornitólogo tiene un pene o un pipí, como dicen por Colombia, de vuelo largo, y así sucesivamente.

El autor, sin duda percatado de ello, pone en las páginas finales esta misma reserva en los pensamientos de Rodrigo, que es quien a la postre está recogiendo en su cuaderno los relatos de Susana y al hablar del mafioso anota que le parecía «más falso que ninguna de las caricaturas de Susana; parecía sacado de una película gringa. No era verdad, más parecía un prototipo, no le faltaba detalle, era una suma de lugares comunes, ¿o es que no podía haber mafiosos educados, buenos mozos, con cara de ángeles?».

Pero poco consuelo le supone al lector de Fragmentos… que el autor comparta con él alguna de sus impresiones, como tampoco le ha bastado la calidad de la escritura para evitarle la fatiga. Los recuerdos de Susana adolecen de falta de progresión, los celos de Rodrigo resultan mecánicos, casi voluntaristas, los dos se muestran como personajes atrapados en un duro estatismo. Sin necesidad de acogerse a la terminología de Forster sobre los personajes planos y los redondos, ni bien argumentada ni convincente, Susana resulta ser una devorahombres y Rodrigo un celoso, así sin más.

Claro que muy avanzada la novela, allá por su última parte, un inesperado y milagroso «Lázaro anda» parece mover la narración y como por arte de magia lo que no se movía se mueve, lo que estaba muerto camina. Pero una novela no son las bodas de Caná y estamos ya en el final, literalmente atiborrados de vino como para agradecer el mucho mejor caldo que ahora se nos ofrece. Es cuando nos enteramos de cosas singulares como que en la ciudad colombiana de Medellín el acento revela el barrio, el colegio, la clase social, la universidad de las personas, en una cualidad que hasta ahora sólo atribuíamos al inglés. O que los protagonistas viven en una de las ciudades más azarosas del mundo a salvo de cualquier contingencia, en el mundo postizo de El Poblado, especie de Disneylandia tropical, en una especie de exilio, refugiados en esa exigua colonia del Primer Mundo que hay en todos los países del Tercer Mundo, imitando los modos de vida europeos y norteamericanos, hasta en sus hábitos sexuales.

Es entonces también cuando Rodrigo, como el condenado por desconfiado, prepara una trampa a Susana y todo el edificio narrativo se mueve. Pero lo que sigue no debo contarlo. Quede para lector, pues en él se contiene el desenlace de la novela, la revelación de Susana como un Don Juan femenino, una singular coleccionista de amantes, aunque tampoco.

Y sólo porque esta sección, «La mirada del narrador», es como es, casi unos pliegos de taller, me atrevo a decir que Fragmentos… mejoraría aligerada de páginas, que empezando allá por la 125, bastante de su estatismo se diluiría, dotando al texto restante de algo de esa fuerza oscura tan conveniente para la novela que se contiene en las elipsis.

Ficha técnica

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