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La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI
Gabriel Tortella y Gloria Quiroga Valle
Marcial Pons Ensayos. Madrid, 2021
310 p.

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Hace un par de semanas compartí mesa y mantel con un viejo amigo mío al que hacía tiempo no veía. Historiador de prestigio con una amplia obra publicada, erudito y agudo, mi amigo se explayó, a instancias mías, sobre sus últimas investigaciones y finalmente la conversación recaló, como era casi inevitable, en los últimos acontecimientos políticos de nuestro país, con el desafío nacionalista –en particular el catalán, pero también el vasco y otros- como telón de fondo. Cuando ya casi nos despedíamos, con la ironía que le caracteriza, mi interlocutor me espetó algo así como: «Bueno, ya nos hemos desahogado sobre lo malo que es el nacionalismo». Le miré expectante y no tardé en recibir la continuación: «Es indudable que mucho nacionalismo, como mucho alcohol, es nocivo. Pero, ¿no crees que un poquito de nacionalismo, como una buena copa de vino –no más- es positivo y hasta saludable?».

Ya nos despedíamos. Le sonreí y no le contesté. La observación se me quedó grabada. En su aparente simplicidad, detecté desde el principio una carga de profundidad contra el planteamiento que se ha instalado entre nosotros cuando tratamos el tema nacionalista, en particular en el contexto ibérico. La refutación de los delirios de los nacionalistas catalanes y vascos nos ha inducido de modo gradual pero cada vez más perceptible a un callejón sin salida: tratando de no ser como ellos, mantenemos con nosotros mismos –con nuestro país, con nuestra cultura- unas cautelas, por decirlo suavemente, que en no pocos casos desemboca en un difuso malestar en el reconocimiento y valoración de lo español. ¡Cuidado, no vayamos a ser como ellos! ¡Cualquier reafirmación española, incluso sobre la nada sospechosa base de un patriotismo constitucional o algo asimilable, se recibe con el recelo de recalar en españolismo! ¡Vade retro! Ya saben, ¡nacionalismo español! ¿No querrás parecerte a los de VOX, verdad?

No tengo claro que cualquier sentimiento o iniciativa de reafirmación nacional tenga que asimilarse sin más al nacionalismo. El término en cuestión está tan desgastado y hasta secuestrado por sus tendencias esencialistas, agresivas y xenófobas que induce al equívoco cuando se emplea en un contexto distinto. El siglo XX ha mostrado, no solo de forma tajante sino abiertamente brutal, que el nacionalismo, como dijo en una ocasión Mitterrand y luego han repetido otros muchos, «c’est la guerre!». Y, sin embargo, si somos rigurosos, debemos por fuerza admitir que el nacionalismo desempeñó en los orígenes de lo que convencionalmente entendemos por período contemporáneo –incluso, grosso modo, hasta el estallido de la Gran Guerra- un relevante papel en la liberación de los pueblos y en el desarrollo de un sistema liberal que, en el mejor de los casos, terminaría desembocando en algo parecido al ideal democrático que hoy seguimos defendiendo. Si lo prefieren, en términos muy simplificados, podríamos así decir que hubo un nacionalismo bueno, que los autores de este libro proponen llamar «nacionalismo integrador», el que se desarrolla en el ámbito anglosajón, pero también en Francia y España, por oposición a un «nacionalismo metafísico» que se distingue del otro por poner en primer término, no la libertad y el horizonte de representación democrática, sino la idea de comunidad homogénea basada en lengua, religión, etnia o cualquier otro supuesto identitario.

El veterano historiador Gabriel Tortella y la profesora Gloria Quiroga –como el anterior, especialista en historia económica- firman un no muy extenso (unas trescientas páginas) volumen de divulgación sobre el fenómeno nacionalista en el mundo contemporáneo, que reserva una especial atención a lo que viene ocurriendo en la península ibérica en los últimos tiempos. Como ya está muy manida la imagen del huevo de la serpiente, lo han titulado La semilla de la discordia. En una obra de estas características –en principio, como he dicho, una síntesis dirigida a un público no necesariamente especializado-, resulta instructivo, aunque por otra parte también ineludible, constatar como punto de partida que, al «igual que la palabra nación ha ido adquiriendo nuevos significados a lo largo de la historia (…) el término nacionalismo, derivado de ella, es polisémico». En cualquiera de sus modalidades, no hay nacionalismo posible sin su matriz, nación, siendo esta por tanto o, mejor dicho, la forma de entender esta, la razón última del espíritu nacionalista. ¿Qué es, pues, una nación? Frente a las cauciones y circunloquios que suelen emplear los tratadistas hispanos en esta materia, tan acomplejados como pendientes de no ofender a los nacionalistas, Tortella y Quiroga plantean el asunto a las bravas y toman partido sin asomo de ambigüedad: «es una convención sin existencia real», como una empresa, un ejército o un club de fútbol, cuya base es siempre una agregación de individuos (los únicos reales), unidos por ciertos lazos y sujetos a determinadas normas. Como en los casos citados, dicen los autores, la nación es una suerte de «ficción», aunque este término puede sustituirse sin menoscabo alguno por vocablos más al día como invención, construcción o representación: la nación resultaría ser así «una unidad política que se caracteriza por constar de una población y un territorio, estar organizada en un Estado y compartir una legislación y una historia». Aunque, como es obvio, tal definición ya implica una toma de partido que, ocioso es decirlo, saca de quicio al nacionalista militante, lo más importante de todo es diferenciar esa concepción del hecho nacional de su definición metafísica, según la cual la nación preexiste a los individuos y es superior a ellos, hasta el punto de que estos solo pueden adquirir su sentido y su razón de ser en la medida en que se identifiquen con ella y estén dispuestos a servir a su causa.

Esta concepción esencialista de nación solo puede sustentarse en una monstruosa mixtificación o, siendo algo más piadosos, en una amalgama de tergiversaciones, mitos y leyendas que no aguantan el más comedido examen racional. Tortella y Quiroga no se andan con contemplaciones: dejémonos de tonterías, vienen a decir. La nación no es un alma, ni un sentimiento, ni puede fundamentarse en que lo que crea una determinada colectividad, aquí y ahora, como si se tratara de prepararse para la llegada del Mesías. Si, pongamos por caso, Cataluña es una nación porque así lo creen la mayoría de los habitantes de ese territorio, esta estimación conlleva el absurdo de negar su condición nacional en el pasado, cuando no era ese el sentimiento mayoritario e implica, con respecto al futuro, que Cataluña dejará de existir como nación el día en que los ciudadanos de esa zona ya no crean tal cosa. La mención al caso catalán no es casual, como ya barruntará el lector y yo, por mi parte, al traerlo a colación, no hago más que seguir en este punto a los autores, que muestran una gran sensibilidad y preocupación por el presente estado de cosas en nuestro país. Al punto de que, de una modo un tanto extemporáneo, entre dos epígrafes teóricos tan generalistas como «¿Qué es una nación?» y «Las bases del nacionalismo», dedican un apartado específico a «El nacionalismo catalán». Luego, en las páginas que siguen, el lector podrá ratificar esa impresión de que la actual crisis española por el hostigamiento nacionalista periférico gravita sobre toda la obra y, hasta, sospecho, ha podido ser el detonante que ha llevado a los autores a publicar este libro.

Sin lugar a dudas, la contribución más relevante de Tortella y Quiroga -aunque mucho me temo, ¡ay!, que pueda ahuyentar a algunos lectores por su carácter técnico y prolijo- se halla en el relativamente extenso capítulo primero, «Nacionalismo y modernización», algo más de cincuenta páginas dedicadas básicamente a refutar la tesis de la reputada socióloga e historiadora Liah Greenfeld, defensora acérrima del fenómeno nacional y los nacionalismos en su conjunto como elementos esenciales de desarrollo económico y modernización social. Con un estudio concreto de muchos más casos de los que se ocupó la investigadora ruso-estadounidense, los autores españoles trazan una serie de cuadros comparativos de las diversas tasas de crecimiento de múltiples naciones y de la renta nacional por habitante en cada uno de ellos, con el fin de poner a prueba la vinculación entre nation-building -construcción nacional- y crecimiento económico, en el sentido de verificar si el primero precede necesariamente al segundo y, más aún, si este –el despegue económico- es consecuencia de aquel. Tortella y Quiroga empiezan por distinguir diversas oleadas de construcciones nacionales (al menos, cuatro: 1809-1912, 1918-1939, 1943-1990, 1991-2008), poniendo de relieve el carácter diferenciado y hasta irreductible de cada una de ellas, lo que les permite de entrada desechar la generalización abusiva de Greenfeld y hasta ironizar sobre la «fórmula mágica» o «panacea universal» del nacionalismo como desencadenante por si solo de la transformación industrial y la expansión comercial.

Las conclusiones a las que llegan nuestros autores son, no solo distintas, sino más ricas y matizadas. La «mayoría de las naciones de la primera ola (…) adoptaron la forma nacional porque antes habían alcanzado un cierto grado de madurez económica y social», algo radicalmente distinto e incluso opuesto, a lo que sucedió con la mayor parte de las naciones de las olas sucesivas. Para estas, constituirse como naciones antes de su madurez económica supuso, si no en todos, sí en gran parte de los casos, un «caos político», cuando no un estado de «desintegración social». No hay evidencia empírica que demuestre que la fórmula nacional sea de por sí el camino para el orden, la estabilidad y la prosperidad. Dicho de modo más concreto: lo que sirvió para las construcciones nacionales de primera hora –Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia como paradigmas-, o sea, las naciones que aquí se caracterizan como «pioneras y endógenas», no sirvió para el resto. En su expresión más descarnada y como corolario del examen comparativo, los autores dictaminan que para la inmensa mayoría de las nuevas naciones –las que no se constituyen como tales en la primera ola- «ni el crecimiento económico parece ser consecuente con la adopción de la forma nacional, ni la forma nacional parece haber producido una modernización de las estructuras sociales. En la mayoría de los casos, la estructura nacional parece haber sido en realidad una superestructura impuesta artificialmente sobre una sociedad que conserva la mayoría de sus rasgos arcaicos».

En la interpretación más benevolente, Tortella y Quiroga se avienen a conceder que la estructura nacional puede representar una condición necesaria, «pero desde luego, dista mucho de ser una condición suficiente» para el despegue económico y la modernización social. En consonancia y complemento con todo lo dicho, añadamos que la adopción de la forma nacional solo conlleva un aumento en la equidad en la distribución de la renta en las naciones que vivieron el proceso en forma más temprana. Aquí habría también que hacer una matización importante, que no se les escapa a los autores: esta construcción nacional temprana perfila un nacionalismo revolucionario con respecto al Antiguo Régimen, que es tanto como decir, si no exactamente democrático en el sentido actual, sí al menos liberal y hasta protodemocrático (en el sentido de democracia parcial o censitaria). En otras palabras, el impulso nacional en esas naciones estaba mediatizado por algo más importante, el «deseo de reformar en profundidad las sociedades». El nacionalismo esencialista que vino después ya no tenía el mismo interés en luchar por las libertades pues su prioridad era sujetar a los individuos al servicio de una entidad más importante que ellos mismos, la Nación, con mayúscula, como nuevo Dios ante el que era preciso sacrificar todo, empezando naturalmente por la propia vida.

El capítulo segundo, «Problemas del nacionalismo en la España del siglo XXI» tiene un par de cosas buenas y otras tantas que lo son menos. Las dos primeras son la claridad expositiva y la ya antedicha -¡y saludable!- falta de complejos ante el nacionalismo, aplicada concretamente en este caso a la coyuntura española. Las otras dos derivan del mismo propósito del capítulo, exponer en poco más de cien páginas el problema del nacionalismo en nuestro país, haciendo primero una historia del nacionalismo español desde los tiempos más remotos hasta la actualidad, pasando luego al examen del nacionalismo catalán, a continuación del vasco y de otros «nacionalismos regionales», más tarde un análisis de la actitud de la izquierda ante el problema nacional, para terminar finalmente con una comparación entre el caso hispano y los países anglosajones. ¡Ufff! Basta la escueta enumeración de temas, sin aludir a los subtemas, para constatar el desmesurado afán de abarcar tanto que no era posible otra cosa que, como dice el refrán, apretar poco. Dicho sin ambages, los autores no pueden por menos que utilizar la brocha gorda, de modo que en el mejor de los casos no van más allá de lo sobradamente conocido y en el peor, incurren en no pocas simplificaciones (por otro lado, inevitables). Una cuestión distinta sería si, dado el actual estado de cosas en nuestro país, merece la pena arrostrar tales inconvenientes para coger el toro por los cuernos o poner los puntos sobre las íes: dejen ya de pasear el fantasma del amenazador nacionalismo español como si Franco no hubiera muerto hace ya casi cincuenta años y esté próximo a cumplirse un siglo de la guerra civil; el nacionalismo español no puede seguir siendo el espantajo con el que se justifiquen los nacionalismos peninsulares alternativos, máxime cuando estos muestran una arrogancia y una agresividad que están en relación directa con la debilidad histórica y hasta el «complejo de inferioridad» del nacionalismo español (salvo momentos y sectores excepcionales).

En esta línea, la tesis que se defiende aquí es precisamente esa, que los nacionalismos periféricos surgen, no como reacción a un asfixiante centralismo y un opresor nacionalismo español, sino todo lo contrario, como resultado de la debilidad del Estado, incapaz de desarrollar adecuadamente su cometido nacionalizador –empezando por la enseñanza y otros servicios públicos- a lo largo de la mayor parte de nuestra edad contemporánea. Incluso en su vertiente más intervencionista, el Estado en la España de los siglos XIX y buena parte del XX es «débil, patrimonio de una minoría, defensor de privilegios y tacaño con el servicio público». Desde el 98, España se presenta en el pensamiento político patrio como «¡pobre España!», un victimismo masoquista que en última instancia servirá de combustible al nacionalismo catalán y vasco: si España es el Titanic, huyamos por lo menos nosotros que podemos. España madrastra incapaz de proteger a sus hijos, España históricamente cruel y despiadada –de Torquemada a Franco-, España tridentina y casticista -uniformizadora en su sentido más reaccionario-, España esquilmadora de riqueza de sus fuentes productivas. Ello explica la aparente paradoja de que sean las regiones más ricas las que quieran abandonar el barco, barnizando de legitimidad una determinación insolidaria que se ha hecho más y más avasalladora ante la sistemática debilidad de unos gobiernos centrales, fueran del signo político que fuesen, que han hecho de la cesión permanente el modo habitual de reaccionar al chantaje del nacionalismo periférico.

El libro se detiene más de lo que en mi opinión sería conveniente en los acontecimientos políticos recientes, mostrando así una considerable desproporción entre la consideración del pasado –las raíces, el contexto- y el presente inmediato, entendido este además en su faceta más événementielle, como si se tratase de una crónica periodística. Es muy probable que no sea ajeno a ello el uso para la confección de estas páginas de diversos artículos de Tortella que han aparecido en la prensa en los últimos años, en especial sobre los hitos provocadores del independentismo catalán. En este sentido el lector encontrará igualmente que el tono de la exposición se hace a un tiempo sombrío y combativo: lo primero, porque los autores perciben que la deriva del nacionalismo catalán, sobre todo desde que fue liderado por sujetos de la calaña de Puigdemont, conduce a una situación de colapso de nuestro país en su conjunto o, si se prefiere, de España tal y como hoy la concebimos. Y no parece precisamente que el resultado de ese proceso –como le ha sucedido a Gran Bretaña con el Brexit– nos lleve a un país mejor, a una economía más boyante, una democracia menos imperfecta o una convivencia más satisfactoria. Más bien al contrario. Lo de combativo, que mencionaba antes, viene de este diagnóstico. Los autores buscan responsables de esta situación actual de crisis y los hallan de modo inmediato en la demagogia de Zapatero y en la pasividad de Rajoy, los dos presidentes del Gobierno anteriores al actual, Pedro Sánchez. Ahora bien, este último tiene todas las trazas de hacer buenos a los anteriores, sin que se atisbe aún cuándo se tocará fondo en la caída: Sánchez no ha hecho más que agravar con su insólita coalición todos los males que se venían arrastrando hasta el momento. El gobierno de España hoy, en mayor medida que nunca, depende de los enemigos declarados del país, aquellos que hacen su razón de ser de combatirlo hasta sus últimas consecuencias.

Siguiendo la tónica de franqueza y contundencia que ya he tenido antes ocasión de celebrar, Tortella y Quiroga no dudan en atribuir a la izquierda en su conjunto la mayor responsabilidad por el presente estado de cosas: es ella, escriben, «la que prefiere claramente gobernar con el apoyo del separatismo golpista que con el centro-derecha». Aunque se pueda compartir la conclusión, un observador imparcial debe conceder que este argumento concreto es falaz, porque la derecha, cuando ha tenido ocasión, ya desde el primer gobierno de Aznar, también ha dado muestras de una miopía equiparable, prefiriendo el acuerdo con el nacionalismo –recuérdese sin ir más lejos el pacto del Majestic- que una alianza con el socialismo moderado. El problema, pues, es más complejo y deriva de la polarización e insuficiencias de la cultura política española. En este contexto, puede entenderse implícitamente que este libro supone la contribución de los autores a un debate –entre los modos de concebir España o, más concretamente, pensar su estructura territorial- que, a menudo, no tiene lugar como tal por simple incomparecencia de quienes se alinean, con todos los matices que se quiera, con el actual statu quo, el llamado régimen del 78. La legitimidad que se autoatribuyen los nacionalismos periféricos en España es sencillamente abrumadora, pero sobre todo causa efectos deletéreos cuando la aceptan e internalizan amplios sectores políticos, empezando por los progresistas, aunque en el fondo disientan de sus objetivos. Pasa con los defensores de la actual Constitución algo parecido a lo antes señalado respecto al nacionalismo español, caracterizados ambos por su astenia ideológica y su actitud apocada (en este último caso, salvo las consabidas excepciones extremistas). Basta tildarlos a todos ellos de inmovilistas, centralistas o españolistas –y no digamos ya de franquistas- para que inclinen la cerviz ante la reconocida superioridad moral de los nacionalismos periféricos, aceptando además el marco de juego de estos últimos. Al progre español de manual –que sigue existiendo-, siempre dispuesto a denunciar un avasallador nacionalismo español, le basta encontrar en el súper o en un bar un bote de aceitunas La Española para excitar sus alarmas o teorizar sobre la extensión del «nacionalismo banal» (español, naturalmente).

El capítulo tercero y último traza un breve «balance mundial» del nacionalismo en el siglo XX y lo que llevamos del XXI. No me voy a detener en pormenorizar su contenido porque son páginas de carácter básicamente expositivo, con múltiples alusiones a casos concretos que, en última instancia, solo ponen de relieve las constantes ya apuntadas en los párrafos anteriores acerca del fenómeno nacionalista en sus distintas manifestaciones. En términos muy sintéticos, el comienzo del susodicho capítulo constituye la mejor definición o caracterización de ese recorrido: «Hace aproximadamente siglo y medio que el nacionalismo dejó de ser una fuerza democrática y liberadora y pasó a ser el más eficaz instrumento y el más rápido atajo hacia el poder para los campeones del racismo y la xenofobia». Ahora, ya al final de esta reflexión, me retrotraigo a lo que señalaba al comienzo de estas líneas. Habrán podido comprobar ustedes, diré con un punto de sorna, que el amigo mío del que les hablaba al principio no era Gabriel Tortella. Tortella –y Quiroga, naturalmente- no ven nada positivo en el élan nacionalista, aunque reconocen que en un primer momento –recuerden: en la primera oleada- desempeñó un papel dinamizador y modernizador. Desde entonces, como acabo de consignar, hace siglo y medio. Desde entonces, el nacionalismo representa otra cosa bien distinta. Aliado al populismo, como pasa desde finales del siglo XX y en estos primeros compases del siglo XXI, representa la vía más corta hacia la violencia, la lucha, la segregación y los atropellos en el seno de cualquier comunidad. Es la semilla de la discordia, siempre que entendamos el concepto en su sentido más peyorativo y de mayor gravedad. El libro se cierra con un comprensible deseo pío, que el mundo en general y España en particular entierre dicha semilla. No parece que ni aquel ni esta vayan a seguir esos derroteros, por lo menos en el futuro inmediato. Constatemos la obviedad: hay nacionalismo para rato. Y más vale que nos vayamos haciendo a la idea y obremos en consecuencia.

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