Para leer mirando un Eduardo Arroyo

Gente que vino a mi boda

SOLEDAD PUÉRTOLAS

Anagrama, Barcelona, 1998

256 págs.

Este libro se compone de dieciséis relatos más o menos breves (hay uno, El peluquero, de sólo cinco páginas, y otro, La hija predilecta, de veintiséis, pero la narración promedio es de doce páginas), y una casi novela corta, que da título al volumen. Todas las historias del mismo están contadas en primera persona: en las ocho primeras el narrador es masculino, en las nueve restantes la voz narradora es femenina. Concluyendo el libro, y cuando el lector espera un fiel de la balanza narrativa, un narrador omnisciente, el equilibrio lo rompe justamente Gente que vino a mi boda, un título (y un hallazgo) que obliga al relato en primera persona.

¿Por qué me detengo en estos detalles? Porque el libro todo –y es cosa que salta muy a la vista– respira un aire de cosa bien hecha, de construcción pensada y requetepensada, de armonía interior, en contraste bastante paradójico con las vidas de sus protagonistas. Es algo así como El jardín de las delicias de Jeroen Bosch, llamado El Bosco. Instantes hay en que la maestría en la confección del tríptico logra hacernos olvidar lo que el tríptico muestra, esa apoteosis de lo más horrible: el sueño de la razón ya engendraba monstruos en el Brabante de los siglos XV y XVI antes de hacerlo en la España del nefasto Fernando VII, el indeseable Deseado.

Es este el primer libro que leo de Soledad Puértolas, pues entre mis hábitos nefandos no se cuenta el de frecuentar la narrativa española contemporánea. Ello me permite hablar con mucho desprejuicio de Gente que vino a mi boda. Lo primero que pensé es que su autora ha tenido la suerte de nacer justo a tiempo para todavía poder leer a William Somerset Maugham, cuyas obras dejaron de reeditarse entre nosotros allá por 1965. No sé si Soledad Puértolas las ha leído, pero lo parecería. Y conste que estoy haciendo un elogio. Los exquisitos suelen hablar hoy de W. S. M. con un desdén y un distanciamiento que sólo ponen en evidencia su propia tontería cuando no su ignorancia: o ambas cosas. Ningunear al autor de Mrs. Craddock, anterior en más de un cuarto de siglo a Lady Chatterleys Lover (y mucho mejor escrita que la novela de D. H. Lawrence), ningunear al autor de cuentos tan perfectos como Lluvia o El poeta, es marca distintiva del erudito a la violeta. Pero regresemos a Soledad Puértolas.

La protagonista y narradora del relato que da título al volumen nos dice en un momento determinado: «Las cosas no deberían desaparecer, me digo, las cosas bellas que hacemos lentamente, en las que ponemos todo lo que somos, lo que nos hemos empeñado en ser. […] No sé si pienso mientras coso, creo que muchas veces no pienso en nada, sólo percibo el tiempo que transcurre con placidez, mientras yo también transcurro en su interior, guardada dentro de la burbuja del tiempo que se desplaza con lentitud y sumo cuidado para que lo que se contiene en ella no sufra en el traslado». Si sustituimos coso por escribo, creo que nos hemos acercado a la clave de su escritura en esta costurera del oficio de narrar, maestra en el arte de la sisa (según la primera acepción sartorial que registra doña María Moliner). Porque la verdad es que leyendo Gente que vino a mi boda, se diría que escribir fuese cosa de coser y cantar, la misma sensación que transmiten los cuentos de W. S. M. –vide supra–, algo tan fácil, tan fácil, que forzosamente debe ser muy difícil, producto de un arduo proceso de concentración en lo esencial y de eliminación de lo superfluo. Pero decir esto, a más de ser un lugar común y una frase hecha, con todo y ser cierto, es decir lo menos.

Mi recomendación a los lectores de este libro es que comiencen por la página 67, por un cuento de nueve páginas titulado El hombre apoyado en un árbol, y que lo saboreen muy despacio, teniendo a la vista una buena reproducción de un cuadro del ciclo Toda la ciudad habla de ello, de Eduardo Arroyo; ambos, el pintor y la narradora (tanto monta/monta tanto) han penetrado con su escalpelo hasta el punto neurálgico de la soledad. Después de semejante introito, el volumen es transitable de atrás para adelante y viceversa, si bien no dejaré de acotar que conforme la autora se reduce a menos páginas, más gana y más atrapa lo narrado. Ya lo dijo Gracián, que lo bueno, si breve, mejor es; y lo malo, si breve, menos malo. Y mi impresión es que a Soledad Puértolas se le debe dar mejor la carrera corta que la de fondo.

Una última observación, asimismo deportiva: no he detectado en todo el texto nada más que dos erratas (pág. 102, un había por un habría; pág. 110, un preescrito que tal vez sería mejor un recetado). En los tiempos que corremos, una plusmarca de este calibre merece mención y felicitación especiales.

Ficha técnica

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