Las parábolas sencillas de Juan Pablo

Érase una vez un número

JOHN ALLEN PAULOS

Trad. de Antonio-Prometeo Moya Tusquets, Barcelona

John A. Paulos nos hace llegar, a través de la interesante colección Metatemas de Tusquets, una nueva entrega, la cuarta, en su muy loable cruzada contra el anumerismo. Antes de nada, quiero hacer hincapié en la abreviatura A. que hace comparecer el autor en su nombre; corresponde a la inicial de Allen, el segundo nombre de Paulos: según nos confesó en un libro anterior de su saga –en El hombre anumérico (Tusquets, 1990) para ser precisos–, tiene la impagable función de evitar que, en el mundo anglosajón, le confundan con el Papa. Aunque tal confusión no dejaría de tener su gracia: ¿se imaginan a Juan Pablo II firmando libros que muestran cómo usar el cálculo de probabilidades para evitar ser manipulados por las estadísticas con que tan a menudo nos bombardean por doquier, desde los políticos a los medios de comunicación –incluso la curia, si se tercia–, o para dejar en evidencia los burdos manejos de astrólogos, adivinadores y otros pájaros de igual ralea y brillante plumaje, o simplemente, para entender por qué es recomendable el uso del preservativo para prevenir el sida?

A todos estos servicios que, para evitar manipulaciones, nos presta un conocimiento elemental del cálculo de probabilidades John A. Paulos pretende añadir en Érase una vez un número los beneficios propios del correspondiente conocimiento y uso de una cierta clase de lógica. Y no sólo para aprender a no dejarnos engañar por las toneladas de estadísticas que la realidad nos deja caer encima cada día (a lo que dedica los dos primeros capítulos del libro), sino también, como herramienta de comprensión de las historias –de ficción, se supone– y las relaciones humanas (a lo que dedica los tres capítulos restantes). Para abordar esta última y difícil cuestión, que vendría de alguna forma a tender un puente entre lo literario y lo científico, el autor nos introduce en la lógica informal y la intencional.

Es, sin embargo, esa declaración de principios que encontramos expuesta en la introducción, más declaración formal para marcar diferencias con sus anteriores libros que diferencia real con lo escrito en ellos. Y es que este nuevo libro de Paulos transcurre por las mismas sendas ya transitadas por el autor con anterioridad, con las mismas virtudes y similares defectos: una gran habilidad a la hora de elegir buenos ejemplos para ilustrar razonamientos probabilísticos o procesos lógicos, más o menos complicados –léase el parágrafo Apunte para un cuento matemático en el capítulo 1 donde aparece el timo de la pirámide, el experimento mental sobre racismo del parágrafo Puntos de vista minoritarios, individuos y estadísticas del capítulo 2, o el que recoge en la Parábola de las feministas despiadadas y el mercado de valores del capítulo 3–, pero bastante menos competencia cuando se trata de abordar y explicar principios generales. Por esto el libro resulta algo irregular: brillante por momentos pero algo espeso otras veces. Conviene insistir en esta dualidad ejemplos/apuntes teóricos generales, con que Paulos construye sus ensayos, pues de alguna manera está indicando, en el presente libro, un cierto agotamiento de las ideas del autor. Lo mejor, esto es, los ejemplos, empiezan a repetirse –el timo de la pirámide, las visitas a las amantes, los sueños que se hacen realidad, ya aparecen en otros de sus libros– y a perder densidad en relación al total del ensayo, donde ahora abunda más el desarrollo teórico, más espeso y menos brillante.

De todas formas no incurre Paulos en un error frecuente cuando se trata de divulgar las matemáticas –probabilidad y algo de lógica en este caso, y sólo en el entorno de unos cuantos buenos ejemplos–: la tendencia a trivializar, a pretender, por la facilidad de ilustración que puedan tener un par de ejemplos, generalizar y proclamar, un tanto estúpidamente: ¿las matemáticas?, ¡pero si son muy fáciles, si se pueden aprender sin esfuerzo alguno! Uno no sabe qué es peor, si los cofrades de la trivialización o, aquellos otros, amigos de lo artificialmente oscuro, de mostrar o enseñar las matemáticas como el poeta culto de Quevedo su canción cultísima: tan atestada de latines y tapida de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas, tan cortada de paréntesis, que el auditorio pudiera comulgar de puro en ayunas que se queda. En este sentido es de agradecer la mesura con que Paulos procede, usa los ejemplos para ilustrar, para razonar de manera sencilla, pero pocas veces trivial, y no concluye que, puesto que esos buenos ejemplos nos sirven para aclarar y mostrar el uso práctico de algunas partes elementales del cálculo de probabilidades, las matemáticas se pueden aprender sin poner empeño alguno. Hay, de hecho, unas consideraciones muy escuetas, al inicio del capítulo 3, sobre el aprendizaje de las matemáticas en niveles universitarios; son bastante sensatas y debieran hacer reflexionar a más de uno sobre lo poco apropiado que es enseñar matemáticas desde la abstracción más dura, de espaldas a lo concreto, a las otras ciencias, la física especialmente, o a su fascinante historia.

Ficha técnica

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