Ensayos RdL
¡Desciende, Faulkner!
Mientras el Cervantes continúe concediéndose alternativamente un año a un español y el siguiente a un hispanoamericano (y no a un español cada cuatro o cinco hispanoamericanos, como exigirían la estadística por la calidad y la demografía por la cantidad), a mí me seguirá pareciendo bien, en principio, que los principales premios literarios del país sean copados por escritores del otro lado del charco. Con una sola condición: que sus libros merezcan los premios respectivos, lo que no suele ser el caso, con las proverbiales excepciones. Delirio se acerca mucho a la excepción, y eso ya es bastante, alabado sea el santísimo sacramento del altar. Reconozco que comencé su lectura con muchas prevenciones en contra, a causa de la frase
El hijo del cirujano
En una película de Claude Chabrol, uno de los personajes cita, atribuyéndola a Flaubert, la siguiente frase: «Toda la mañana para poner una coma, y toda la tarde para borrarla». La frase en cuestión es apócrifa y no existe manera de comprobar su autenticidad. Pese a ello, podemos darla por válida porque transmite, caricaturizándola, algo de la compulsión agónica de Flaubert a la hora de enfrentarse al folio en blanco, su pugna con la escritura y un afán de precisión obsesivo que rayaba en la neurosis. Si la frase no es del autor de Madame Bovary, al menos merecería serlo. En comparación con otros clásicos, las obras completas de Flaubert ofrecen una delgadez desconcertante. Abarcan cuatro novelas, tres relatos breves