Ensayos RdL

Historias mortales

En el estupendo ensayo del profesor Joaquín Yarza Luaces, incluido en el volumen que aquí comentamos y titulado «El Decamerón y la historia de Nastagio degli Onesti de Botticelli», termina su autor escribiendo: «¿Se entiende que llamemos a esta narración una historia mortal? Que cada uno decida lo más apropiado» (la cursiva es nuestra).   Yarza escribe sobre las cuatro conocidas tablas de Botticelli (y taller) con la historia de «Nastagio degli Onesti» (tres en el Prado y una en una colección privada americana), inspiradas en uno de los relatos del Decamerón de Giovanni Bocaccio. Pero, ¿por qué se hace esta pregunta? Seguramente, al menos en parte, porque las mismas tablas habían sido objeto ya de otro no menos brillante

leer más »

La guerra que no cesa

Cada vez va siendo más difícil sostener la existencia de un pacto de silencio que, en aras del consenso y la reconciliación, habría sepultado en el olvido los momentos más dramáticos de la reciente historia de España. El volumen de lo publicado en los últimos años sobre la Guerra Civil alcanza tal magnitud, que el tópico de la amnesia colectiva impuesta por la transición debería ser urgentemente sustituido por la afirmación de Manuel Azaña de que el pueblo español tiene una relación morbosa con su historia, que explicaría por qué, según sus palabras, «desenterrar a los muertos es pasión nacional». Una pasión que no es ajena a la insaciable demanda del mercado de títulos sobre un período del que, efectivamente,

leer más »

La piel de la ciudad

Escribir sobre Nápoles es negarla. La ciudad de Nápoles genera en el texto su propia resistencia, diferentes fórmulas ante la impenetrabilidad, ante la imposibilidad mimética. Se puede hacer un recorrido por algunas secuencias de esta tradición: así, en los años cincuenta, la opción de Anna Maria Ortese para explicar su forma de «detestar la realidad» de Nápoles desolada por la guerra en Il mare non bagna Napoli (1953) nos conduce a la imagen de una niña muy pobre y muy miope que se prueba por primera vez unas gafas en una elegante óptica del centro y ve que todo son brillos en la ciudad, colores vivos. Cuando las estrena, sin embargo, está en el patio de su casa, lleno de

leer más »

Códigos del Código

Muy poco después de la primera de las grandes orgías de sangre del siglo XX , Max Weber escribía (La ciencia como vocación, 1919) que «el espíritu de nuestro tiempo está caracterizado por la racionalización y la intelectualización y, sobre todo, por el "desencantamiento del mundo"». Hacía alusión el sociólogo de Erfurt a la evidente pérdida de la dimensión simbólica con que la humanidad había interpretado la realidad hasta que la universalización de la fe en la ciencia y el progreso contaminó la ideología de todas las capas de la sociedad. La búsqueda del anima mundi, del principio que daría sentido y fundamento al aparente caos, ha sido una constante en la civilización occidental desde antes de Pitágoras. La pérdida

leer más »

De maestros a discípulos

Era una mañana luminosa de mayo de 1985 y la solemne comitiva académica salía ya del salón de actos, después de la investidura como doctor honoris causa por el Instituto Químico de Sarriá del premio Nobel Oskar Jeger, del ETH de Zúrich, cuando el viejo profesor tocó el brazo de su discípulo y padrino, Juan Julio Bonet, para decirle en voz baja: «Sabe usted, don Juan, mi árbol genealógico científico se remonta a Lavoisier». Poco a poco, las plenas implicaciones de esas palabras, tímidamente pronunciadas, debieron tomar cuerpo en la mente de Bonet. La más importante sería sin duda la de que, como discípulo de Jeger, él también resultaba ser descendiente directo del fundador de la Química moderna. Luego recordaría

leer más »