«Si no puedo bailar, no es mi revolución»

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Atribuida, parece que erróneamente, a la anarquista Emma Goldman, la frase se hizo famosa en el mayo francés entre los situacionistas, y años después los veinteañeros madrileños de los ochenta, de forma espontánea, sin saber muy bien todavía lo que era la biopolítica, estuvieron a punto de ponerla en práctica. Todo esto lo cuenta Veo veo, de Gabriela Bustelo, la única novela escrita sobre aquellos años en aquellos años y que ahora reedita oportunamente Larrad. Gabriela Bustelo es autora de La historia de siempre jamás (2007) y de Planeta hembra (2001), una distopía sobre un tema más candente hoy incluso que cuando se escribió, tratado con un sentido del humor vitriólico que es una de sus señas de identidad. Releer Veo veo ahora es comprobar una vez más la prodigiosa capacidad de la literatura para hacernos viajar a un tiempo y a un lugar.

De aquello han pasado ya muchos años, los mismos que de la constitución del Estatuto de la Comunidad de Madrid, y por ello una exposición, «Crónica creativa de los ochenta», en la sala Mateo Inurria de la Fundación Canal, en Madrid, rememora la vitalidad del mismo Madrid que sirve de fondo a Veo veo y que era como «un gran caldero que hervía a borbotones», según palabras del fotógrafo Alberto García-AlixAlberto García-Alix, Moriremos matando, Madrid, La Fábrica, 2023. La muestra incluye, es verdad, una amplia representación de artistas plásticos, pintores, diseñadores gráficos y fotógrafos, así como abundante documentación sobre grupos musicales. Pero como se ha eludido la palabra movida, entre las fotos de pintores están también Eduardo Arroyo o Antonio López, y en la vitrina de literatura los organizadores incluyen títulos que, si bien se publicaron en aquellos años, poco tienen que ver con lo que enseguida descubrimos que se impone como hilo conductor de la exposición; es decir, la movida misma.

Y es que son las palabras las que acaban inventándose las historias, así que, se quiera o no, reivindicado por algunos o negado por otros, el término movida ha conseguido fijarse a un contenido y a una época seguramente ya para siempre. Según Alberto García-Alix, la palabra comienza a usarse a finales de los setenta, asociada a los enredos en busca de las drogas, pero yo la primera vez que la escuché fue justamente en el verano de 1980, y de labios de una pintora, Patricia Gadea. Patricia empezaba a hacer, junto a Juan Ugalde y Manolo Dimas, una obra chirriante, de una ironía despiadada, y con una intencionalidad política cada vez más explícita, pero estos artistas activistas fueron una excepción.

Ava Garder. Las Costus, c. 1978.

Pertenezco a la generación que estuvo en la veintena en los setenta y no formé nunca parte de la movida, pero sí viví cerca de muchos de sus protagonistas y conocí a la mayoría de ellos. Observé, pues, todo aquello a una cierta distancia que me ha permitido reconocer, junto a sus evidentes diferencias, bastantes rasgos que despuntaban ya vigorosamente entre algunos círculos intelectuales (terrible adjetivo) de la generación anterior. Hubo además muchos personajes que actuaron en las dos décadas, la de 1970 y la de 1980, bien como protagonistas, caso del director Pedro Almodóvar, la gestora cultural Blanca Sánchez, la periodista Paloma Chamorro o el pintor Guillermo Pérez Villalta, bien como referentes, caso del pintor Luis Gordillo.

Carlos Granés argumenta en su ensayo El puño invisibleCarlos Granés, El puño invisible, Madrid, Taurus, 2011. cómo desde principios del siglo xx surgen en Europa grupos de vanguardia muy radicales que cuestionan la moral, las costumbres, los valores y el modo de vivir de Occidente. Un cuestionamiento que se traduce en manifestaciones estéticas que aparecen y desaparecen, pero que finalmente tendrán una incidencia en la transformación de la sociedad mucho mayor que las revoluciones abiertamente políticas. Este es el puño invisible que permaneció latente en Occidente desde entonces, que puede retroceder en ocasiones, como ocurrió durante los fascismos, pero que ahí seguirá agazapado, dispuesto a emerger en el momento oportuno. En España se había mantenido en la sombra durante años, pero ya en los sesenta y setenta comenzó a mostrarse apenas las circunstancias permitieron abrir algunos resquicios.

Los ochenteros, como el pintor Sigfrido Martín Begué, por ejemplo, reprochaban el coñazo de la efervescencia política de los setenta, «esos tipos de la barba y la trenca que estaban siempre con el rollo de si tú eres de esto o de lo otro»José Luis Gallero, entrevista a Sigfrido Martín Begué, en Solo se vive una vez, Madrid, Ardora, 1990.. Martín Begué celebraba el final de las clasificaciones del personal por razones políticas y contraponía aquella mentalidad a la divertida frivolidad de los ochenta. Pero él, que aparecía casi todas las semanas por mi casa a ver películas de Ray Harryhausen, sabía que no todo había sido tan sombrío, porque en Barcelona ya había existido la gauche divine y en el Madrid de los setenta surgieron personajes que cruzaron con su vida todos los límites, como Leopoldo Panero, Eduardo Haro Ibars, Aníbal Núñez o Pablo Fernández Flórez, y también algunos círculos como el de los nietzscheanos próximos al situacionismo, en los que ya se hablaba de la importancia de la transformación de la vida cotidiana, si no con mucha práctica, sí al menos con mucha teoría y mucha convicción.

Tarde de San Isidro. Alberto García-Alix, 1987.

Así que, pese a que escucharan más a David Bowie o a los Ramones que a Georges Brassens o a Édith Piaf, se vistieran indiscriminadamente con ropa retro o moderna, mezclaran el alcohol y las drogas, la alta y la baja cultura, hicieran trizas las jerarquías sociales y acudieran a veces a reservorios culturales de la España popular, muy especialmente La Mancha y Andalucía, la famosa explosión de creatividad de los ochenta transitó por caminos ya iniciados por sus hermanos mayores, aunque ellos, es verdad, aportaran una celebración de la vida y un espíritu adolescente que si bien aceptó sin grandes críticas la entrada en tromba en el país de la sociedad de consumo, ensayó formas de vivir que constituyeron todo un desafío al sistema establecido. Viene a la mente aquella frase de Reinaldo Arenas en su autobiografía Antes que anochezca: «La diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque los dos nos dan una patada en el culo, en el comunista te la dan y tienes que aplaudir, y en el capitalista te la dan y uno puede gritar». Después el sistema, a pesar de encontrarlos bailando, y gritando, ya se las arreglaría para eliminar lo que le molestaba y quedarse con lo que le convenía, pero eso es ya otra historia.

Como por arte de magia, Madrid se llenó de grupos musicales, pintores, diseñadores y fotógrafos, algunos realmente brillantes, y nunca mejor utilizado el adjetivo, porque fue un momento en el que predominó la percepción puramente sensorial de la vida. Vania, la protagonista de Veo veo, dice tras una velada en Pachá hablando de literatura: «No podía más. Poco a poco había ido descubriendo una forma completamente distinta de relacionarme con lo real. La imagen. Otro mundo en el que la rapidez y el instante concreto eran lo que contaba». Creo que estas palabras resumen con gran exactitud el espíritu de la época, deseoso de superar las impostaciones intelectuales que habían caracterizado a buena parte de aquella confusa masa de opositores a la dictadura llamados progres. Fiel a esas palabras, la novela de Gabriela Bustelo nos hace vivir casi físicamente las enloquecidas noches de un agosto madrileño de finales de los ochenta, visitando con la protagonista todos los míticos locales de la época, ligando, bebiendo y consumiendo toda clase de drogas mientras unos misteriosos personajes la vigilan y persiguen. Joven, bella, refinada y poseedora de un excelente hígado, a juzgar por todo lo que se mete, Vania pertenece a la sección más cult de la movida, una especie de dandy femenina, si no fuera porque trabaja, madruga y cumple horarios incluso con enormes resacas. No encontraremos melancolía ni tristeza, ni lecciones morales en Veo veo, sino más bien una concentración de toda la alegría de vivir, el abandono de prejuicios y la mirada optimista sobre el mundo de aquella década adolescente, muchos de cuyos usos amorosos y vitales se quedaron en nuestras vidas ya para siempre.

María Escribano es licenciada en Historia Moderna y Contemporánea. Guionista de los programas de artes plásticas de TVE Trazos e Imágenes. Miembro del gabinete técnico de la ministra de cultura Soledad Becerril. Editora y responsable de la sección de libros de la Revista Arte y Parte (1996-2016). Comisaria de exposiciones como «Los Esquizos de Madrid» sobre la Nueva Figuración Madrileña (Museo Reina Sofía, 2009). Colaboradora en medios como ZoomEl PaísLetra Internacional y Claves de la Razón Práctica. Autora del libro de poesía Deleites y asperezas en la editorial Ars Poética (2019).

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Ficha técnica

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PHotoESPAÑA 2023 Fundación Canal (Madrid) 19 de mayo - 20 de agosto de 2023

Madrid: Crónica creativa de los 80

Comisariado: Ana Berruguete, Pia Ogea, Irene Arzuaga, Jesús Marchamalo y Javier Astudillo

Veo veo

Gabriela Bustelo

Madrid, Larrad, 2021

368 pp.

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