El otro malestar en la cultura

EN DEFENSA DEL CAPITALISMO. DIÁLOGOS FILOSÓFICOS SOBRE EL MERCADO Y EL ESTADO

José Luis Feito

La Esfera de los Libros, Madrid

282 pp.

15 €

Podemos preguntarnos si no es una temeridad presentar una vindicación del capitalismo justamente ahora, cuando los mandatarios internacionales llaman a su refundación y una parte importante de la opinión pública se pregunta si no sería más razonable propiciar, directamente, su defunción. Muchas de estas críticas son, desde luego, pasajeras. Pero no lo es el singular malestar que padece nuestra cultura, consistente en el generalizado rechazo moral del sistema económico en el que operamos diariamente; un sistema cuyos resultados globales, desapasionadamente considerados, no parecen merecer semejante reproche. Este libro se propone resolver esa paradoja; es, por tanto, más oportuno que temerario. Su premisa mayor es que las críticas populares al capitalismo son el producto de una reacción emocional que tiene su base en el anhelo –acaso inconsciente– de un mundo ideal inalcanzable. Y su propósito es combatir esos difusos sentimientos morales con razones nada sentimentales.

Que el libro adopte la forma de un diálogo filosófico contribuye a su amenidad: la obra no se dirige a los economistas, sino a los ciudadanos. Dos personajes de ficción protagonizan el debate. Liberto, bautizado en homenaje a los esclavos romanos que ganaban su libertad, representa a los partidarios del capitalismo liberal; Fabiano, apelativo que evoca a la Sociedad Fabiana que luchaba por el socialismo en la Gran Bretaña de comienzos del siglo XX, habla en nombre de sus críticos. Naturalmente, no es un diálogo en igualdad de condiciones: Liberto suele tener la última palabra. Pero, tratándose de una explícita defensa del capitalismo, no podía ser de otra manera. Las referencias académicas que sirven de base a la misma –de Hayek a Sombart, pasando por la microeconomía contemporánea y la llamada «economía de la felicidad»– se refieren en un capítulo final.

Se entiende aquí por capitalismo, de manera ortodoxa, aquel sistema de organización económica que combina la propiedad privada de los medios de producción con la libertad de sus propietarios para disponer libremente de dichos recursos y la presencia del Estado: un Estado que cumple una serie limitada de funciones básicas para la viabilidad del sistema. Nada sorprendente: de Adam Smith a los teóricos del Estado Mínimo, los defensores del capitalismo nunca han dejado de reconocer la necesidad última del Estado. Se trata, más bien, de dar con la combinación adecuada de ambos.

Y, en ese sentido, se subraya aquí acertadamente que el capitalismo funciona como un gigantesco sistema de información donde productores, trabajadores y consumidores toman millones de decisiones individuales, cuyo resultado es una determinada combinación –siempre cambiante– de oferta y demanda. Así, por ejemplo, el refinamiento de los bienes y servicios ofertados en una economía dependerá del refinamiento de sus ciudadanos; y viceversa. Este intercambio de información a través del precio conduce a la máxima eficacia, esto es, al máximo aprovechamiento de los recursos para la producción de la máxima cantidad de aquellos bienes que los consumidores demandan. Y, precisamente, el principal problema que plantea la intervención del Estado es la distorsión que provoca en las comunicaciones del sistema, por introducir en él una información que responde a incentivos distintos a los de la mayoría de los agentes; de ahí, también, el fracaso económico del socialismo.

De entre las muchas críticas que suscita una tal descripción, el autor se ocupa principalmente de aquellas que tienen que ver con la desigualdad y la irracionalidad. En cuanto a lo primero, la desigualdad se presenta como el resultado de las distintas capacidades y desempeños individuales: punto. Además, es causa y consecuencia del nivel de producción y empleo de la sociedad. ¿Y la redistribución? Subraya el autor que producción y distribución no son dos actos ni momentos diferentes: «la tarta queda repartida según es producida» (p. 173). Eso quiere decir que la asignación existente no ha sido decidida por nadie en particular; hablar de ella en términos morales no tiene mucho sentido. Desde este punto de vista, una sociedad debe satisfacer las necesidades básicas de todos, pero no puede ir mucho más lejos.

En lo tocante a la irracionalidad de los agentes, esto es, al contraste entre el sujeto normativo de la teoría económica y el sujeto real de la sociología, aduce el autor que, siendo los individuos esencialmente falibles, lo importante es que «los mercados generan incentivos e información que hacen gravitar el comportamiento de los individuos hacia las pautas de racionalidad» (p. 64). ¿Por qué contrata entonces una hipoteca alguien que no podrá pagarla? Quizás esa persona ignora lo que sea el tipo de interés; la posibilidad de que llegue a elevarse. Además, ¡también el Estado se equivoca! Para el autor, el exceso de endeudamiento privado que está en el origen de la actual crisis económica no habría sido posible sin una política monetaria pública tan laxa y prolongada. Y si hablamos de hipotecas, recordemos que los países afectados por burbujas inmobiliarias son aquellos donde distintos instrumentos públicos han fomentado la propiedad sobre el alquiler.

Desgraciadamente, no es posible dar cuenta aquí de todos los temas abordados en esta iluminadora defensa del capitalismo liberal. Iluminadora, justamente, porque se esfuerza en explicar la racionalidad subyacente a fenómenos económicos aparentemente irracionales: se esté o no de acuerdo. ¿Logrará un libro así que el capitalismo sea más querido? Difícilmente. Damos por sentado aquello de lo que disfrutamos: quien viaja hoy a Estambul en una aerolínea de bajo coste para hacer unas fotos y comprarse una alfombra olvida que, una década atrás, no podía permitirse el viaje. Y así va el mundo.

Ficha técnica

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