Empezar por el principio

Sobre la música

ARÍSTIDES QUINTILIANO

Gredos, Madrid, 1996

En su obra principal, De Musica Libri Septem, Salinas nos cuenta cómo, hacia 1540, pudo conocer en Roma la teoría musical griega gracias a una serie de teóricos desconocidos hasta entonces: Tolomeo, Porfirio, Bacquio, Aristóxenos, Nicómaco, Briennio y Arístides Quintiliano. Empleó en su estudio, nos dice, más de veintitrés años. Añadiendo a los anteriores los nombres de Plutarco, Euclides y Gaudencio, tenemos casi al completo las fuentes musicales griegas, la alternativa renacentista a la lectura medieval de Boecio o san Agustín. Lo que el Renacimiento y la posteridad deben a estos autores es difícilmente evaluable. Gracias al amplísimo panorama teórico musical de casi un milenio que ofrecía el mundo clásico, la música occidental pudo acelerar su paso y abrirse a nuevos enfoques como la tonalidad, el temperamento igual o la ópera.

Casi nada sabemos de Arístides Quintiliano y de la fecha de composición de su tratado. Meibom o Festugière lo sitúan hacia el siglo II d. C., mientras que Winnington-Ingram lo hace a principios del siglo IV . Desconocido en la Edad Media en Occidente, la primera mención explícita al tratado se encuentra en un memorándum de A. Traversari de 1433. Entre 1494 y 1497 fue traducido por F. Burana para Gaffurio, pero la lectura de una obra musical griega ofrecía todavía a finales del siglo XV obstáculos insalvables y no será hasta finales del siglo siguiente cuando casi todo el corpus de la teoría musical griega sea asimilado por la ciencia musical.

Sobre la música pretende ser un compendio de toda la teoría musical antigua que en época de su autor se estaba perdiendo o circulaba únicamente de boca en boca: cosas «silenciadas todavía ahora» y autores que «aunque ponían por escrito algunas cosas en sus tratados, reservaban las más secretas para sus reuniones». Esta es la principal característica de nuestro texto frente a otros como el de Tolomeo. Pero intentar dar cabida en una breve obra a los desarrollos musicales teóricos y prácticos de toda la cultura antigua es cosa poco menos que imposible si se quiere dedicar un mínimo espacio a una exposición pausada y crítica. Y esto es lo que nos ocurre con Arístides Quintiliano, quien entiende la música en el sentido amplio que tenía para los griegos, abarcando la totalidad de la cultura intelectual en oposición a la cultura de las facultades corporales agrupadas bajo el término de gimnasia. Así, a lo largo de sus páginas asistimos a la presentación de las teorías acústicas de Aristóxenos y los pitagóricos, nos habla de rítmica y métrica, de música y educación, música y medicina, «música de las esferas», los horóscopos, las pasiones, los cuatro elementos, los oráculos… En fin, «no hay acción entre los hombres que se realice sin música», nos dice en el libro II.

Tal cantidad de noticias convierten la lectura de la obra en apasionante o decepcionante. Es apasionante, por ejemplo, leer de primera mano teorías metafísicas referentes al alma humana que son una mezcla de pitagorismo, platonismo y hermetismo. Ésta, habitante en un principio de las regiones puras del universo, desciende hacia la materia oscura e irracional a través de las regiones planetarias hasta encarnarse en un cuerpo. Este descenso va acompañado del olvido de la belleza del mundo superior y de la adquisición de una especie de «cuerpo astral» a través de cuyas venas circula el viento vital, el pneuma que le otorga movimiento. De ahí que haya una especie de simpatía resonante entre el alma y la música, tanto cósmica como instrumental, que el propio cuerpo humano sea comparado a un instrumento musical, que tenga sentido el valor terapéutico de la música, el vuelo del alma a las alturas como regreso al origen, etc. Todo ello es muy conocido, pero pocas veces tiene uno la oportunidad de leerlo directamente y dentro de un sistema coherente que nos permita entender tantas concepciones musicales antiguas. Invito al lector, por ejemplo, a reinterpretar a partir de la lectura de Arístides Quintiliano muchos matices del contenido místico y conceptual de la Oda a Salinas de fray Luis de León.

Menos cautivadora es la prisa con la que nuestro autor pasa por muchos tecnicismos referentes a escalas, métrica, rítmica, etc., bastante familiares en la época probablemente, pero en los que es difícil no perderse actualmente sin alguna aclaración ulterior de la terminología musical antigua. Por ejemplo, Arístides Quintiliano nombra las diferentes notas-cuerdas de los sistemas griegos en estricto orden de aparición, mezclando los tres géneros musicales, armónico, cromático y diatónico. Sin una distinción previa de las características de éstos resulta difícil su comprensión. O ¿cómo entender términos como «baripícnico» o «mesopícnico» sin saber que el pycnon es la suma de los dos intervalos menores del tetracordo que no superan al tercero restante? Estas pequeñas objeciones no pueden, de ninguna forma, empañar la meritoria labor de los traductores que, en abundantes y precisas notas, nos ofrecen en todo momento una rigurosa información filológica y filosófica de las particularidades del texto, ampliando, entre otras virtudes, el vocabulario técnico-musical castellano. Animamos desde aquí a las editoriales a que hagan accesibles este puñado de obras fundamentales del saber musical antiguo, entre las que figuran obras tan capitales como las de Boecio, Tolomeo o Aristóxenos, disponibles ya en las lenguas cultas, aunque no así en la nuestra. Y que lo hagan con la solvencia y exquisita presentación de las que hace gala el presente texto.

Ficha técnica

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