Alegorías. Imagen y discurso en la España Moderna
María Tausiet (ed.)
Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2014
176 pp. 26 €

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Hace ya cierto tiempo que, penetrando en los lenguajes y discursos contenidos por los documentos históricos, Arlette FargeAtracción del archivo, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim-Instituciò Valenciana d’Estudis i Investigaciò, 1991. enfatizaba la atracción del archivo. Ella entonces, como otros muchos estudiosos, antes y después, se mostraba plenamente consciente de una de las condiciones ineludibles en el trabajo científico del historiador: aquellas que, por las características de la documentación histórica y su muy diversa naturaleza, muestran imágenes fragmentarias o, en todo caso, apegadas a la propia lógica de la autoridad, institución, sujetos o segmentos sociales que impulsaron la gestación documental. De este modo, el documento histórico, sea el que fuere, contiene sesgos derivados de esas limitaciones que forman parte de su naturaleza. Esta, no obstante, confiere al documento histórico una polisemia que depende de la propia finalidad del mismo y de la capacidad para contener información compleja, la misma que se convierte en recipiente de discursos diversos, contenidos en el documento y que hacen deslizarse informaciones no siempre exclusivamente relacionadas con el fin por el que se gestó. Carlo GinzburgIl formaggio e i vermi. Il cosmo di un mugnaio del ‘500, Turín, Einaudi, 1976., precisamente, subrayó la relevancia de las «crónicas hostiles» para reconstruir –paliado o reducido el sesgo ineludible a las mismas, es decir, la finalidad del documento– fenómenos tan complejos como la cultura popular o algunas expresiones de la misma como, por ejemplo, las cencerradas o el Carnaval. No de otro modo se han analizado, por ejemplo, las revueltas, los motines o lo que Edward Thompson caracterizó como «delito de anonimato»«The crime of anonymity», en Douglas Hay (ed.), Albion’s fatal tree. Crime and society in Eighteenth-century England, Londres, Allen Lane-Penguin, 1975, pp. 225-238..

A partir de estas informaciones, los historiadores han reconstruido y explicado representaciones del mundo ajenas y diversas, imágenes de sociedades que no sólo se circunscribían al discurso oficial sobre el que se había producido el documento. Este, así, contenía tanto información oficial como otra que era complementaria de la anterior, tan esencial como ella para explicar el mundo y las sociedades en su cambio histórico, atendiendo a la reconstrucción de los rasgos esenciales de esa realidad, así como las configuraciones, alegorías o representaciones expresivas de la misma. La sociedad barroca generó conocidos artificios de representación del mundo que hacen de cada una de las producciones culturales una compleja síntesis, una alegoría plagada de significaciones cuyas lecturas más o menos complejas cobraban sentido dentro del universo de la temprana Edad Moderna. El libro Alegorías. Imagen y discurso en la España Moderna, de cuya edición se ha encargado María Tausiet, es una empresa colectiva que se adentra en el mundo de las alegorías avanzando más allá de perspectivas convencionales.

Si José Antonio MaravallLa cultura del Barroco. Análisis de una estructura histórica, Barcelona, Ariel, 1975.  ya ofreció algunos referentes y artificios que hacen legibles lenguajes implícitos en la cultura barroca desde elementos producidos en, por y para la propia cultura, pero para auxiliar el progreso de proyectos dirigistas impulsados por los estados en sus procesos de conformación y las militantes Iglesias cristianas, Alegorías. Imagen y discurso en la España Moderna se concentra en este contexto histórico, pero en otra semántica de la alegoría: aquella, anclada en referentes etimológicos, que la asocian a lo que se situaba en los márgenes, lo desconocido, lo nuevo, extraño o indecible. Así, la muerte, el misterio de la vida, la conciencia, la verdad, la locura, la impiedad, las gentes y las culturas, las entidades espirituales, ángeles y demonios, la maldad y sus agentes, las virtudes… componían alegorías polisémicas que amplían el horizonte del investigador histórico desde muchos puntos de vista, permiten relecturas de las fuentes conocidas, lo que implica redimensionar el propio documento histórico, y, al tiempo, alimentan inquietudes epistemológicas que obligan a ensanchar los objetivos de investigación. Esto ha enfatizado la atracción del archivo y también ha ofrecido más complejidad a la propia concepción del documento histórico. Una propuesta importante de este libro es, precisamente, la de incorporar enfoques y temáticas al debate científico, pero también, no menos relevante, la de reconsiderar el documento y las posibilidades que ofrece para la Historia.

Los estudios de Fernando R. de la Flor, Inés Monteira, Felipe Pereda, Hélène Tropé, José Ramón Marcaida, Juan Pimentel, Stuart Clark, François Delpech y María Tausiet incluidos en este libro componen análisis específicos de lenguajes cifrados que ofrecen «símiles desde otros extremos» a través de los cuales mostrar perspectivas no convencionales sobre problemas historiográficos como lo oscuro, el sueño y la enajenación, la fe, lo desconocido y lo exótico, el descubrimiento y el discernimiento, las creencias y la construcción de arquetipos culturales, así como de los otros y los enemigos, tanto espirituales como de carne y hueso, en fin, permiten, en su conjunto, ofrecer una vuelta de tuerca más a la concepción calderoniana de si la vida es sueño y los sueños, sueños son: también, a la postre, vida son y, por lo tanto, materia de Historia. Este bucle ofrece un encuadre para esta obra en que se ofrecen interesantes perspectivas no convencionales sobre los contextos y las preocupaciones, así como sobre las emociones de las gentes que vivieron en la España tempranomoderna.

A lo largo del largo centenar de páginas de gran formato que componen este libro, cuidadosamente editado e ilustrado, el lector puede penetrar en el caleidoscopio que componen los distintos capítulos sobre los problemas referidos y, como tales piezas de un conjunto armónico pero asimétrico, no sólo cuentan con formatos muy diversos, sino que son desiguales, a pesar de componer una pieza unitaria. Diferentes son también sus formas de expresión, siempre eruditas, pero extremadas y barrocas en algunos momentos; precisas, afinadas, ajustadas y analíticas en otros. Esta misma característica afecta también a las ilustraciones que acompañan a los discursos que componen esta obra: integradas en los mismos como pieza esencial de la argumentación unas veces, mientras que una suerte de evocación o simple referente contextual en otros casos, aunque casi siempre ayudan a la ubicación del lector en el espacio, tiempo y semántica del discurso.

En este viaje a través de elementos de la cultura barroca –encuadre rebasado en algunos casos, ofreciendo perspectivas de más larga duración– en contextos y proyecciones del mundo hispánico de la temprana Edad Moderna, el estudio de Felipe Pereda sobre la Verónica interpretada con reiteración por Zurbarán, haciéndose eco de preocupaciones de su tiempo, permite un juego entre representación, representado y significación conectado tanto con valores como con artificios y tradiciones culturales cristianas precedentes pero, al tiempo, genuinamente barrocas. Suspensión, oscuridad, teatralidad o participación del espectador cobran protagonismo en la propia obra, tanto como el tono críptico y enigmático de las propias Verónicas que pintó, cuya personalidad aflora fruto del encuadre y ejercicio comparativo ineludible. A su vez, significados muy diversos adquieren los equívocos científicos, cartográficos y antropológicos que permitieron en esa sociedad barroca prefigurar aves exóticas sin patas y generar polémicas explicaciones sobre su supuesto vuelo constante, y enigmáticas y peculiares formas de vida, como informa el estudio de José Ramón Marcaida, de modo que sirviera, a su vez para analogías y metáforas en muy diversos planos y expresiones de la reflexión teológica y política, así como del conocimiento. De igual modo, los lenguajes de las flores, el simbolismo atribuido a sus morfologías, según muestra el trabajo de Juan Pimentel, no eludía la asociación de estas con referentes teológicos o políticos, incluso con emociones humanas y, a su vez, la capacidad de insuflarlas en el ánimo de las gentes.

De algún modo, las alegorías se impregnaban –entonces como hoy– de referentes culturales construidos históricamente y, estos, también de las preocupaciones de las sociedades. Así, no por azar, dentro de estas madejas de representaciones y figuraciones, emergían los azares de la tensión entre las fuerzas espirituales que alimentaban el imaginario cristiano. Fruto de esta tensión, incluso las fronteras entre las fuerzas del Bien y del Mal también podían desdibujarse ante el entendimiento humano. «Ipse enim Satanas transfigurat se in angelum lucis», recuerda el referente bíblico retomado acertadamente por Stuart Clark en su análisis sobre la complejidad de discernir entre las entidades espirituales dentro de esa batalla maniquea que impregnaba la cosmovisión cristiana. Esto suponía ir más allá de la disonancia entre la mera apariencia de verdad y los engaños del Diablo.

Estas alegorías conferían una sutil línea divisoria entre el sueño, la visión y la tentación. Esas fronteras alimentaban la controversia y también la representación cultural del universo barroco, incluso, obviamente, la sensibilidad y la práctica religiosa. Así lo muestran, además del estudio de Clark, los de Delpech y Tausiet, que abundan en la explicación de las resignificaciones conocidas sobre alegorías ancladas en la cultura judeocristiana –hasta cuando ésta incluso llegara a conformar metáforas sobre la base de equívocos, malentendidos o erróneas traducciones culturales o, incluso, simplemente lingüísticas– o en la considerada expresión de la mala fe fruto de las artes del Diablo, es decir, en esa nube negra que obturaba la fe y que prefiguró la propia cultura cristiana para tratar de identificar los escenarios y ámbitos supuestamente reales –ceguera ante la Eucaristía– de cuantos componían la «abominable secta de los brujos», como muestra María Tausiet en el último capítulo de este interesante libro.

Alegorías. Imagen y discurso en la España Moderna, considerando cuanto se ha indicado aquí, aunque ilumina sobre elementos sustanciales de la cultura barroca y ofrece perspectivas innovadoras para desentrañar sus significados, no es un libro que analiza un problema y cierra las claves para pronunciarse sobre el mismo. Es, en realidad, el resultado de una reflexión e investigación realizada en varios frentes y que da cuenta de perspectivas de indagación sobre materias para la investigación futura a partir de los ejes que se trazan en esta obra y de otros muchos que deberán irse abriendo en torno a la materia de las representaciones, las figuraciones, significaciones y las emociones. No en vano, el origen de este libro es el seminario que coordinó María Tausiet en el Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC entre 2010 y 2011. Muestra, por lo tanto, la acumulación de una importante masa crítica, de la que se hacen eco las ponencias, reelaboradas en capítulos. En cierto modo, la obra representa la labor de debate científico del seminario y ambos, el libro y el seminario que lo ha alimentado, dan cuenta de todo un programa de investigación, a la vez que ofrecen metodologías, enfoques y resultados puntuales ya obtenidos en este campo: algo que debe alentar la investigación futura. Alegorías se coloca en una frontera historiográfica tan interesante como relevante para el historiador del siglo XXI. Resulta un estímulo al tiempo que una aportación científica relevante de esta empresa colectiva. Los ensayos e investigaciones que integra dan cuenta de los itinerarios para explorar, pero también de la tortuosidad del camino. Componen un buen aviso para los navegantes.

Tomás Mantecón es profesor de Historia Moderna en la Universidad de Cantabria. Su último libro es España en tiempos de Ilustración. Los desafíos del siglo XVIII (Madrid, Alianza, 2014).

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